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Literatura y periodismo. Buenas noticias para la gente inteligente

Publicado por la revista holandesa Foro hispánico, Nº 12, setiembre de 1997
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Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Roberto_y_Hannah
Roberto y su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Índice

El problema de Cervantes
Personajes reales, personajes ficticios
Inconclusión
Notas

Implicar que el periodista es diferente al literato es negarle el derecho a hacer literatura. Y es negar al literato el derecho a contar hechos reales, periodísticamente.

Preguntar por la relación entre literatura y periodismo implica una petitio principii: suponerlas dos entidades distintas que pueden relacionarse. Corolario de esta petitio es la implicación de que hay una definición para cada entidad, un marco conceptual que nos indicaría sus respectivas delimitaciones. Con respecto al periodismo no tendríamos dificultades demasiado abrumadoras; bastará una definición funcional, no estructural: periodismo es el discurso que narra hechos del mundo a través de diversos medios: radio, televisión, prensa. Finalmente, según Wittgestein «el mundo es todo lo que acaece», y de eso trata el periodismo. O como dice el Diccionario de la Real en una de sus deliciosas y tautológicas indefiniciones: periodismo es el arte o ejercicio del periodista, que es el de escribir periódicos.

Pero cuando se trata de ‘literatura’ entramos de lleno, y sin ayuda de la Real, en el terreno inclemente de las definiciones circulares, aquellas en que la pregunta dimana de la entidad que se define, como en el caso de la ‘cultura’. De la definición del concepto de ‘cultura’ dimanan todas las definiciones de los entes que forman parte de la condición humana como tal. No ha habido esprit de finesse ni géométrique que haya logrado una definición que rompa esta impasse lógica, que me luce tan insoluble como la raíz cuadrada de –1.

No sabría, llegado a este punto, cómo convencer al lector de que continúe hojeando este artículo. En su obsequio diré presuroso que el problema principal, sin embargo, no es el de las grandes definiciones, sino el deslinde de un asunto radical: se atribuye a la literatura la condición de ficción, mientras el periodismo —como la historia para Aristóteles— representaría la realidad. Ello implica otra petitio principii: la literatura es mentira, aun la literatura realista es una alegoría probable, pero no literalmente cierta. La literatura sería, parafraseando a Machado, una mentira que no engaña, pues aun la más fantástica representa algún sistema simbólico probablemente fundamental para el hombre.

Sabemos que Shakespeare falseaba los argumentos supuestamente reales que encontraba en las crónicas. Sabemos que los acaecimientos que narra en Richard III, por ejemplo, no ocurrieron en el lapso que la obra refiere, pero no nos importa. Cuando queremos cerciorarnos de lo que pasó «realmente» recurrimos a los libros de historia. Cuando leemos la obra de Shakespeare buscamos otra cosa, no menos cierta, tal vez más estratégica sobre la condición humana. Sabemos, sin embargo, que muchos de los datos que están en la pieza teatral no son verificables documentalmente y que solo los necios echan de menos esa comprobación. Por eso decían los clásicos marxistas que Balzac era más instructivo sobre el capitalismo que todos los libros de economía política juntos.

Las cosas, afortunadamente, no son tan simples. Por una parte la literatura no siempre es una metáfora, una versión indirecta, de la realidad, ni el periodismo es una ventana transparente abierta ante el mundo; también hay periodismo amarillista, tendencioso, manipulador. A veces la literatura es más verificable que el reportaje periodístico. A veces el reportaje periodístico propone mayor veridicción simbólica, metafórica, indirecta, sobre la realidad que muchas obras literarias que se configuran como certezas.

Gabriel García Márquez ha declarado recientemente, a propósito de su último libro, Noticia de un secuestro, que va a dejar de escribir ficción porque la realidad ha superado su nada desestimable imaginación. La realidad abrumó la magia en este maestro del realismo mágico. Y ciertamente lo que leemos en su libro es una versión minuciosa, una crónica escrupulosa, casi hora a hora, de las vicisitudes de unos secuestrados y es sin embargo una proyección literaria, simbólica, alegórica, metafórica, de la perversidad y de la crueldad humanas, especialmente de cuando se vuelven cotidianas. No siempre cuando lo extraordinario se hace cotidiano es la revolución... No es la primera vez que un reportaje aparentemente impasible revela un río profundo y nefasto.

El problema de Cervantes

Pero así como en este caso la realidad ha invadido la literatura, no pocas veces la literatura invade la realidad. No ha sido Alonso Quijano el único que se ha creído lo que lee y sale por ahí llamándose «Don Quijote de La Mancha» o algún otro nombre, como «Libertador de América». ¿Cuánta gente se ha tomado libros en serio y por leerlos ha terminado haciendo revoluciones y conmociones históricas de monta? El contrato social, El capital, El espíritu de las leyes, La Biblia, El Corán, el Talmud, la Suma teológica, La república, La política, El Príncipe, el Discurso de Angostura... (ver Don Quijote en paro). La lista es interminable.

Cómo no creer en los libros si ellos

  1. Comenzaron siendo sagrados: los poetas griegos, inspirados por los dioses, La Biblia, El Corán, El Capital, el Libro de Mormón... El libro nos da la ilusión de contenerlo Todo. Así, todo libro es una enciclopedia, o un trozo articulado de una enciclopedia virtual, tal vez la Biblioteca de Babel, o La Biblioteca Total de Jorge Luis Borges.
  2. En ellos se atesora lo que corresponde conservar: porque es valioso y porque es importante. A veces sabemos —o creemos— que algo es importante solo porque lo declara un libro.
  3. Destruir un libro es un acto vandálico que nos «desciviliza», nos excluye de la civilización y nos hace agrestes y brutales, salvajes, bárbaros, hiperbóreos, como el que quemó la Biblioteca de Alejandría.

Don Quijote enloqueció porque leía libros que creía ciertos, la ficción de esos libros de caballería guía a Don Quijote para hacerla realidad. Cuando leemos El Quijote lo creemos cierto también. El Quijote es un «libro de libros», hecho de otros libros, una ficción realizada en la ficción, que se vuelve realidad involucrándonos a nosotros, lectores, en la ficción, articulándonos en ella en tanto que elementos representados por palabras. O involucrando la ficción en nosotros, articulándola en nosotros como elementos representados por palabras.

Hacemos lo mismo cuando entablamos relaciones a través de Internet. Es decir, lo único que sabemos el uno del otro son palabras escritas y sitios y sucesos reales o no. A veces nos hacemos pasar por lo que no somos, asumiendo personalidades diferentes. Se ha dicho que vivimos detrás de máscaras; Internet es la más reciente. Las palabras despliegan su poder mágico, incantatorio, capaz de crear universos en el seno del universo (ver Ángel Rosenblat, Sentido mágico de la palabra). Ocurre cuando el niño aprende a hablar y descubre que puede invocar realidades de un modo más efectivo que su llanto de recién nacido. Y algo más radical: que puede inventar realidades cuando miente. Es una magia que de tan cotidiana hemos olvidado (o demás que tengo que decir sobre Internet está en mi Breve teoría de Internet).

Uno de los asombros de El Quijote, por ejemplo, es que, de todos los libros que lo han intentado, es el que mejor ha logrado irrumpir en la realidad. En el antepenúltimo capítulo de la segunda parte, varios personajes reconocen a Don Quijote y a Sancho porque han leído la primera. Hacia el final, el Ingenioso Hidalgo y Sancho se encuentran con Álvaro Tarfe, un personaje de una versión apócrifa de la segunda parte, escrita por un tal Alonso Fernández de Avellaneda (un seudónimo), que se publicó aprovechando el éxito de la primera y la tardanza de Cervantes en escribir la segunda. Este apócrifo, que aún los eruditos ignoran quién escribió, es pésimo y Cervantes se refocila en burlarse reiteradamente del tal Avellaneda, que sospecho Cervantes sí sabía quién era, o, en todo caso, vuelta el enredo, hace como si lo conociera. Pues bien, Tarfe reconoce a Don Quijote y este le hace firmar un documento notariado en el cual Tarfe declara que el verdadero Don Quijote y el verdadero Sancho son los que acaba de conocer en el libro de Cervantes... Un personaje apócrifo de una segunda parte apócrifa de la novela ha leído la primera parte, se vuelve personaje de la segunda parte genuina, reconoce en esta que el Quijote y el Sancho que conoció en la parte apócrifa son falsos, y que los verdaderos son estos de la legitima, lo que le confiere estatuto de realidad, la realidad de un loco que «vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo» (cap. I, primera parte). Un personaje apócrifo recusa a un personaje apócrifo y da fe, verifica, la realidad de un personaje de la parte genuina, como si la genuina no fuera menos ficción. Las dos partes legítimas tienen de tales lo que tienen de originales, no porque narren una historia cierta, que de real solo tiene la declaración arbitraria de Cervantes, que forma parte del contrato de lectura según el cual el lector se aviene a creer lo que le cuenten siempre que sea verosímil. Este contrato se rescinde cuando el lector suspende la lectura, sea porque el cuento es fastidioso, increíble, ininteresante, tonto o incomprensible. De modo que cuando decimos legítima o genuina estamos cometiendo un abuso, porque con tales títulos la versión de Avellaneda tiene tantos derechos como la de Cervantes. Es entrevero que toca decidir al lector, según se sienta comprometido con uno u otro textos, cual Alonso Quijano eligió comprometerse con los de caballerías. Todo depende de qué loco prefiera, el de Cervantes o el de Avellaneda.

Es más: no sabemos quién escribe las dos partes del Quijote de Cervantes, porque Miguel de Cervantes aparece como personaje cuando el cura y el barbero comentan una obra de don Miguel, que Don Quijote ha leído. Y además porque Cervantes dice que sacó la «verdadera historia» de Don Quijote de un libro que accidentalmente halló escrito en árabe por un tal Cide Hamete Benengeli, que, de paso, según algún exegeta de estas cosas, significa en árabe «ciervo antes», es decir «Cervantes». Mi desconocimiento del árabe no tiene lagunas, de modo que me limito a consignar que el texto cervantino convoca este tipo de interpretaciones, perfectamente congruentes con su voluntad de mentir con verdades o de decir verdad con mentiras.

Al interrumpir la relación de «la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron», el narrador dice:

Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin desta apacible historia, la cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte 1 (primera parte, cap. VIII).
Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, estuve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y leyendo un poco en él, se comenzó a reír. Preguntéle yo de qué se reía, y respondióme de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:
—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer en toda la Mancha».
Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y, haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contenido que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro; y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la Iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad; pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.
[...]
Si a esta [historia de Cide Hamete Benengeli] se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y así me parece a mí, pues cuando pudiera y debiera extender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En este sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto. En fin, su segunda parte 2, siguiendo la traducción, comenzaba desta manera: (primera parte, cap. IX).

Quien narra el libro constantemente hace alusiones al «otro autor» y finalmente el lector se extravía porque no sabe quién alude a quién ni quién está escribiendo. En las últimas palabras el narrador dice que el que comienza la historia, y no quiere acordarse de cierto lugar de La Mancha, no es el que termina la novela. Además, en esta aparecen novelas incrustadas, como la del Curioso impertinente. Y a medida que uno lo examina encuentra que aquello es cada vez más intrincado y deliberadamente confuso.

Cervantes cuenta de Benengeli, que a su vez cuenta de Cervantes. Cervantes es el último que narra, luego Benengeli es el primero, que a su vez interrumpe su narración en el cap. VIII de la primera parte, para decir en el IX, misma parte, que es Benengeli el que la continúa... Avellaneda aparece enmarcado entrambos, como una moneda que ha falsificado otra moneda falsa y ha ocultado su identidad en un nom de plume que nadie ha identificado para convertirse en un ser de papel, más que el propio Cervantes, que se niega y se cita y se transfigura porque, además, se habla de Cervantes en tercera persona, como si no fuera Cervantes quien escribe, en el donoso y grande escrutinio de la biblioteca de Don Quijore. Avellaneda no era tan buen escritor, pero logró mejor su cometido de afantasmar la realidad y dar realidad a sus fantasmas, y ayudó de paso a Cervantes en el suyo. Porque El Quijote de Cervantes es a su vez falsificación de las novelas de caballería, que a su vez son falsificación de los cantares de gesta y de los poemas épicos, que a su vez... No podemos continuar lectura tan disparatada sin enloquecer, sin inducirnos una cierta sicosis. Cervantes armó con su Quijote lo que los computaistas llaman una bomba lógica, porque la mente hace precisamente un crash abrumada por solicitaciones lógicas encontradas, que arman un loop de remisiones recíprocas e infinitas, como en el cuento de «la puente».

Dicen que si viajo en el tiempo y llego a tocarme a mí mismo en el pasado, el universo estallaría... La novela de Cervantes es la clave de bóveda de todos los discursos de la humanidad. Esta lectura que estoy ensayando es una forma de hacer estallar todo este sistema en un diagrama como los de Escher: imaginable y pensable, pero imposible, irrealizable en el mundo tridimensional, de átomos, que otros, yo no, llaman real:

¿O es de verdad imposible, irrealizable? En esto me siento como aquel lingüista que cuenta Jakobson: una vez dijo que no se puede decir la frase «un hombre preñado». Una niña que estaba presente, a quien la falta de esos errores disciplinados de los lingüistas hacía sabia, le respondió:

—Pero usted acaba de decirla.

Personajes reales, personajes ficticios

Todos los que leemos El Quijote automáticamente devenimos personajes virtuales de la novela, con título mucho más firme que Álvaro Tarfe, pues él es ficción de ficción y nosotros, hasta donde se nos parece, somos ficción de realidad, esto es, ficción tomada de la realidad. Y porque, de paso, el sentimiento de los personajes es el mismo de los lectores. Al final, cuando Don Quijote se cura de su demencia, todos, personajes y lectores, coincidimos en deplorar esa curación porque echamos de menos esa dulzura de un personaje que quiere ser bueno de verdad, poniendo en práctica las bondades que lee en los libros de caballerías. Y queremos que Don Quijote se vaya de nuevo a acometer sus hazañas. Nos hemos vuelto locos.

Por cierto: el modo que tienen de volverlo a su casa es otra ficción dentro de la ficción: el Bachiller Sansón Carrasco, amigo de Don Quijote, se disfraza de caballero andante, El Caballero de la Blanca Luna, lo derrota en singular combate en Barcelona y le impone volver derrotado a su no recordado lugar de La Mancha, cosa que Don Quijote, hombre de honor, cumple, para gran tristeza de todos los personajes, incluyéndonos a quienes lo leemos, y del propio Bachiller que pergeñó el engaño del engaño. La curación de Don Quijote es producto de una derrota y ocurre después de un largo sueño, una cura de sueño...

Eliseo Verón analizó una telenovela venezolana en que dos actores se casan, pero que también eran los protagonistas, que a su vez se casan en la telenovela. La televisora decidió entonces que ambos matrimonios se realizaran conjuntamente, en el contexto de la novela, y entonces la pregunta es: ¿quién se casó? ¿Los actores en la vida real o los personajes que esos actores representaban en la ficción? ¿Los personajes en la realidad? ¿Los actores en la ficción? ¿Todo eso junto? ¿Tiene sentido una distinción entre ficción y realidad en este caso y en todos los casos en que el convenio es el engaño, es decir, la confusión entre ficción y realidad?

Inconclusión

Henos aquí inermes frente al deber de rendir una conclusión al amable lector, que si ha llegado hasta aquí es tal vez con ese aliciente. Pues bien, tenemos una buena noticia ante este Bizancio académico: no hay conclusión. El deslinde entre lo que es ficción y lo que es realidad en la literatura y en el periodismo es algo que nos jugamos minuto a minuto, como la vida, y no solo la biológica, sino la que queremos vivir ónticamente. Implicar, dijimos, que el periodista es diferente al literato es negarle el derecho a hacer literatura. Y es negar al literato el derecho a contar hechos reales, periodísticamente. ¿Hablamos de los novelistas que mezclan reportajes con sus narraciones? ¿Hablamos de periodistas que insertan fantasías en sus reportajes como aquella que tuvo que devolver el premio Pulitzer porque inventó una historia falsa que contaba una realidad, emblemática, simbólica, metafórica, del consumo de drogas entre los niños de un barrio pobre de los Estados Unidos? ¿O de los que hacen ficción legítima para ilustrar un concepto o un hecho? ¿Hablamos de revistas como ¡Hola!, People, Jours de France, Gente que tratan de la cotidianidad de seres reales como si fueran fantásticos? ¿No se hace fantasmagórica la vida cotidiana de las recámaras de Buckingham o de las terrazas de Mónaco cuando las leemos en los tabloides que las reseñan con fastidiosa minucia, solo porque la viven príncipes y reyes cabe consortes y barraganas de príncipes y reyes? Lo demás que tengo que decir sobre esto está en Siete, Ser paparazzi en la vida y en El camarada príncipe. La mala noticia para los académicos bizantinos es que no hay nada decidido de antemano. La buena noticia para los inteligentes es que está en nosotros decidirlo.

Notas

1. Se refiere a la segunda parte del lance con el vizcaíno, no a la de la novela.

2.Idem.


Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

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