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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Se rascó la policía 12 de noviembre de 2000 Dos policías llevan un cadáver en medio de uno y otro, en una moto. Kilómetros abajo lo tiran por un barranco. Los vecinos les señalan los uniformes ensangrentados como prueba de su acción. Uno se cambia y se baña dijeron. Un policía ebrio arrolla a un ciudadano que venía de ver cómo Magallanes blanqueaba al Caracas. Lo arrastra por 50 metros y lo vuelve gelatina. Mil patrullas se llevan al agente y a un rehén amigo del occiso, a quien amenazan con lanzar al río Guaire. El embriagado iba con un niño de nueve años. Vida cotidiana. Las policías son bandas de delincuentes. Es estructural y no como dijo uno de sus jefes, de lo más boquirrubio, que daban ganas de darle un besito en la frente: «Hay policías buenos y policías malos». Así no se resuelven problemas troncales. Sí, es culpa del puntofijismo, ya me contaron. Pero ya la V República lleva dos años y no vemos ningún esfuerzo, salvo aparentemente en la Disip, que contrata una función privada de La Reconstituyente. Mentí: ha habido dos esfuerzos. Grüber Odreman declara en favor de la pena de muerte. Segundo esfuerzo: Alfredo Peña anuncia «plomo al hampa». No es obvio que cuando digo gato digo felino porque si estoy en el contexto de un neumático pinchado se entiende aparato que levanta vehículos. En el contexto de policías acostumbradas a ejecuciones extrajudiciales el agente entiende lo más obvio cuando le dicen «plomo al hampa»: licencia para matar. Es más: si los antiguos jefes justificaban esas ejecuciones con su silencio, los de ahora las justifican a voz en cuello. Deben pensar que es línea de la V República. Grüber piensa eso tan sinceramente que hasta le dedicó un poema. Peña siente que está respondiendo a la demanda de una población erizada de terror. Debo presumir buena fe. Tampoco tengo pruebas de mala fe. Pero, ¡vamos!, no sería malo un poquito de prudencia. Es una responsabilidad de Estado: uno pulsa un botón en el gobierno y allá estalla Caucagüita. Dices una palabra de más y cuatro policías desasosegados deciden que les estás dando autoridad para matar al que se les pegue la gana. A ti, por ejemplo. A mis hijos. Es como pilotar un bombardero. Te equivocas y acabas con una ciudad en lugar de una base lanzacohetes enemiga. Elefantes en una cristalería. Encima, la policía se siente apoyada por la opinión pública, que en su desesperación ante el malandraje aprueba tácita o explícitamente las ejecuciones expeditas. La desesperación idiotiza. Consecuencias: fuera de toda consideración sobre la inconstitucionalidad y la inmoralidad de esta discrecionalidad asesina, cuando el policía se siente autorizado a matar puede hacerlo, por ejemplo, por asuntos privados y por allí se llega sin desviaciones al sicariato. Entonces tendríamos que crear un segundo escuadrón de la muerte para que controle al primero. Y como el segundo también se puede corromper, habrá que crear otro y otro y otro. ¿No será mejor no crear ninguno? Ahora, por si no había ya problemas en un país acorralado por hampa y policías así, las autoridades juegan al tenis con el nombramiento de los jefes policiales. Mientras tanto siguen creyendo que las redadas arbitrarias en los barrios combaten al hampa. ¿Oyeron Chávez, Elechiguerra, Parra, Peña? ¿Quién dijo que esta situación no podía empeorar?
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