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Cultura

A FUEGO LENTO... CON Roberto Hernández Montoya

«No administro el CELARG mirando por el espejo retrovisor» [entrevista]

Rubén Wisotzki
Pablo Villamizar

El Nacional, lunes 28 de enero de 2002

Roberto Hernández Montoya en La BitBlioteca

El Centro de Estudios Latinoamericanos «Rómulo Gallegos» cuenta con una nueva oportunidad. Durante los últimos años, los directivos de la institución han buscado, de manera cíclica y empecinada, salidas de emergencia para no morir asfixiados ante la ausencia de una coherente política interna y un escaso presupuesto. La nueva gestión intentará recuperar el perfil investigativo original, mientras espera que se haga realidad la concientización de la cultura como valor estratégico, para el bien de la sociedad.

Roberto
Foto Sandra Bracho (El Nacional)
De todos los juicios que se han emitido en los últimos meses (¿o habría que decir años?) en torno al Centro de Estudios Latinoamericanos «Rómulo Gallegos», quizá el más preciso le pertenece a su actual presidente. Lo pronunció públicamente, en una rueda de prensa, el día en que anunció que aceptaba dirigir el futuro de la institución, encallada en una crisis crónica.

«Escandalosamente silenciosa», ése fue la apreciación que impuso, como una fiel radiografía, al referirse a la pobre plantilla de investigadores, integrada solamente por tres respetables profesionales, una pírrica cifra que desdice las intenciones y objetivos con los que nació la institución. ¿Qué se ha hecho desde entonces hasta ahora? ¿Cuáles son los propósitos que mueven a la nueva gestión? ¿Qué acción emprenderá de aquí en adelante? ¿Hacia dónde va el CELARG? Él, Roberto Hernández Montoya, es quien actualmente tiene sobre sus hombros la responsabilidad de dar respuestas. Basándose en la importancia estratégica de la cultura para la sociedad venezolana, el ensayista apuesta al personal humano que integra la institución y al nuevo presupuesto, cuyo monto es de más de 900 millones de bolívares, muy lejos de los 2 millardos solicitados, pero despegado por completo de los 600 millones del año pasado, que sentenciaron al ente a una terrible enfermedad: la parálisis.

Rigoberto Lanz, su antecesor, dejó un proyecto de reestructuración que fue bien recibido por usted. ¿Piensa realizar un enlace entre dicho esquema y su gestión? ¿No cree, tal como lo expresó Alfredo Chacón, que se ha perdido demasiado tiempo en la reestructuración de las instituciones culturales?

—Sí, se ha perdido mucho tiempo. Pero fíjense que Bohr, el físico teórico, decía que no hay nada más práctico que una buena teoría. No vine al CELARG con la idea de hacer borrón y cuenta nueva, es decir, nunca pensé que iba a llegar y construir el mundo nuevamente. Yo no tengo complejo de Jehová. El CELARG tiene cosas buenas y malas. Es un ente sólido, con un prestigio muy bien ganado, aunque tenga problemas como muchas instituciones del país. De la gestión de Rigoberto Lanz quedó un valioso aporte teórico que nosotros estamos aprovechando.

—Pero, específicamente, ¿cuáles conceptos del programa de Lanz asumió como propios y válidos para su gestión?

—No recuerdo en este momento la parte caliente del agua tibia. Hay una cantidad de cosas que se tomaron de allí. Nosotros no estamos inventando el CELARG. Por ejemplo, estamos trabajando en el saneamiento administrativo y en una labor especial con el clima laboral conflictivo que había en la institución. Partí del principio de que el sindicato tenía razón. No solamente saldamos una gran parte de los pasivos pendientes sino que, además, incorporamos al personal a todas las labores, un trabajo que aparece reflejado en la nueva misión y visión del organismo. Discutir y ajustar dicho informe, entre todos, allanó la conflictividad. Si antes la conflictividad estaba en 100 puntos ahora está en 5, si acaso. A final de cuentas, pienso que lo más importante es reforzar el carácter académico de la institución.

—Eso es algo que se ha venido escuchando en los últimos cinco años. Sin embargo, con el pasar de los días se observa que en el CELARG hay cada vez menos talleres, publicaciones e investigaciones y sí muchas más fiestas y ciclos de cine. ¿Piensa usted restituir definitivamente el espíritu de los estatutos originales de la institución que persiguen, entre otras cosas, la realización de estudios latinoamericanos y el intercambio de conocimientos con los demás países de la región?

—A mí no me gusta hablar de lo que voy a hacer y sí de lo que ya hice. Pero déjenme buscar en mi chuleta (consulta su laptop)... Antes que nada debemos reactivar el área de estudios e investigación. Por supuesto, eso es un trabajo lento. En 2002, en una primera etapa, vamos a intentar contratar, por lo menos, a dos investigadores más.

—¿Cómo calificaría usted el estado de un centro de estudios latinoamericanos que solamente cuenta con dos investigadores? ¿Parálisis acaso?

—¡Parálisis no! En el CELARG la investigación ha continuado, pero a paso de tortuga. Hay que tomar en cuenta de que se trata de dos investigadores de alto nivel, Rafael Castillo Zapata y Mirla Alcibíades. Ellos son investigadores que han producido conocimientos importantes, dentro y fuera del CELARG. Y, como ya dije antes, convocaremos a concurso lo más pronto posible para incorporar más investigadores.

—¿Cuál sería el número ideal de investigadores?

—¿El número ideal? ¿Para mí? ¡Dos mil! Es decir, no tengo límites. Eso depende del tipo de investigación que vayamos a realizar. Hay investigaciones, por ejemplo, que requieren de un equipo de 20 personas.

—¿Y qué temas de investigación necesita trabajar el país de manera prioritaria?

—Les digo uno que se planteó recientemente: la lectura. El jueves pasado releí un trabajo que hicimos un grupo —hace aproximadamente diez años—, para Monte Ávila Editores, en relación con los hábitos de lectura en el Área Metropolitana. Es un tema que viene rodando en mi cabeza desde hace mucho tiempo y ahora, casualmente, el ministro de Educación, Cultura y Deportes, Aristóbulo Istúriz, planteó eso como una de las prioridades de su gestión: volver a los venezolanos un pueblo de lectores. Deberíamos investigar, entonces, qué se promueve cuando se promueve la lectura o qué significa la promoción de la lectura. Yo no creo que deba llenarse al país de afiches. No, se trata de un trabajo de investigación muy serio que hay que realizar.

«Es la investigación, estúpido»

—¿Ya se puede decir, a fin de cuentas, que el CELARG está en orden?

—No, yo entré al CELARG a finales de agosto de 2001. Pero la institución debe estar en orden, en cuanto al proceso metabólico de funcionamiento administrativo, alrededor de marzo. El saneamiento administrativo es un trabajo que lleva tiempo y no quiero apresurarme para después andar metiendo la pata.

—¿Eso fue lo que ocurrió con sus antecesores?

—No quiero juzgar a los otros. Yo no administro el CELARG mirando por el espejo retrovisor. Pero está claro que el edificio, que el complejo cultural que es el CELARG, se comió, arropó y desbordó a las directivas anteriores. Así como dijo Clinton: «Es la economía, estúpido», yo digo: «Es la investigación, estúpido». De hecho, estoy a punto de colocar un letrero con esta frase en mi oficina.

—Las instituciones culturales suelen padecer, en todas las gestiones, de dolencias crónicas como si se tratara de virus. ¿Podría decir cuál ha sido el mal del CELARG a lo largo de su historia?

—Haber dejado que se debilitara la investigación. Ese mal no lo estamos repitiendo, lo estamos revirtiendo. El CELARG tuvo su crisis de crecimiento e, incluso, llegó a atrofiarse. Pero ahora hay que restablecerlo, es decir, ensancharle el cuerpo de investigadores.

—Alfredo Chacón, presidente de la Biblioteca Ayacucho, señaló también que otro de los desaciertos de la gestión de Manuel Espinoza era la falta de una efectiva política de comunicación. ¿Usted agregaría otros o diría que no hay más errores?

—Seguramente hay más como, por ejemplo, la manera de distribuir los financiamientos. Este asunto requiere de una mayor afinación. Ahora, en cuanto a los proyectos, sé que se seleccionan, en la mayoría de los casos, algunos muy buenos, pero no hay políticas para comunicar esto, ni interna ni externamente. Sí se ha comunicado, pero no con suficiente profusión. Además, revertir toda una tradición, que viene rodando desde la época del Inciba, no se hace en dos patadas. La estructura burocrática que tenemos es una rémora en muchos casos y también hay funcionarios que no han entendido cómo es la cosa, aunque ellos no tengan la culpa.

—¿Y a qué se debe esa debilidad en materia de comunicación?

—Creo que es un problema de cultura de los que estamos allí. Yo he estado luchando contra eso porque me preocupa el asunto, pero a veces son tantas las cosas que hay que atender, que a ese aspecto no se le da importancia. Es como si estuviésemos haciendo un cenicero y comunicarlo nos pareciera un error. No es posible que no se conozca, por ejemplo, lo que se ha hecho en cuanto a los espacios culturales comunitarios. Eso es uno de los logros más importantes en la historia de la cultura en Venezuela. Hablo de comunicar una política y explicar lo que es, y crear la actitud favorable o promover la discusión o la crítica razonada, que es muy útil. Siempre he dicho que, para mí, el mejor negocio del mundo es perder una discusión, porque me sacan de un error. Sí, a mí me encanta perder una discusión.

—¿Si tuviera que ofrecer, como intelectual y no como funcionario del CELARG, una recomendación a la gestión cultural de este momento, qué diría?

—Les diría que le explicasen al país lo que significa el carácter estratégico de la cultura. Y ¡ojo!, no se trata de hacer propaganda de lo chévere que somos, sino de concientizar el poder que tenemos para transformar, con la cultura, una sociedad. Con esa información en las calles, lo demás sería más fácil.

Con misión y visión

Roberto Hernández Montoya es licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela y, además, cursó estudios de Análisis del Discurso en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Es miembro del consejo de redacción de Venezuela Analítica, columnista de El Nacional y, actualmente, funge como secretario del Consejo Nacional de la Cultura y presidente del CELARG. Ha publicado, entre otros títulos, La enseñanza de la literatura y otras historias, La literatura secundaria, La constitución de lo literario en los manuales de educación secundarias y Venezuela, breve teoría de Internet.

Afirma, en materia de labores cumplidas, que en lo que va de su gestión se logró lo siguiente: reajustar la visión, misión y estructura organizativa de la institución; incorporar el papel de la consultoría; diagnosticar y solucionar los principales problemas del personal; pagar los pasivos laborales; implantar talleres de la reestructuración; culminar la digitalización de los primeros 100 números de la Revista Nacional de Cultura; y crear el Premio Internacional de Ensayo Mariano Picón Salas.

Considera, por supuesto, que aún quedan muchas cosas por hacer, como la reactivación efectiva de los estudios y la investigación. Para ello el intelectual forma parte de una comisión que decidirá cuáles serán las áreas prioritarias a investigar, junto con Alfredo Chacón y Mirla Alcibíades. Además, incorporará investigaciones subvencionadas por organismos nacionales e internacionales —públicos y privados— siempre y cuando guarden afinidad con los objetivos de la Fundación CELARG.

«Las áreas de interés engloban disciplinas, como el Arte, la Economía, la Filosofía, la Literatura y la Historia», dice. «Sin embargo, hasta ahora se ha percibido al CELARG como una institución de estudios literarios, porque hubo mucha investigación literaria en su momento y eminentes investigadores de la palabra. ¿Cuál es nuestra misión? Producir conocimientos acerca de la cultura latinoamericana y del Caribe, que apoyen acciones de formación, consultoría y difusión, según patrones de la máxima calidad humanística y científica».

También tiene previsto crear la cátedra internacional Simón Rodríguez y reactivar la cátedra Rómulo Gallegos, con conferencias, seminarios y talleres; organizar un encuentro de ganadores del Premio de Novela Rómulo Gallegos; reforzar el carácter cosmopolita de la institución, a través de la creación de un comité consultivo internacional; y promover un encuentro de agregados culturales iberoamericanos, entre otros proyectos.


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