Era una vez un hombre viejo que descansaba en una silla viendo el atardecer. Nunca había hecho nada en su vida en especial, excepto tratar de sobrevivir para no morirse. Nunca tuvo una razón de vivir y ya la gente lo odiaba por ser tan fastidioso e inútil. Un día empezó a sentirse un poco mal, le había caído lluvia y sol encima y estaba acabado. Empezó a sentir que algo le salía de la boca y le crecía dentro del cuerpo hasta que momentos antes de morir se dio cuenta de que se convertía en un gran vegetal del cual crecieron frutas, que alimentaron al pueblo para siempre.