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El ascenso A Javier Saldaña le quedaban seis meses más como gerente de la empresa. Luego venía la jubilación y su incorporación al Directorio; desde ahí su misión se restringiría a sostener alguna esporádica reunión de fiscalización. Le preocupaba la asignación del funcionario que le sucedería en el cargo. Debía ser alguna persona de confianza, conocedor de la estructura y los procedimientos de la empresa, leal y capaz. Había cinco candidatos y la elección no era fácil; todos tenían merecimientos y aptitudes. Cuando a Javier le tocó el ascenso, no hubo problema alguno. Sucedía a su hermano mayor, con quien era copropietario y socio junto con dos familiares y un amigo; entonces la elección era obvia. Ahora la cosa era distinta, no quedaban parientes ejerciendo cargos de los que se pudiera pensar en una evidente nominación. Lo cierto es que todos los funcionarios sabían que se avecinaba una elección. Los que se creían con alguna posibilidad, se lanzaron a una campaña de competencia con el afán de impresionar al Directorio y lograr la recomendación. Estaban: Morales, Miranda, Robles, Guzmán y Crespo. Todos con la antigüedad suficiente. Morales, de cuarenta y tres años, veinte en la empresa, recatado, respetuoso y conocedor hasta el más mínimo detalle del manejo de la institución. Miranda, joven empleada, pero con catorce años trabajando en el equipo, hábil con los números y las cuentas, poseedora de una simpatía cautivadora y responsable hasta los extremos más inusitados. Robles, treinta y cinco años, uno menos que Miranda en la empresa, alegre, eficiente, bonachón y dicharachero. Se conducía con excelencia en los trámites oficiales haciendo uso de su envidiable humor. Guzmán también tenía treinta y cinco, estaba en el margen mínimo para acceder al puesto que exigía doce años de servicio. Díscolo, interesado y desleal; pero con una gran capacidad de convencimiento. Jamás le faltaban recursos para acomodarse y desplazar al resto. Por último estaba Crespo: otro ladino, propietario de una larga lista de encuentros desagradables debido a su carácter insostenible. Conocía el lugar exacto para encontrar la punta de cada ovillo, lo que lo hacía altamente eficiente a la hora de solucionar problemas. Tenía cuarenta y cuatro años. Todos gozaban de alguna simpatía entre los miembros del Directorio. Unos gracias a su encanto, otros por causa de sus recursos.
Morales consideraba que por el hecho de ser el funcionario de más antigüedad entre todos los postulantes, sus posibilidades eran mayores. También pesaban sus habilidades en las ruedas de negocios, la contabilidad, el personal, los inventarios, etc. Optó por el expediente fácil. Se preocupó en buscar que el gerente notara la eficiencia de sus gestiones; que lo encontrara en los pasillos con papelería y apurado, que lo recibiera y apreciara los resultados de su interés y su trabajo. Hacía lo mismo de siempre, pero con mayor celeridad y boato. Quería ser visto, que se apreciara lo que hacía ahora y se tome en cuenta que lo hizo durante veinte años. Se enfureció hasta las lágrimas cuando se enteró la última de Guzmán. Aquello podía echar por tierra su pretensión y su antigüedad. No era posible concebir tanta canallada. El sujeto se había encargado de instalar en los corrillos y, por supuesto, en los oídos de los directores, una vieja historia del amorío que le costó el matrimonio a Morales. El mismo Guzmán se había prestado a declarar en falso para que Morales consiguiera la tutela de sus hijos. Ahora lo mostraba como si fuera un monstruo. Él había sido el infiel y él había ganado la batalla. En los pasillos se preguntaban ¿Cómo era posible que ascendiera un hombre que había perdido tanto de los principios éticos, obligatorios para sostener la imagen de la empresa?. El error de Guzmán fue lanzar la bomba con mucha anticipación. Morales tuvo tres meses para disipar la niebla, y todavía le quedó tiempo para seguir su carrera en busca de la recomendación. Y lo hizo. Luchó a brazo partido y con una ventaja: Sabía que los demás utilizarían cualquier recurso para derribarlo y tomar partido. Entonces se percató de que los más peligrosos eran Guzmán y Crespo. Lo que se le pasó inadvertido era el exquisito y minucioso interés de Javier Saldaña en todos los detalles de la guerra no declarada que se desarrollaba sin tregua y sin aliento en todos los ámbitos de la empresa. Saldaña lo observaba todo y callaba.
Miranda se enfrentaba a un problema: el marido. El cargo exigía constantes viajes al interior, algo suficiente para transformar a su esposo en un energúmeno. No tenían hijos, pero la presión era tremenda, él no toleraba un alejamiento, sin importar el tiempo que dure. Miranda tomó la determinación de enfrentar las consecuencias y decidió pelear por el puesto. Inició su campaña en ella misma, se preocupó más de su aliño, del maquillaje, los vestidos, de todo lo que llamara la atención gratamente. Guzmán y Crespo se aliaron en un intento de crear una historia para desprestigiarla. Miranda era para ellos un peligro, por ello trabajaron duro en investigar su pasado, en buscar cualquier defecto o desliz de la muchacha. No tuvieron éxito. Sí. Miranda era una buena candidata.
Robles no se apartó un milímetro de su rutina. Era como si no se hubiera enterado de los futuros cambios en la empresa. Mantuvo el ritmo, la eficiencia, el trato, todo. Consideraba que si lo elegían era por mérito propio durante su carrera, no por un cambio de actitud durante seis meses. Javier Saldaña estaba encantado con la honestidad de Robles. Sin duda era el mejor postulante.
Guzmán se tomó en serio las cosas. Su actividad era frenética. No tuvo escrúpulo alguno, lo importante era la gerencia; lo importante era él y nada más. Era ducho en las técnicas de las zancadillas, caiga quien caiga. Su actitud aduladora no tenía límites. Llegó incluso a llevar correspondencia hasta el domicilio del gerente cuando éste debió guardar reposo por una semana y por prescripción médica. Siempre nervioso, iba de una oficina a otra buscando recomendaciones. Hacía lo que le ordenaban sin un mínimo de dignidad. A Javier Saldaña le causaba repulsión, pero mantenía silencio.
Crespo también ponía piedras en el camino de los demás, pero de lejos. No cayó en la adulación, buscó recomendaciones externas. Se acercaba a los amigos o parientes de los ejecutivos, les prometía todo, les convencía de interceder en su favor, les invitaba cenas y jaranas, no descansaba. Los amigos desfilaban por los pasillos, se encontraban "de casualidad" con los jefes y se deshacían en halagos hacia el buen Crespo. Hablaban de su capacidad, de su porte, de su inteligencia, de todo lo que ayudara.
Cuando llegó el día de la elección final, Javier Saldaña se encontraba sombrío y amargado. Durante la semana completa no pensó en otra cosa que no sea su hija: muchacha de dieciocho años, linda y dulce, con un crío de tres meses en el vientre y sin marido. Cuando la joven le confesó el embarazo, a Saldaña casi se le escapa el corazón. Fue un golpe seco y duro, no dejó espacio a la reacción, lo que dejó fue un hombre devastado y sometido a una infinita angustia. Aquella mañana, Javier Saldaña revisó una y otra vez los cinco expedientes, los leyó y releyó, tomó apuntes, ejercitó métodos de calificación, hasta sentirse derrotado. Al fin llegó a una determinación. Con un nudo en la garganta y un gesto de rabia e impotencia estampó la firma. El beneficiado era Guzmán, el padre de su nieto.
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