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Valencia del Rey

Roberto Hernández Montoya

Domingo 25 de julio de 1999

abuelos
Mis abuelos Ventura y Eulalia Montoya rodeando a mi prima
Marlene González Montoya, en La Glorieta,
Valencia, Venezuela, ca 1948.
...cuando nada subsiste de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor continúan por mucho tiempo, como las almas, recordando, aguardando, esperando, sobre las ruinas de todo, sosteniendo sin doblegarse, sobre su casi impalpable gotica, el edificio enorme del recuerdo (Marcel Proust, En busca del tiempo perdido).

Tal vez la ciencia sabe explicar lo que me permite sentir los lugares de Valencia. Allí nací y de allí salí hace décadas. Valencia es como Caracas y como Roma, construida sobre ruinas. Pero a diferencia de Roma, dado que su mutación es más reciente, no ha tenido tiempo de sepultar los cadáveres y su arqueología no exige excavaciones. Visitarla con años de distancia me ha concedido presenciar su transfiguración sin continuidad y practicar una arqueología superficial y espontánea. Casi todo me es irreconocible, pero sé cuándo estoy en lo que fueron las Arenas de Valencia, plaza de toros donde una vez vi a unos payasos hacerse atropellar por unos toros de lidia nada más para hacerme reír. Los niños se ríen de esas cosas.

Valencia ha sufrido la brutalidad urbana que ha uniformado a casi todas las ciudades venezolanas, igual que a las afueras de Roma. Tiene sitios pulidos, ciertamente, algunos recientes. El lugar donde se celebra la Feria Internacional del Libro, de la Universidad de Carabobo, la Villa Olímpica, exhibe una educación urbanística de que carece la indolente Zona Rental donde se hacen las ferias de Caracas. Allí acudí para meditar sobre las transmutaciones del libro en la era de Internet, en un foro con Alba García y Cosimo Madrillo, invitados también por la Dirección de Cultura.

Mis ojos no la reconocen, pero sí mi percepción extrasensorial. No es nada sobrenatural, sino una suerte de evocación topológica que me permite reparar por dónde ando. Cada vez que ocurre me sorprende igual. Parece brujería, a mí que nunca me pasa nada que no sea explicable por la revista Scientific American. Aquí debe estar Camoruco. Por aquí debe quedar La Glorieta. Esta debe ser la Av. Navas Spinola. Por esta anduve en esas pocas horas incidentales en que visité a Valencia el miércoles pasado, a cuadra y media de la Av. Bolívar, escuchando en mi walkman la Radio 810, donde aprendí a apreciar a la Sonora Matancera, para ver la última casa en que viví allí, en busca del tiempo perdido.

No está. La reemplaza un taller mecánico, altar del automóvil, curiosa religión hecha solo de blasfemia y donde la masculinidad tiene una de sus peores versiones. Persisten sí las casitas de enfrente, la de las Párraga entre ellas. No intenté entrar. Hoy en día nadie creería que no soy un atracador encapuchado de viandante nostálgico. Pero mejor así tal vez. Prefiero suponer que aún subsiste la mata de hicacos del patio central rodeado de corredores de esa casa romana como tantas de nuestro pasado primordial. No sé quién dijo que somos un país joven.

Allí conocí una de aquellas lámparas en que un mecanismo hacía que un ferrocarril se desplazara por un paisaje que ningún artista cinético podrá emular. Era la moda, cursilería complaciente de gente que ya no existe y que si existe es ya otra, porque nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Uno ve a los muchachos y se pregunta qué queda en ellos —y en mí— de mi abuelo Ventura Montoya, aquel barbero que vivió su vida hasta 1949 como un ejercicio de rutinas bien seleccionadas. Quienes caminan hoy las calles que él transitó usan celulares y no han oído hablar ni de nostalgia ni de parquedad.

Te converso estas cosas para no hablar de lo que está en la mente de todos en estas elecciones de Constituyente, no sea que también me censuren y me multen. Lo que sí puedo es convidarte a votar con toda tu conciencia.


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