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Qué feo

Roberto Hernández Montoya

Domingo 1º de febrero de 1992
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Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Veámoslo así, sin mayor refinamiento teórico por ahora: de un tiempo a esta parte la imagen predominante en los medios de comunicación de masas es el horror. Creo que la etapa presente se remonta a El exorcista, cuando Linda Blair gastó kilos de panqué para convencernos de su posesión satánica. Luego vino El monstruo está vivo, para entonces la más escalofriante película imaginable, hoy digna de una conversación de buena compañía. Y se desató con Alien, La profecía, Viernes 13, Freddy, Mad Max, Robocop, Total Recall... En esta última hemos visto una de las imágenes más horripilantes que el hombre haya creado: el tutor del héroe es un «mutante», es decir, un pretexto para cualquier pavor: suerte de feto envejecido que brota en relieve del vientre de un hombre algo así como preñado de él. Entre convulsiones, el hombre-nodriza abriga y al mismo tiempo da a luz sin parir a aquel espanto. Sé que no me explico. Nunca aprendí cómo se describe eso. Lo cierto es que ahora los monstruos son «héroes positivos», porque este engendro era una «fuerza del bien».

Así, los monstruos que otrora escalofriaban (el de la Laguna, la criatura de Frankenstein) están desde hace tiempo en las comedias más gozosas, como la familia Monster. Ahora el monstruo del Dr. Frankenstein provoca risa y forma parte de unos dibujos animadísimos, que los niños inocentes —por cierto, ¿qué es inocencia?— perciben sin trascendencia. De allí la cámara de horrores de He-Man, en donde el villano es un esqueleto musculoso (sí, escribí «esqueleto musculoso»; son cosas que no se entienden sino viéndolas), y los héroes que acompañan a He-Man, que es uno de los pocos «normales» —dígame alguien, pero de verdad: ¿qué es normal?—, son extraterrestres, es decir, más o menos tan escamosos y viscosos como los villanos. Estos horrores tienen sus correspondientes animaciones en los videojuegos, cuyos círculos y estancias execrables (los niños los llaman «mundos») dejaron al Infierno del Dante precisamente para los muchachos.

En una película que vi por televisión un día de diciembre a las cinco de la tarde, me han dicho que es de la serie Alien, un grupo de héroes entra en una gruta. Entre esqueletos colgantes de anteriores campeones, hay una mujer, viva aún, que suplica que la maten. Los héroes, como es su disposición «natural» —de paso: ¿qué es natural?—, se preparan para rescatarla, cosa que es fácil, pues basta desatarla. De pronto, del pecho de la mujer brota, en un parto diabólico, una fiera abominable y burlesca. Era una heroína de un grupo anterior. Cuando pedía que la mataran era porque estaba padeciendo aquel embarazo monstruoso. Me permito contarle esto, amigo lector, porque se trata de una película de horario infantil, y vacacional, como, digamos, la familia Simpson. Si los párvulos aguantan eso, con más razón usted, persona madura, supongo. Claro, esa escena no es percibida como fea por la censura. Esta considera fea a una pareja que hace el amor, lo que nos da una idea de la salud mental y moral de los censores. El moralismo es la forma más grotesca de la perversidad.

Los niños admiran ahora a héroes de semblante espantable como las Tortugas Ninja; y ríen con las atrocidades de Indiana Jones, en donde un tipo le saca a otro el corazón, con la mano desnuda, por ejemplo.

No sé. Fuera de parecerme bastante chocante, no tengo mayores teorías sobre esto. Apenas esbozo el inventario a ver a quién se le ocurre algo. Ciertamente el asunto es de monta y comienza a afectarnos: junto con la transmisión cotidiana de estas imágenes, con los ambientes sórdidos en donde se desenvuelven Batman y Rocky, por ejemplo, hemos visto recientemente saturarse la televisión de imágenes así; no hay telenovela en donde no veamos algo repulsivo, sin hablar del cine nacional, o la descripción detallada de nuestra realidad carcelaria, que —todavía— sigue siendo más repugnante que cualquier invento cinematográfico.

Por supuesto, no es la primera vez que la humanidad se inventa horrores. Así serían de horribles las Górgonas que quien las veía se volvía de piedra, de puro susto. Difícilmente haya cosa más fea que el nacimiento de Venus: de los genitales de su padre flotando en el mar, recién extirpados por Zeus, su hermano. Las descripciones del Apocalipsis no son nada amables. El Bosco fue bien poco complaciente con su Infierno.

Recuerdo que mis profesores de izquierda criticaban acremente la «literatura de evasión», aquella que escamoteaba la confrontación con la realidad, es decir, con lo feo, pues el realismo, como dice Barthes, se ocupa de lo feo. Según ellos esa literatura era cosa principalmente de los medios de comunicación de masas, que perversamente se proponían embrutecer al público con cancioncitas, para evitar que tomara conciencia, especialmente la de clase, e impedir así que llegara la revolución y el proletariado glorioso tomara el cielo por asalto, etc. Pero ya la literatura de evasión no es lindita y cursi como otrora, sino que se inventa una hiperrealidad de seres de infamia bien pormenorizada. La evasión de hoy no solo es aterradora sino deprimente.

Aquí encontramos otro pormenor teórico: hasta El exorcista (más o menos) el horror era principalmente intelectual. El espanto era más indirecto, había que leer y saber leer. Pero desde El exorcista uno no lee nada, uno va y ve y listo, fast food del horror. Es como la pornografía, uno va y ve y no se imagina nada. Personalmente no tengo nada contra algo tan sanote como la pornografía. Ningún escrúpulo moralista rige estas líneas, ya dije por qué. Lo que pasa es que así como respeto a la gente a quien molesta la representación explícita del sexo, también respeto a quienes molesta la representación explícita del horror. Digo yo, debieran poner una advertencia, cosa de que si, después de avisado, uno de todos modos se mete a ver La muerte de Freddy en tercera dimensión y le da un ataque maníaco-depresivo, no tenga derecho a ni a ponerse bravo —me pregunto: ¿los maníaco-depresivos se ponen bravos? Por supuesto que así como estoy contra los mensos que prohíben la pornografía porque les da una cosita, también estoy contra la prohibición de monstruosidades. ¿Qué hace uno? Hay gente a quien le gusta eso.

Otra astilla teórica: pasado poco tiempo, ya no nos inquietan esas imágenes. La primera vez que vimos la Corte de Jabba, en El retorno del Jedi, nos pareció repulsiva. Ya, a pocos años, necesitamos las películas de Schwarzenegger para producirnos un sustico ahí y no perder la entrada del cine. Y pronto estas imágenes también nos causarán risa. Y así... Es como el drogadicto que usa drogas cada vez más duras.

Como dijo una vez Aníbal Nazoa: el hombre es el único animal que paga para que lo espanten. Como si las cucarachas pagaran para ver películas como El baile de las gallinas malditas, los perros El patio de bolas infernal y los cochinos Mientras el palo va y viene. Algo en nuestra naturaleza nos inclina al horror.

Otra viruta teórica, que hasta sicoanalítica es, sostiene que la belleza, para ser tal, debe apoyarse en el horror, que ambos se sirven de referencia mutua. Es lo que explica que Venus, la belleza pura, nazca del horror y que Pegaso, una de las imágenes más dulces que haya prosperado en cerebro alguno, naciera de la sangre de la Górgona decapitada. Luego de eso voló hasta el monte Helicón, dio una coz a una piedra sagrada, la partió y dio nacimiento al Arroyo del Caballo, el Hipocrene. Quien bebe de ese arroyo se torna poeta. La historia es hermosa, tanto como es horrible su madre, Medusa, de cabellos de sierpe.

Tal vez ahora los humanos, luego de la larga hegemonía de Walt Disney, nos hemos encontrado con nuestro propio horror: Bergman, Shakespeare, las mitologías clásicas, la enfermedad, la muerte, la iniquidad, la cobardía y la miseria. Es lo que somos.

Por eso los neoliberales andan por ahí predicando que el hombre es un horror de codicia y malandrería. Pero si hay horror, digo yo, es porque también hay cosas hermosas como Pegaso o el Unicornio. Tal vez el público de estos días de inanición moral no sabe ver los flancos bellos del mundo, o no los quiere ver. Por eso hay tanto neoliberal encarnizado y descortés por ahí. Yo sé que el mundo no está hecho de cupidos rosaditos e Hipocrenes. Bien bueno, porque, como decía León Felipe, «el sueño del hombre lo mecen con cuentos/y yo me sé todos los cuentos». Demasiado nos han dormido con sueños lindos que luego resultan Torquemadas o gulags. Ahora somos más maduros.

Vaya, pero para que haya caliente tiene que haber frío. Aunque solo sea por simetría. Me consta que la belleza existe, y por todas partes. Si alguien la quiere localizar para temperarse, le ofrezco mi mapa, que conseguí gratis el mismo día, por cierto, en que descubrí, yo estaba chiquito, que dinero y riqueza son cosas distintas. Nota para estos novísimos beatos de la codicia: no dije opuestas, dije distintas.


Sobre lenguaje:
El amarillismo estético

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