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Las abuelas

Mario Roncal Toral
mrt_21@hotmail.com

Silvia y Helena desayunaron juntas como no lo hacían en meses. Tenían una amistad tan profunda como añeja, y de vez en cuando se reunían y compartían largas jornadas de charlas, chismes, cocina y patio.

Este sábado Silvia llegó muy temprano y de sorpresa a la casa de su amiga, preparó el desayuno y despertó con un potente silbido a Helena. Ésta, sobresaltada, se levantó de un brinco y persiguió a Silvia en ademán de venganza y profiriendo todo tipo de palabrotas. Al fin llegaron a la cocina en una sola risa.

Silvia le pidió que no le pasara ninguna llamada si es que sonaba el teléfono y salieron al patio trasero, donde se pusieron al día en los sucesos de la semana. No se salvaron ni muertos ni moribundos.

***

Ambas eran viudas, pero Helena no tenía hijos. Siempre había soñado con tenerlos, había pagado misas, consultas médicas, curanderos y hasta oscurantistas, pero no tuvo suerte. En cambio, Silvia tenía cinco hijos y doce nietos.

Cuando Silvia tenía alguna reunión familiar, invariablemente convocaba a Helena, quien disfrutaba como niña con doce nietos prestados colgando del ruedo. Juntas preparaban algo especial para el almuerzo, se esmeraban en el postre y, mientras hijas y nueras lavaban la vajilla, las abuelas se lanzaban a la competencia para llenar la mesa a la hora del té con buñuelos, masas, y toda suerte de exquisiteces que eran una forma de mimo para los pequeños.

Organizaban juegos y excursiones, les contaban cuentos fantásticos que en su mayoría inventaban; tenían un repertorio inagotable y una imaginación sorprendente. Poseían una capacidad de atracción casi mágica. Para los niños era absolutamente natural e indistinto el trato; ambas ostentaban el título de abuela sin discriminación alguna.

No existía parentesco alguno; pero era tan estrecha la amistad, que todos creían sin reparos en que las ancianas eran realmente hermanas. Ellas mismas se habían acostumbrado tanto al trato que recibían, que se sentían legítimamente hermanas.

Helena y Silvia se conocieron durante el primer año que asistieron a la escuela. Antes del primer mes decidieron sentarse juntas y fueron cómplices de travesuras, asistieron juntas a las fiestas infantiles, paseos, excursiones, y a todas las actividades en las que tuvieron oportunidad.

Cuando alguna de las dos se enfermaba, la otra permanecía a su lado y la cuidaba con todas las atenciones posibles. También estuvieron juntas cuando les tocó experimentar sus primeras incursiones en las artes del amor. Comentaban acerca de sus pretendientes y siempre tomaban decisiones en común acuerdo, los jóvenes sabían que adquirían compromiso con dos mujeres, por el hecho de pretender a una.

***

Cuando volvieron a la cocina, dispuestas a preparar el almuerzo, Helena se plantó frente a su amiga y lanzó la pregunta a boca de jarro:

—¿Vas a decirme qué es lo que te sucede o no?

Silvia bajó la cabeza, una profunda tristeza ensombreció su rostro y habló lentamente pero sin pausa.

—Tu sabes muy bien que adoro a mis hijos y que mis nietos son la luz de mis ojos. Sabes que no hay vacación que los niños no la pasen conmigo, que yo los disfruto y me empeño en atenderlos y darles todo lo que necesiten. Los hijos prefieren pasarlas en pareja, sin "estorbos".

Me los endosan sistemáticamente durante los fines de semana. Me los encargan en las vacaciones. Me los traen en las noches cuando están de fiesta y yo siempre asumo el rol de abuela. No me quejo, me alegran la casa, la llenan de vida y yo termino las jornadas agotada.

"El lunes me llamó Silvia Esther, se va de viaje con el marido, cuatro días en el campo hoy me dejan a los tres chicos. Acepté, claro.

"Luego me buscó Juan Javier, tiene un seminario de domingo a domingo. La niña es muy pequeña para llevarla, a pesar de que yo ya no estoy para atención parvularia, también dije que sí.

"Luego les tocó el turno a los demás. O sea que me espera una vacación con los doce nietos nuevamente. El caso que más me preocupa es el de Dunia, ella me los entrega por todo el mes. Imagínate, son cuatro fieras.

"No me gusta lo que hice, pero creo que es menester. Les he dicho a mis hijos que me lleven los chicos a casa a las nueve. Como ves ya son las once, y no pienso regresar.

***

Helena la abrazó tiernamente, le puso un chal sobre los hombros, preparó un bolso en silencio y, con un guiño de picardía le hizo señas de salir.

Las ancianas caminaron del brazo hasta la estación, se embarcaron en el primer tren que salía y durante los tres meses siguientes nadie supo de ellas.


Mario Roncal Toral en La BitBlioteca



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