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¡Que se retiren! ¡No importa!

Roberto Hernández Montoya

Question, febrero de 2006

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Caracas, 3 de enero de 2006 (foto Juan Vicente Gómez Gómez)

En la misa final de la Feria de la Divina Pastora, el domingo 15 de enero en Barquisimeto, alguna intriga de esas de la Iglesia hizo que a Rosalio Cardenal Castillo Lara le tocase arrojarse contra el gobierno y terminase estrellándose con la feligresía. Apenas había leído con voz vacilante su vulgata opositora contra el gobierno, la multitud comenzó a gruñir y al final aullar pidiendo misa, que fue a lo que fue allí.

Al momento pensé que se trataba de uno de los tantos errores autodestructivos de la oposición. Ciertamente esta viene cometiendo toda clase de disparates largos de contar, que la han llevado a su casi volatilización (ver Oposición kamikaze). Pero ya lo dijo el Cardenal: «¡Que se retiren! ¡No importa!».

La falta de apoyo popular sería un problema para cualquier partido político democrático, cuyo único acceso admisible al poder fuese el electoral. Durante años el populismo de Acción Democrática y Copei puso en el congelador su obvio desprecio al pueblo que decía representar. Así, expresiones como el racismo se habían disimulado hasta la casi invisibilidad. Pero ya no. Ahora no se trata de conquistar la voluntad popular sino de hablar para lo que Pierre Bourdieu llamaba la «circulación circular de la información», es decir, una olla informativa en que alguien lanza una idea que luego es retomada en espiral por otros medios hasta armar una matriz de opinión (ver «¿Intelectuales de qué?»). Para ello hubiese sido muy conveniente una turbamulta con muertos y todo, para achacárselos al tirano, pues la circulación circular de información funciona como una maquinita.

Es decir, cómo se estructura una sociedad global a través de la creación de la realidad. Estamos ante un demiurgo que crea el mundo y por eso dice Jean Baudrillard que la (primera) Guerra del Golfo no tuvo lugar (La Guerre du Golfe n’a pas eu lieu, París: Galilée, 1991). La segunda tampoco.

    Esta influencia de lo virtual es reforzada por el hecho de que la guerra es anunciada como el doble, el clon, de la del Golfo (y Bush el clon de su padre). Son, pues, dos acontecimientos clones que encuadran de uno y otro lado el acontecimiento crucial.

    Cette emprise du virtuel est encore renforcée par le fait que la guerre annoncée est comme le double, le clone de celle du Golfe (et Bush le clone de son père). Ce sont donc deux événements clones qui encadrent de part et d’autre l’événement crucial (« Le masque de la guerre », Libération, 10 de marzo de 2003).

En Venezuela, vista en su contexto mundial, asistimos a la producción sistemática de una visión particular, que no tiene nada que ver con lo empíricamente constatable, es decir, se trata de cierto conjunto de mentiras. Según ese conjunto, estamos ante un tirano que no permite libertad de expresión, monopoliza todos los poderes públicos, etc. Como supongo inteligencia en quien me lee, no insistiré en refutar semejante disparate, que cualquiera que viva en Venezuela puede verificar. Me limitaré, pues, a la «circulación circular de la información».

En las declaraciones de los funcionarios de Washington sobre Venezuela encontramos las raíces del proyecto que tiene la oposición para Venezuela. La acción del Cardenal en Barquisimeto, en el contexto de una fiesta religiosa fundamental en Venezuela, es significativa, sobre todo en el momento en que dijo que no le importaba que la feligresía se retirase. ¿Para qué feligresía? Esto es simétrico de lo que dijo en 2002 el entonces Presidente de la patronal Fedecámaras. Preguntado sobre lo que pasaría con la resistencia de los partidarios de Chávez ante un golpe de Estado, respondió: «De eso se ocupará el ejército». Por eso los partidos ya no aceptan medirse en elecciones. No les interesa la voluntad popular, pues su opción de poder es obviamente dictatorial, como ya se vio durante el golpe de Estado de abril de 2002.

No hay nada, por inocente que sea, contra lo que el hombre no atente. Así, esta circulación circular de la información sobre Venezuela se propone instaurar una dictadura en nombre de la defensa de la democracia. Así se dio el golpe de abril de 2002, en cuya acta de instalación se abolieron todos los poderes de elección popular y en nombre del rechazo a la concentración de poderes en un solo individuo, se concentraron todos los poderes en el individuo Pedro Carmona Estanga. El problema no era la concentración de poderes en un solo individuo, sino de qué individuo se trataba. Pero cuando la revuelta popular cívico-militar repuso a Chávez en el poder, esa multitud sufrió dos operaciones: fue ignorada o fue calificada peyorativamente como horda, chusma, turba, etc. Es decir, desechable, por eso Su Eminencia dijo: «Que se retiren, no importa». Pocas veces una frase definió tan claramente un designio.

Designio que tiene dificultades para saciarse. Fatigoso será encontrar país más debilitado, arruinado y deprimido que Haití y ahí están las fuerzas de ocupación empantanadas en una situación en que, como en Iraq, según Fidel, no pueden ni quedarse ni salirse. Si eso es Haití ¿cómo será una invasión a Venezuela?

Pero los dólares de la camarilla de Washington mandan, así ordenen disparates como los de Afganistán, Iraq o Haití. Si ordenan invasión, sus empleados acatan, pues se trata de patronos muy exigentes, que no toleran ni siquiera una indecisa manifestación de nacionalismo. No la toleraron en Rómulo Gallegos en Venezuela en 1948, en Mohamed Mosaddeq en Irán en 1953, en Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, en João Goulart en el Brasil en 1964. Son un jefe demasiado nervioso para tolerar a Juan Bosch en República Dominicana en 1963. Solo aguantan a quien se le somete sin fisuras, sin vacilaciones, quasi limam in manu fabri, ‘como la lima en la mano del artesano’, prompte, hilariter, perseveranter et coeca quadam obedientia, ‘al momento, con alegría, con perseverancia y con casi ciega obediencia’, como mandaba cierta regla conventual, según cuenta Victor Hugo en Los miserables. O sea, como Augusto Pinochet o dispuestos incluso a arrastrarse en público, como la oposición venezolana. No toleran otro modo de sometérseles. Por eso vemos tanta disciplina en sus camareros. Saben por experiencia que no habrá excusas. Por eso son tan afanosos y tan inflexibles.

Si el patrono quiere un disparate no importa, y si a los ciudadanos no les gusta, que se retiren, no importa, y si se rebelan, de eso se encargará el ejército. Total lo importante es cobrar, pues de tal criado tal amo (ver «Los peores», Question, diciembre de 2005).


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