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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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La ciudad tiene los signos que se merece

Urbana, Nº 13, Instituto de Urbanismo, Facultad de Arquitectura, Universidad Central de Venezuela, 1992
También en Tulio Hernández (comp.), Caracas en 20 afectos, Caracas:
Museo Jacobo Borges, 1999
Caracas en La BitBlioteca
Caracas según RHM

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Cada ciudad tiene el sistema de señales que se merece. ¿Qué otra explicación puede haber para ese comportamiento del conductor que se lanza desde la Redoma de Petare hasta el Centro de la Ciudad, por ejemplo, sin tregua, con la señal de cruce a la izquierda (o a la derecha)?

Efectivamente, como en tantas cosas, es difícil tener claro a qué atenerse en materia de señales de circulación. Cuando uno ve que se enciende un cocuyo trasero es imposible deslindar si es una señal de cruce o indicación de que el conductor ha frenado y sólo se enciende el stop de ese lado porque el otro está quemado desde hace dos años. O puede que simplemente los dos estén quemados y no se encienda nada. O que las luces de retroceso no están desligadas de las de freno y cuando el auto que va delante se detiene, uno no sabe si, además, también va a retroceder.

Igual puede ocurrir que a alguien le disguste el color rojo, y entonces pinte, sí, pinte, por ejemplo, de verde lo que debía ser encarnado y cuando internacionalmente se supone que se debe indicar rojo-detención, él indica verde-vía libre. Así como hay taxistas que adornan su pequeño capital con redundantes luces que se accionan al frenar, al tocar la corneta, al querer cruzar. Entonces el celo con los signos se hace tan intenso que el resto de los conductores se sobrecarga de mensajes que no sabe cómo interpretar.

Y así sucesivamente: conductores hay que, conversando con algún pasajero, accionan la mano izquierda de vario modo y en tal ocasión uno no sabe si sus gesticulaciones tienen que ver con el interlocutor o con los demás automovilistas. Y el semáforo que no funciona, que se «pega» en rojo, en verde o en amarillo sine die, o que simplemente no enciende ninguna luz.

Si a luces nos atenemos, parece inoperante intentar guiarse por ellas para interpretar o adelantarse al comportamiento del piloto. En marinería, en aviación, en ferrocarriles, una violación de las señales puede ser mortal. Poco importa, en Venezuela no hay trenes (vuelvo y repito: no hay trenes) y la aviación compite con el tránsito terrestre en materia de imprecisión sémica. Dejemos la marinería a las conjeturas, quién sabe por qué se respetan las señales, digo, si se respetan.

Y, sin embargo, uno intuye, uno columbra los actos inmediatos del automóvil de turno. Un ligero cimbramiento hacia la derecha indica que se está tomando espacio para cruzar a la izquierda. Algún gesto digital o de mano entera permite vislumbrar una detención, un desvío. Son indicios auxiliares que permiten despejar la cacofonía de las señales oficialmente tenidas por tales. Pero son indicios difusos, equívocos, ambiguos.

Mijail Bajtin apuntaba ya en 1929 la radical diferencia entre signo y señal (Mijaíl Bajtin, El signo y ideológico y la filosofía del lenguaje, Buenos Aires: Nueva Visión, 1976). Señal es «una unidad de contenido inmodificable»: bandera blanca = paz, luz roja = detención, etc. El signo, por el contrario, decía Bajtin, es un fenómeno complejo que «refleja y refracta» la urdimbre social; ideológica, la llamaba él. Una palabra depende de su contexto, de sus inflexiones, de su entonación, de la situación, para poder significar algo o muchas cosas o nada en particular. Craso error de algunos lingüistas de la época, sostenía Bajtin, confundir señal y signo, y creer que son la misma masa inequívoca de bits de información. La palabra es susceptible de poesía precisamente por su carácter escurridizo, imposible de aislar en laboratorio, y por ello se vive escapando de los diccionarios y del objetivismo abstracto de no pocos gramáticos. El signo es poco confiable, nunca podemos saber de antemano qué «quiere decir», salvo en casos específicos, para individuos específicos. La señal, en cambio, no se desliza; mientras es una señal, permanecerá estable y regirá la vida social prolijamente y sin equívocos.

Pero ocurre que entre nosotros no hay señales propiamente dichas a qué atenerse. El automóvil no es un producto generado por nuestra dinámica cultural interna, sino una importación que, en nuestro caso, vale decir una imposición. De allí su uso dislocado, ambiguo, desde su misma concepción: es evidente que su utilidad para el desplazamiento es bien escasa. Y no siendo el tránsito su fin primario, no es importante que la administración vial sea precisa. En Francfort cualquier «tranca» caraqueña de menor importancia podría provocar un colapso del sistema industrial. Pero ¿qué sistema industrial se va a «colapsar» aquí? Ah, bueno, sí, ese que produce bombillos desechables que usted usa por una noche y al día siguiente tiene que sustituir. O botellas de refresco que traen hongos dentro, o, para volver al punto, automóviles «sacados de agencia» a los que a las dos semanas hay ya que cambiar los «tres cuartos de máquina», como una cacharra cualquiera. Una industria, pues, que ya no se puede colapsar más.

Y, sin embargo, no es cierto todo lo que venimos diciendo. Porque sí hay señales en Venezuela. Cuando en alguna calle se abre de improviso un hueco por mal mantenimiento, o se hunde una alcantarilla, por mal mantenimiento, o se desprende una tapa de electricidad o teléfonos, por mal mantenimiento, hay una mano amable que sale de alguna parte y pone una señal. Señal varia, que puede ser una escoba vieja con sus cerdas hacia el cielo, un tronco, un desperdicio voluminoso cualquiera. Manos hay que tienen, además, el ingenio de poner un palo con una bolsa plástica para basura, vacía, cuyo amarillo estridente advierte al conductor nocturno del peligro de perder una punta de eje, de volcarse, de destrozar un neumático, de morir en el intento. Hay en todas estas ciudades acusadas de caóticas e inhumanas (no digo Caracas porque las grandes ciudades del interior van por un camino más vertiginoso aún que la capital), en esas urbes acusadas de brutales, hay aún un gesto amable, cumplido quién sabe por quién, una especie de personaje justiciero, de ángel de la guarda colectiva, un gesto de diligente ternura. Sus señales, como tales, son heterodoxas, porque aparte de indicarnos un peligro, nos hablan de bonhomía. Cavilemos sobre el asunto: entre tanta brutalidad persiste ese gesto cortés, alguien capaz de una porfiada ternura. Habrá que buscarlo, pues vive entre nosotros.


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