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El plagio como consagración intelectual Letras, del 22 al 28 de enero de 1998
He sostenido que el plagio es uno de los géneros literarios más respetables. Y que no es una ambición perversa de gloria sino un homenaje cortés y sincero. Ningún escritor adquiere notoriedad si no ha merecido el lauro del refrito. El plagio es, pues, consagratorio. Pero la reverencia humilde no es la única virtud del plagiario, ni la mayor. Se vanagloria sobre todo de su ingenuidad. Es más, sostengo que es persona inocente. Conozco al menos dos plagiarios intachables. Un profesor que publicó un artículo en una revista de cierta facultad. Luego se descubrió que era un capítulo de un trabajo de ascenso de otro profesor de esa misma facultad. El otro es más famoso: la profesora que publicó como suyo el trabajo de grado que le tuteló a una alumna. Se defendió declarando que había cedido amablemente a su estudiante ese texto para que se graduara. No sé si es más defendible esto que la monda copia, pero la educadora era modesta y no aspiraba a la gloria inmarcesible del plagio. Lo más aparente de estos y de un millón de casos análogos es que el plagiario estima que no va a ser descubierto. Pero creo que es un error. El plagiario está más bien cabalmente convencido de que va a ser desenmascarado y hace todo lo posible para que así sea. ¿De qué otro modo se explica que se exponga con textos que cualquiera puede descubrir que son copiados y encima de personas que le son tan próximas? El plagiario se inmola ante la gloria del plagiado. El plagiario es un héroe de infinita humildad. Otra peripecia: un estudiante presenta un trabajo de grado. Un miembro del jurado se enferma. El suplente al leer el texto solicita suspender la defensa por el recuerdo vago de que ya había leído aquello. En efecto, años antes un colega le había enviado un trabajo de ascenso de una universidad brasileña que consiguió por casualidad en un viaje accidental. El aspirante lo había meramente traducido, lo que no es en sí desestimable como trabajo de grado. Lo llaman azar. Es injusto porque el plagiario estaba siguiendo un prudente consejo que Umberto Eco sugiere en Cómo hacer una tesis de doctorado: si vas a plagiar algo, más vale que sea, ponle, un oscuro trabajo de un desconocido profesor de Albania, presentado, digamos, en 1937. Si te descubren, pienso, tendrás al menos el consuelo de que fue azar inspirado por los dioses. No sé por qué el plagiario es tan vituperado. Más murmuración inspiran los profesores que han hecho carrera con unos trabajillos multigrafiados y/o de unas pocas páginas. Sé que el bulto no hace al monje (¿es así el dicho?), que mil páginas no garantizan sabiduría, que Lavoisier cambió el curso de la ciencia mediante dos plicas dirigidas a la Academia Francesa y que sumadas no alcanzan a una cuartilla. Pero, vamos, cuando uno encuentra que hay gente que ha hecho un ascenso académico altísimo con un trabajillo que dice cuándo los caraqueños usan la palabra yo, y alguna poquedad más, se fomenta la idea de que los plagiarios no merecen tanta regañina. Más bien les debemos la recomendación de textos que vale tanto la pena leer que cada una de sus comas ganó la honra de ser revalidada. Gloria eterna cosechen.
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