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La Sociedad de Padres Maltratados

Roberto Hernández Montoya

Domingo 11 de enero de 1998
Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Estás a punto de comenzar a degustar un pescado frito memorable. Llevabas ya horas en esa expectativa. El olor es impresionante, jugoso e inspira atrevimientos. En eso, ya tu tenedor sobre el primer segmento, tu crío abofetea un vaso de colita, que se derrama cantarina, con hielitos y todo, sobre tu plato hasta ese momento intacto.


Herman Hernández Lejter, sin cuyas investigaciones estas líneas no hubieran sido posibles.
Es la noche de un duro día. Estás en ese punto en que los lóbulos cerebrales tienen licencia para embrollar los pensamientos. Otros lo llaman hipnagogia y, más allá, menos técnicos, duermevela. Te estás durmiendo, en fin. Encarnizadamente, porque tu fatiga es inhumana. Es el momento en que el arrapiezo decide largar un ciclo de llantos inexplicables de no menos de tres horas. Cambias pañales, suministras antiespasmódicos, preparas y repreparas biberones, paseas con el rorro en brazos, concibiendo los pensamientos más espantables. El pediatra te dice, dominando abnegadamente su justificable mal humor de tres de la madrugada, que no es nada, que la vida es así. Al cabo el crío se duerme súbitamente y de un modo también inexplicable, pero te quedas sin dormir porque ya tu cerebro perdió la dirección de los pensamientos extravagantes. La recuperará a deshoras, cuando cabecees en la oficina, pues tu trabajo no rima con los horarios de sueño de tu prole. Para no hablar de que tendrás que ver, sin desesperar, diez veces diarias a Juana la Iguana o a Los tres caballeros.

Llega la adolescencia y crees que los atropellos van a disminuir. Falso: comienzan las sesiones de rock de siete horas a volumen de discoteca, las cuentas incalculables del teléfono, empleado para dilucidar los chismes de la fiesta, la exégesis de las primeras complejidades de la vida y el comentario del último video clip de Marilyn Manson. Ello se agrava con Internet, que exige horas y horas de navegación buscando chats, fotos de chicas desabrigadas, grupos de rockeros que a estas alturas conoces mejor que tu descendencia y otros contenidos primordiales de la superautopista. Olvídate de tu computadora, tu televisor, tu máquina de afeitar, tu chaqueta favorita, tu celular, tu automóvil, tu videograbador, tu cámara de video, decomisados por el joven que una vez te hizo pasar noches en vela. Deberás ver tres veces diarias a Freddy Krugger 20 ó a Alien 22.

Y cuando ya termina la adolescencia e ingenuamente supones concluidos tus males, llegan los nietos, que son peores porque ya no tienes la bizarría que te permitió sobrevivir a la generación anterior.

Por eso estoy exhortando voluntades para crear una Sociedad de Padres Maltratados, filial de Amnistía Internacional, con una línea caliente que permita acceder a un servicio de emergencia, que actúe en el momento en que el rapaz resuelva pedirte la mejor presa del pollo para dejarla luego fría, mustia y entera en el plato. Habría un escuadrón SWAT que intervendría cuando el niño esté a punto de sonar por decimocuarta vez en el día el mismo disco de canciones infantiles, emporcar el pañal que acabas de ponerle o discar por décima vez el teléfono de su amigo preferido para comentar durante seis horas el último capítulo de Las Juanas.

Se reciben adhesiones en: analitica.com/bitblioteca/roberto/.


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