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Utilidad del ridículo

Roberto Hernández Montoya

Últimas Noticias, sábado 4 de marzo de 2006

Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha)

Roberto
El autor el lunes 27 de setiembre de 2004 en el
Museo de Arte Contemporáneo de Caracas
Caracas, Venezuela (foto de Clara Díaz de San Martín).

Denuestan farisaicamente de la carroza bolivariana de Río, que se gana el Primer Premio casi por unanimidad. Vociferan por televisión que no se va a terminar la vía de contingencia a tiempo, y la que llaman trocha, para menguarla, está lista en el día y en la hora. Un postinudo banquero declama en enero que la inflación se fue de las manos y más bien decrece 0,4% en febrero. ¿De qué sabe un banquero que no sabe de economía? ¿Pondrías tus capitales en su banco?

Y por lo mismo tampoco invierto un céntimo en medios que sistemáticamente tienen que desmentirse y a veces ni eso, porque no aclaran las mentiras ni cuando se lo ordena un tribunal. No estoy solo, pues hay periódicos cuya fanfarronería es inversamente proporcional a su circulación. Un periodiquillo unipersonal vende 5000 ejemplares diarios alrededor de la antigua Plaza Altamira, hoy conocida como Monumento al Fracaso. Y me pregunto, como la guaracha de Tommy Olivencia:

    ¿Y cómo lo hacen? Yo no sé.
    ¿Cuál es el negocio? Sepa usted.

Ya. No sigo, que ya sería sadismo. Solo me sorprenden los loros que repiten sus embustes.

Podría citar más chascos. El muerto de El Palito; las cifras de pobreza de la FAO, desmentidas por la FAO; los paramilitares de Juan Barreto; los guerrilleros transportados por un ex piloto presidencial; el yate de Aristóbulo. ¿Les importa el ridículo?

Nietzsche dice que el torturado no puede juzgar al torturador porque este profesa principios distintos. Cree uno, ingenuo, que estos graciosos son objetivamente ridículos. No, porque el ridículo es útil. A través de él te dicen: «Mira como tengo el poder de hacer el ridículo y que no importe». Así, mientras más chasco, más poder se confirma. El descaro es en estos fracasados lo que Pierre Bourdieu llama ‘violencia simbólica’. «Me da la gana de ser imbécil ¿y qué fue?». «Es más, ¿qué me importa si quien me considera ridículo es “el mismo lumpen de siempre”?».

«Que se retiren, no importa», dice un prelado ante el abandono en masa de su feligresía. No importa porque para llegar al poder ya no cuentan con popularidad sino con un magnicidio suicida y una invasión que fracasará peor que la de Haití.


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