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El pudor de la violencia Letras 26 de agosto de 1999
Pareciéramos condenados a vivir en Caracas a pesar de Caracas, y a veces contra Caracas. No se vive en Caracas; se sobrevive en Caracas y también a veces contra Caracas. Se nos ha tornado violenta, colérica, poblada de terrores nocturnos y con partes de guerra semanales. Apenas se sale por temor a la muerte campante. No se practica en las calles lo que los templados envidian del trópico: el paseo nocturno. ¿Pero es solo eso realmente? ¿No halla también el visitante sorprendido un gesto amable, una solidaridad, una cordialidad raras en otras ciudades? ¿No será que el miedo, tan mal tutor, nos la ha recomendado más malvada de lo que es? ¿No será que queremos verla solo enemiga? Esa actitud ha creado un círculo vicioso: abandonamos las calles a los especialistas del odio, al atracador, al que vive del revólver o para él, al policía antirreglamentario. Y como no hay gente de otra índole a ciertas horas y a veces a todas, no hay regulación de la violencia, que se queda sola poblándolo todo. La gente teme ciertas plazas, muchos parques, toda noche. Salir a determinados lugares o a ciertas horas es una aventura vertiginosa e irresponsable. Cierto que es así en otras ciudades también, pero esto que nos está pasando no parece problema solo de criminología, pues exhibe otro componente: el desafecto por los lugares comunes. El caraqueño invade pocas plazas, puebla pocos parques; los escoge solo en función de cierta masa crítica demográfica que hace presumirlos lugares inadecuados para el atentado, a fuer de cierta cuantía suficiente de testigos presenciales. Nunca son suficientes testigos, por cierto, porque el delincuente caraqueño se atreve con los autobuses poblados y con la luz del día. El miedo es un sentimiento con frecuencia saludable porque nos preserva (« il faut surtout durer », hay que sobre todo perdurar, dice el proverbio francés). Pero el temor también puede ser un mal en sí mismo. La oportunidad del atentado nos conduce a la pérdida de la vida antes de la muerte, porque nos escamotea ciertas amenidades de estar vivo. De puro temer perder la vida, no la vivimos, o la vivimos de a poquito, sin anchura, acorralada en una agonía duradera y sin resolución. No siempre fue así, lo sospechamos razonablemente, lo hemos vivido y no siempre los recuerdos engañan. ¿En qué momento perdimos la fruición urbana? ¿Qué camino tomamos que nos extravió de aquel remoto rumbo caraqueño? Ni tan remoto. Aún resuena en la memoria de muchos la imagen de una ciudad sin esas rejas concéntricas que hay que atravesar desde la calle, por el pasillo y la puerta de la vivienda, hasta la intimidad húmeda. Aquella ciudad no era la Utopía de las puertas sin llave, pero sí eran las puertas abiertas en los días del barrio alborozado, por donde se entraba y salía sin sobresaltos. La gente que hacía daño era esporádica y a veces tímida. La violencia tenía pudor. ¿Cómo recuperar ese pudor? ¿Qué fuerza nos haría poblar sus calles en lugar de meramente transitarlas lo más rápidamente posible para evitar encuentros y sucesos indeseables? ¿Cuándo volveremos a pasear? Son cosas que no resuelve solo una Constituyente porque son más profundas, los políticos no las entienden y por tanto están en nuestras manos.
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