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El derecho a la pereza Domingo 4 de diciembre de 1994, p. A-5
Paul Lafargue, el yerno de Marx, sostiene en su libro Por el derecho a la pereza, que la técnica, al liberar de la servidumbre del trabajo, hará de la pereza un derecho. Es una lectura que no solo debiera hacer aquí la beatería capitalista que hace llamados «a trabajar más para salir de la crisis», sino la beatería socialista, que ha elevado a ejercicio espiritual una aberración llamada «trabajo voluntario», que ni es trabajo ni es voluntario. No es trabajo porque no produce lo que se espera de él y no es volutario porque te sancionan si no lo haces, desde mirarte feo hasta hacerte preso o quién sabe qué otra cosa como las que se le ocurrían a Stalin o a Pol Pot. Ciertamente, el desarrollo técnico ha hecho de la fuerza física un aspecto secundario del rendimiento económico. La diferencia entre producir 1.000 y 100.000 unidades de cualquier bien no es casi nunca un mayor «sacrificio» laboral, sino ajustar el control de una máquina. No es un problema de energía ni de materia prima sino de información, no es un problema de átomos sino de bits, según la oposición clásica de Nicholas Negroponte. Con razón el sector terciario de la producción, el que maneja primordialmente información, es decir, bits, tiende a crecer y a dejar atrás a los otros dos, el primario, agricultura y minería, y el secundario, la manufactura. El límite de la productividad no es ya el trabajo como maldición bíblica, sino primordialmente el estado y capacidad de las instalaciones. El trabajador, claro, es importante, pero no por fuerza bruta, por maldición bíblica, por sudor de la frente, sino, precisamente, por fuerza inteligente detrás de equipos cada vez más sofisticados. Es más: hay un momento en el cual la fatiga puede producir rendimientos negativos. Más conviene mandarlo para su casa para que descanse y luego rinda más que si se queda de mala gana. Si se quiere ir más allá de la productividad de un grupo dado de trabajadores, se debe contratar otros y establecer dos o tres turnos. Una empresa que requiere sobretiempo es una empresa mal gerenciada. A mejor gerencia, menor trabajo y más y mejor productividad. Es decir, más y mejor información. Un ejemplo sencillito, a nivel de los beatos que hacen llamados idiotas «a trabajar más»: un trabajador opera un equipo que cuesta, digamos, diez millones de dólares. ¿Qué debe hacer el capitalista? ¿Maltratarlo, pagarle mal, crearle condiciones de trabajo miserables para que se le vaya y tener que poner máquina tan costosa en manos inexpertas que encima tienen que aprender hasta por dónde se enciende? ¿O le conviene tratarlo bien, mantenerlo satisfecho, con buena remuneración y condiciones óptimas de trabajo y seguridad, para que la máquina en vez de producir al 20% produzca al 99,5% de su capacidad? ¿Qué es más rendidor? Por eso a veces no entiendo a los neoliberales y me pregunto si son capitalistas o una secta esotérica, una religión sin poesía. Depende: 1) Si se trata de una empresa capitalista «normal»: que invierte capital para extraer plusvalía, lo obvio es tratar bien al trabajador. 2) Si se trata de una empresa rentista parasitaria, que vive de los subsidios del Estado, si es una «trampajaula» para cazar capitales estatales, dólares de Recadi, etc., a través de la corrupción, al capitalista mejor dicho, al rentista le importa un bledo la máquina. Ella no es más que un pretexto para cazar créditos bobos, es decir, estatales, para descapitalizar al país que es lo que seguramente va a pasar con el «dinero fresco», si Miguel Rodríguez se descuida con lo que él llama la plutocracia. A ese rentista no le importan ni la máquina puede que ni la haya, ni el trabajador, ni el producto, ni el consumidor. Ese rentista es un empresario venezolano. Hay excepciones, claro. Caben en un minijet de La Carlota. Si la cuestión, lo hemos visto, no es «trabajar más» sino trabajar mejor, ¿qué se proponen esos llamados farisaicos al trabajo? Pues transferir la culpa del desastre puntofijista al trabajador y no a sus verdaderos responsables: el capital rentista y el Estado corrupto. Y es, por tanto, una devaluación del trabajo. Para nada sirve trabajar más si se trabaja peor, produciendo tubos de dentífrico llenos de aire, bombillos que duran 24 horas y pilas descargadas. ¿Qué sentido tiene trabajar más para producir más cantidad de productos inútiles? En vez de llamar a trabajar más, se debiera llamar a gerenciar mejor, que no es más que un modo eficiente de manejar información. Si hubiera mejores gerentes, la gente, mejor pagada, mejor tratada, trabajaría muchísimo más y mucho mejor que como ya lo hace, sin tantos llamados farisaicos al trabajo.
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