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Congreso Mundial de Sexología

Roberto Hernández Montoya

Domingo 9 de diciembre de 1989

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Un daño feroz han hecho los prejuicios moralistas tradicionales a la sexualidad, como para que hayan tenido que venir los médicos sexólogos a informarnos de experiencias elementalísimas que cualquiera podía saber, como, por ejemplo, que las mujeres también disfrutan —y mucho— del sexo y que la inactividad sexual es la causa principal de los desórdenes síquicos y hasta del cuerpo. Ha sido, pues, un triunfo de la medicina haber despejado aquellos prejuicios que vinculaban placer con pecado o feminidad con pasividad.

Pero como el triunfo ha sido médico, vivimos ante una hipertrofia del componente biológico de la sexualidad. El sexo es, evidentemente, biológico, pero no es solo biológico. La existencia completa, global, integral, del hombre no debe ser sometida a un reduccionismo biologista que no solo ahoga las opciones humanas sino que desnaturaliza la esencia misma de la biología.

Esta ciencia vive un momento luminoso: sus alternativas científicas se expanden mucho más allá de sus tradiciones. El desarrollo de la genética, de la biología molecular, de teorías matemáticas sorprendentes y hasta poéticas, como la Teoría de Fractales, le abre perspectivas teóricas impredecibles. Si la biología es una ciencia, el biologismo es una de las formas de la anticiencia. La biología de la sexualidad es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de los sexólogos puramente médicos...

Una de las consecuencias del biologismo, y su consiguiente ignorancia humanística, ha sido la incorporación anticientífica y terrorista de argumentos moralistas de la peor especie en la prevención del SIDA. En nombre de la profilaxis se han propalado los prejuicios míticos más retrógrados, que vinculaban toda tragedia a una «transgresión» sexual. Si algunos médicos supieran que una epidemia no puede confundirse con una peste bíblica, no estarían recurriendo a estos mitos. Con ello la medicina corre el riesgo de echar por la borda sus avances hacia la felicidad y de servir ingenuamente a lo que uno de los ponentes, el Dr. John Money, llamó «la Contrarreforma sexual».

De ello vimos algunos ejemplos típicos de campaña terrorista y hasta francamente cómica, según los cuales la única manera de prevenir el SIDA es la abstinencia total, algo así como curar la caspa mediante la decapitación. La ciencia médica debe ser consecuente con el rigor metodológico que la ha hecho avanzar y cesar de confundir mitos con virus y de contentarse con un anticientífico «lo dijo el periódico» como su única fuente de información.

El ser humano es una entidad bio-sico-sociocultural de una alta complejidad que exige la participación de sociólogos, semióticos, estudiosos de la mitología, artistas plásticos, gente de teatro, antropólogos, cineastas, novelistas, poetas, ...la propia gente. Hubo películas venezolanas, novelistas, antropólogos, análisis del discurso, y ello es un crédito importante para los organizadores del Congreso. Pero su presencia no fue ni protagónica ni suficiente. Y lo digo no solo por su número o por querer ocupar el primer plano por parte de los que del sector no biológico estuvimos presentes, sino que no se contó con el contexto de intercambio, de mutua fertilización que se produce en cada encuentro inter- y transdisciplinario entre científicos naturales y humanistas.

La integración de la ciencia natural y humanística —un desafío primordial para el Tercer Milenio— debiera hallar en la sexualidad un espacio estratégico para su desarrollo. Un médico puede, y debe, decirme qué alimentos me hacen bien, pero no cuáles son los más placenteros. Ni tiene, como médico, por qué hacerlo. Los economistas no estudian la naturaleza del papel moneda a partir del análisis químico del papel.

Conocer los nervios que llevan la estimulación sexual al cerebro es esencial, pero también lo son, por ejemplo, los recursos culturales, simbólicos, estéticos con que los seres humanos, en tanto que humanos, por igual poéticos, dramáticos, épicos, ridículos, sublimes, trágicos, líricos, tristes, alegres, fabuladores, sensuales, dichosos, nos deseamos y nos amamos bajo la cúpula del cielo.


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