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Sección: Bitblioteca
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Zona de exclusión Publicado en el libro María Ramírez Ribes (comp., 2004), ¿Cabemos todos? Los desafíos de la inclusión, Caracas: Capítulo Venezolano del Club de Roma. Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver
Incluir al excluido sin excluir al incluido. Roy Chaderton
Te ruego ser sueco durante los dos párrafos siguientes. Presencias cualquiera de los conjuntos de gaitas zulianas de la Fuerza Armada de Venezuela. Jamás has oído ese ritmo porque apenas se escucha fuera de aquí. Tampoco entiendes el baile, pues en Suecia se danzan muy otras cosas, cuando se baila. Solo entiendes el traje: uniforme militar universal. Los meneos no son nada marciales. Piensas aceleradamente: los Beatles también usaron uniformes, pero por irrisión, como eso del sargento Pimienta. Estos han ido mucho más lejos con esos balanceos, ese ritmo transgresor de toda estética asimilable por un europeo ortodoxo, cuantimás escandinavo. Qué creatividad, qué incumplimiento de todo canon conocido. Cuánta tropelía. Han de ser encarnizados anarquistas, piensas. Nihilistas. Perseguidos. Peligrosos. Ya. Suficiente suequidad experimental, sobre todo si eres latinoamericano. Si ya eras sueco cuando empezaste a leer, muy probablemente no entiendes nada, pero nada de verdad. Sobre todo si intento aclararte que no, que son militares genuinos, sin ningún trastorno de conducta, que en Venezuela nadie se alarma por ello. Y que actúan así desde que la gaita se volvió navideña, siglo pasado adentro. Si además de sueco eres bestia, pensarás qué barbarie, miren en qué queda la didascalia occidental en manos de estos calibanes. Hasta caníbales serán. Si además de sueco eres inteligente te aproximarás como se debe con toda cultura ajena: investigándola con respeto. Si eres latinoamericano, y sobre todo caribe, entiendes todo sin ¿qué es esto, Dios mío? Pero hay una perturbación que nos convierte en galletas Oreo: negros por fuera y blancos por dentro. Imagina una hamaca en cualquier rascacielos. Ese invento prodigioso, barato, liviano, fresco, cómodo, no se entrelaza con el ascensor electrónico, el traje de tres piezas, el vestido largo y los tacones. No por mecánica, porque cualquiera puede trabajar, como yo, con su PowerBook mientras se balancea cómodamente en una hamaca. El obstáculo es simbólico, que es más estorboso que la física de Newton, la única que creo entender. Historia y ExcelPorque no terminamos de asumir nuestra condición. Somos la City de Londres, Manhattan, Rive Droite, Campidoglio. De mentira, claro, pues somos lo que somos ya lo sugeriré más tarde, pero nos creemos Obelisco de Washington, sin Martin Luther King. Es mentira porque cuando somos más entrañables, más nosotros, en Navidad, consumimos comida de origen indígena, mestiza, hallaca, y bailamos música de origen africano, mestizo, salsa. O rock, tango o changa que también son africanos. Jamás erramos el África. Tú, latinoamericano que me lees, ¿no eres africano? ¿Te gusta el plátano frito? ¿Entonces? Con todo y militar gaitero nosotros, élite que lee el tipo de libro que tienes en tus manos, hemos sido, con el perdón, administradores coloniales. Gente franquiciada. Administras una multinacional o una franquicia estética cualquiera importada llave en mano: barroco, romanticismo, existencialismo, posmodernismo, ese dernier cri. A lo sumo mestizas la cosa, para darle un aire más entendible y porque es inevitable, alfarero azteca que tradujiste para América el abigarramiento churrigueresco traído por Hernán Cortés. Nos formaron para aduaneros imperiales. De cualquier imperio. No importa, con tal de servir servil sin servir a Nuestra América. Tienes que demostrar en tu tesis en Harvard que sabes cómo es la cosa de ellos para adaptarles la nuestra y no al revés. Bajas del avión con un lecho de Procusto listo para aplicarlo a cualquier realidad salvaje. Si la hoja de Excel no tiene la fórmula para calcular cómo se administra un ventorrillo de tortillas, es el ventorrillo el que tiene que adaptarse. O se descarta. Por la fuerza si es necesario. Jorge Eliécer Gaitán no cabía en una hoja de Excel. Entonces injurias la que consideras vulgaridad local, militar gaitero, hamaca desubicada, empanada inverecunda. Por eso un día un chico de esos que van a hacer un curso gerencial en Margarita pidió a una señora que vende empanadas de cazón de prestigio afrodisíaco desde por lo menos la épica de Lope de Aguirre: Señora: ¿no tiene un sandwich de jamón y queso? Encima pronunció sandwich a la manera de Eton. La señora escaneó de arriba a abajo mocasines impecables, filo irreprochable del pantalón, blancura inaccesible de la camisa y lo clasificó dentro de esa casta esquiva de aire acondicionado y hoja de Excel. Lo percibió tan extraviado y desamparado en aquel mercado deslenguado que le respondió de lo más pinturera: No te preocupes, mijito, que te voy a preparar una empanada de cazón reforzada para que no se te baje ese pipe en 15 días. El joven administrador colonial no supo qué hacer y encima no estaba auxiliado por el militar, que andaba ocupado en su gaita en lugar de hacer el trabajo que siempre se ha esperado de él: reprimir a Calibán. Porque quisiera que algún lector avisado me aclarase tantas cosas que no entiendo. Tal vez el que no es élite soy yo, quien se declara de entrada y solemnemente inadecuado como administrador colonial. Como muchos otros, salí defectuoso y encima consciente de que me formaron para ese fin, que toda la vida me he preparado para rechazar. Confieso que he fallado. Igual les pasó, guardando las distancias inconmensurables, a Simón Bolívar, a José de San Martín, a José Martí. No es cuestión de proporciones sino de analogía operativa. Fueron formados para defender el orden colonial y arriesgaron todo por revertirlo. Si algo soy en eso lo debo a su ejemplo. Los humanos no somos máquinas, ¿recuerdas? Examinemos algunas muestras de esa élite y luego formularé preguntas sobre su pertinencia como tal. Observemos a un miembro que me parece inobjetable de esta élite: Luis Giusti. Tu me dirás: ex Presidente de Petróleos de Venezuela (Pdvsa); precandidato a la Presidencia de la República, antes de que fuese bolivariana; conspicuo inspirador del paro petrolero que comenzó el 4 de diciembre de 2002. Declaró diez días antes que Venezuela colapsaría luego de siete jornadas sin petróleo (El Universal, miércoles 24 de noviembre de 2002), cosa que no ocurrió porque la señora de las empanadas entendió todo mucho más rápido que el chico del sándwich y armó con sus pares una resistencia inteligente, astuta, épica, genial. Es que les va la vida en entender. Así calculaba la meritocracia. Nada raro, por cuanto esta dirigencia ha acometido y cometido las siguientes hojas de Excel:
Sí:
Tú me dirás. No son opiniones mías sino hechos ostensibles y reveladores de una alarmante incompetencia profesional, que los ha acorralado en las opciones catastróficas del magnicidio y la invasión tipo Iraq. O sea, que otro haga la diligencia que ellos no saben hacer. Esa élite solo sabe mantener la exclusión colonial. Fuera de eso, carece de toda pericia. Cree que derribar un gobierno es marchar disfrazado de bandera très à la mode, tocar cacerolas en restaurantes de lujo y apenas se siente asediada por una masa popular, huye en la estampida más bufa de la historia. Escaparon cobardemente del palacio presidencial de Miraflores el 13 de abril de 2002, que ni el torero aquel, Joaquín Rodríguez Ortega, conocido por el sugestivo sobrenombre de Cagancho, famoso por sus «espantás». No tengo derecho a exigir que nadie se juegue la vida. Pero no estoy exigiendo sino constatando un hecho conocido. Los que han tomado el poder a través de la historia se han jugado algo, aunque fuese poco. Los andinos de 1899 y los adecos de 1945 arriesgaron vidas y haciendas. Ante unos cuantos reveses esta temperamental masa opositora dejó calles y hasta cacerolas, harta de tanto asfalto recalentado por el sol tropical. Pero Roberto Giusti, distinto pero no demasiado del Luis Giusti mentado arriba, considera que la clase media de oposición es el conglomerado «mejor equipado políticamente» (Roberto Giusti, «Se busca un líder», El Universal, lunes 19 de enero de 2004). Veamos el resto de equipaje, que ya vimos arriba, parcialmente: Ese artículo de Roberto Giusti, «Se busca un líder», es significativo de lo que vengo prosando. Se refiere a los «ni-nis» como aquellos que no optan por ninguna posición en la actual liza porque se sienten excluidos económicamente. Luego pregunta: «¿Quién podrá tener la compasión, el amor y el coraje de meterse en sus covachas y compartir, al menos parcialmente, su suerte [...]?». ¿Tendrá Roberto Giusti esa compasión y ese coraje? Tú me dirás. Gratificación instantáneaNo pueden comprometerse en una lucha prolongada, como la que mucha gente mantuvo entre 1958 y 1998. Muchos se impacientan y se pasan al otro bando, como Américo Martín, cuya sobrecogedora elipse va de guerrillero fidelista a suplicar una invasión de los Estados Unidos (Últimas Noticias, lunes 19 de enero de 2004). El razonamiento, para llamarlo de alguna manera, discurre más o menos así: hay que salir de Chávez porque amenaza la democracia y con destruir el país. No referiré su repudio a los modales de Chávez porque no sé a qué se refieren después de verlos silenciar el asalto perpetrado a la Embajada de Cuba el 12 de abril de 2002. A ver si entendí bien: para evitar que Chávez acabe con la democracia y destruya el país hay que abolir la democracia y destruir el país:
Tú me dirás.
Tú me dirás. Te dejo el cálculo del cociente intelectual de la élite que organizó esta desolación. ArrepentidosEstas preguntas vociferan la respuesta: repensar el papel de las élites en Venezuela y en América Latina, élites que han causado la devastación del Continente. Una élite con ideas maniáticas que es incapaz de revisar, como haría cualquier científico al que no le funciona un experimento. Décadas de fracaso tumultuoso en lo político, en lo económico, en lo militar, en lo social, en lo educativo, en lo afectivo y en lo cultural, porque han promovido una intelectualidad estéril y autista, que ha elevado la aridez a principio estético: «No quisiéramos que el silencio natural de nuestras creaciones se entendiera como indiferencia frente a las horas aciagas que vive la Nación» [lo siento, lo publicaron sin fecha, pero por el contexto se deduce que fue a fines de 2003. Lo puedes hallar haciendo clic aquí]. ¿Qué clase de élite es esa? ¿Es élite? ¿Qué es? ¿Puede regresar al poder esa gente sin estrellarse como en noviembre de 1998, durante el sainete en que recusaron las candidaturas de Alfaro, me refiero al Ucero, e Irene Sáez, y el 13 de abril de 2002? Hay que revisar radicalmente políticas educativas, culturales y comunicacionales, porque algo va mal. Lo más dramático es que las propias víctimas de ese sistema educativo, cultural y comunicacional no están en condiciones de percibir el desastre, incluso personas con posgrados y demás refinamientos. Los primeros interesados en ello debieran ser los privilegiados que mantienen a esa masa en esas condiciones de miseria profesional porque objetivamente se están perjudicando. Si persisten en mantenerlos así es porque la imbecilidad humana no tiene límites y porque están en agonía. ¿Dejamos a esta gente abandonada en la carretera? ¿No convendrá más bien despertarla para que ayude con su participación, su apoyo o su crítica lúcida sucede estos nuevos caminos del país? ¿No es uno de los principales perjuicios de esta situación la ausencia de una oposición capaz de conducir a la rectificación de las numerosas deficiencias y vicios de este gobierno en lugar de tratar de destruirlo con país y todo? ¿No es un riesgo gravísimo dejar esa tarea al propio gobierno que comete esos errores y que por eso mismo ha de tener dificultad en percibirlos o tenderá a minimizarlos? ¿Cómo ejercer la contraloría social con una oposición que ha llegado a la indigencia intelectual que refiero en este trabajo? ¿Es posible una república en esas condiciones? He pensado y repensado mucho todo esto, a toda hora: ¿no será idea mía y el chiquilicuatro soy yo? Pero reviso todo de nuevo y regreso a la misma conclusión: son administradores coloniales que pierden toda competencia profesional apenas los sacan de su rutina. Están anunciando la caída inminente de Chávez desde hace cinco años y el único resultado ha sido afianzarlo en el poder y en popularidad. Para no hablar de los opositores que han alejado por haberles arruinado la vida. Claro, forman parte de la misma élite de escritores y artistas que produjo esta frase preñada de redundancias, de la que no me cansaré de burlarme: «Es un paro nacional con la contundencia de ser el primer paro total de todas las operaciones de la primera industria del país» [Gente de la Cultura, «Intelectuales con el paro», El Nacional, miércoles 11 de diciembre de 2002. También en haciendo clic aquí]. No revisan lo que firman. Siempre fueron tan dúctiles. Su incompetencia es solo comparable con su arrogancia. Están objetivamente derrotados pero lucen subjetivamente triunfalistas en los programas de la televisión que los inventó. Ahora vienen los mea culpa, al estilo de este de Julio Borges (Últimas Noticias, domingo 18 de enero de 2004): «Me arrepiento profundamente de nuestra posición durante el paro, de no habernos deslindado y convocado una rueda de prensa a la semana de haberse iniciado. A lo mejor nadie nos hubiese escuchado porque esa huelga fue un espejismo colectivo. »Igual sucede con los sucesos de abril. No quiero que por no llamar las cosas por su nombre a tiempo vuelva a repetirse la historia. Hemos hecho demasiadas concesiones con el tema de la unidad. Creo que el paro fue un error y espero que Dios nos dé la sabiduría para no dejarnos arrastrar». ¿Van a esperar otro año para arrepentirse de haber dejado a Enrique Mendoza decir que iban a recoger cinco millones y no llegaron ni a la mitad? ¿Quiénes van a manejar los tractores de esta revolución?Voy con un amigo a un restaurante. Dejamos el auto con el empleado del estacionamiento. Minutos después este nos anuncia que el automóvil no enciende. Mi amigo, muy suficiente, le dice que lo ponga en parking. El ayudante lo mira con una sumisión conmiserativa que hay que ver para entenderla. Vuelve a poco a decir que no enciende el vehículo. Mi amigo se apresta con una actitud de altivez conmiserativa que no hay que ver para entender. ¿Quiénes son los que van a manejar los tractores de esta revolución? me dice por lo bajo, porque mi amigo es bolivariano de clase media. El parquero tenía razón y se dedica durante más de una hora a revivir el muerto. Los dioses quisieron que hubiera enfrente una venta de baterías. ¿Viste quiénes son los que van a manejar los tractores? le digo y nos reímos de nuestra ridiculez clase media y comentamos que la gente del barrio tiene que resolver a diario más problmas que uno en un año y que por eso el darwinismo social le ha dado mejor aptitud que la nuestra para sobrevivir. Por eso superaron un paro brutal, sin que la meritocracia entendiese por qué, si se supone que el país colapsaría en siete días. El país que desprecias no ha colapsado, respetable meritócrata, porque ese pueblo se lo ha echado a cuestas mientras tú despilfarrabas más de quince veces el Plan Marshall. ¿Has leído, respetable meritócrata, la Presentación mural del hombre honrado de Andrés Eloy Blanco?
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