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Cobardía Cuando llegué al cementerio, ella estaba allí. Soportaba la lluvia casi con heroísmo, los deudos apreciaban el sacrificio, pero ella estaba distante como si lo único existente fuera el ataúd al que ni siquiera miraba. Los párpados, pómulos y nariz enrojecidos, se notaba que antes de venir había llorado, no con este llanto silencioso y lejano, había llorado con fiereza, ruidosamente, como reclamando al cielo, como desafiándolo. Ahora, culpa del llanto, o gracias a él, las deformaciones de su color la hicieron linda, mucho más linda. Recordé aquél encuentro del ochenta y siete, aquel día de confidencias en silencio, de complicidades y caricias sin roces. Recordé aquel instante mágico en que dejamos las palabras a un lado y recogimos del ambiente un aire que se instaló en la mirada y comenzamos un diálogo impenitente y franco. Se hizo el silencio, se borraron las imágenes y la gente, y la conversación de las pupilas tomó nuestras plazas y derribó las murallas y abrimos las puertas y los secretos murieron y las voces oculares sonaron a suspiros. Dijimos por ejemplo: Hola, lindo verte a solas. Hola, la gente está pero ya no está, y eso me gusta. A mí me gusta que estés tu. ¿Desde cuándo?. No sé, creo que desde siempre. Nunca lo mencionaste, parece que era necesaria esta magia. Necesaria no, imprescindible. No creo tanta timidez. No es timidez, es miedo. Algo así como una timidez con fundamento. ¿Qué te hace pensar eso?. ¿Por qué debería pensar otra cosa?. Porque a esto no me arrastró tu mirada, yo me acoplé a ella y vine con gusto. Quisiera tocarte, no sólo ahora sino siempre y con la piel. Querrás decir de ahora en más, porque de todos modos ahora estás tocándome. Quisiera ir más allá. Ahora está más allá. ¿Por qué?. Bueno, estamos, no estás solo. Así está mejor. ¿Puedo tocarte?, digo con tacto real. Tócame... Entonces el hechizo se rompió, estalló como un relámpago entre los vellos de su brazo y los del mío, el leve roce nos trajo nuevamente al mundo y las otras voces se escucharon y las personas aparecieron y nuestras miradas se desconectaron y el rubor nos cubrió el rostro y buscamos la salida y la encontramos. Uno se va por el norte, el otro por el sur. Ahora el difunto quedó bajo tierra. Me acerco con respetuoso silencio por el muerto y por los que quedan con su tristeza, saludo y le ofrezco transporte, acepta, caminamos despacio a pesar de la lluvia, partimos y cuesta romper el silencio. Pero se rompe con los diálogos de costumbre, con el cómo has estado, tanto tiempo, etc. Bajamos la autopista y nos encontramos con una cola inmensa, mucho después veríamos el camión de reparto tumbado y obstruyendo tres de las cuatro vías. Fue cuando sucedió. Avanzábamos casi sin movernos, los vidrios empañados y la lluvia cómplice. El ambiente se tornó íntimo, miré de reojo y estaba más linda. Su actitud cambió, soltó la rigidez, tomó un paño y limpió mi sector del parabrisas y rozó mi brazo y yo sentí que fue a propósito y retornó la magia y esta vez en la piel y un escalofrío profundo se apoderó de mí y decidí. La miré agradecido y decidí, pensé cómo hacerlo. Al llegar a la rotonda besaré su mano, diré gracias y esperaré. Si la deja con la mía es un sí, entonces iremos al mirador, tomaremos un café o un trago, mejor un trago. Entraremos al hotel y haremos el amor que esperamos diez años. Es temprano y tenemos todo el tiempo para nosotros. La actitud de tomar su mano y besarla es inocente, pero sirve para transmitir el amor en clave. Pero, ¿qué si después la retira?, ¿qué si no permite que se mantenga con la mía?, ¿qué si llegamos al mirador y no al hotel?, ¿cómo me repondré del amor dos veces frustrado en diez años?, ¿qué si lo del ochenta y siete fue sólo mi imaginación?, ¿qué si me para en seco y se enoja? Pasamos junto al camión, el desvío al mirador está a la derecha, en línea recta su casa. Estiro la mano con cautela, cerca de su mano está el paño, tomo el paño y sigo en línea recta.
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