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Eufronio y su sobrina

Mario Roncal Toral
mrt_21@hotmail.com

Mariana usó el intercomunicador para informarle al capitán que Eufronio quería verlo. El capitán aprovechó para pedirle que le prepare una limonada como sólo ella se las preparaba.

—Con permiso mi capitán, ¿se puede pasar?

—¡Pasa Éufrates! ¡Qué sorpresa! ¿Qué ha sido de tu vida? ¡Tanto tiempo!

—Por ahí nomás mi capitán, en mi pueblo y bregando. Está difícil la cosa, la tierra está seca, las cosechas se pierden, los animales se mueren sin pasto y sin agua...

—Pero ¿por qué no te vienes a la ciudad? Tu puedes defenderte bien aquí.

—De eso quería hablarle mi capitán. Pero me da miedo que me escuche doña Mariana, ella es muy buena y no quisiera que se entere.

—¡Bah! No te preocupes, si viene, se la ve desde lejos, yo te aviso, habla.

—Usted ha sido muy bueno conmigo mi capitán. Cuando estaba en el servicio, usted me ha tratado bien, me ha enseñado a manejar y he sido su chofer mucho tiempo. Yo he seguido trabajando como chofer en el campo, pero el dueño del camión se accidentó en una borrachera y ya no hubo camión.

»Como le he dicho, tampoco hay tierra para trabajar. Yo puedo venirme a la ciudad y conseguir un trabajo, pero tengo el problema de mi hermanita. ¿Se acuerda de mi hermanita mi capitán?.

»Cuando yo era su chofer, usted me pidió que le consiguiera una empleada y, como ella estaba solita en la casa, yo se la traje. Usted sabe que somos huérfanos, que era mejor que esté en su casa.

»Y estábamos bien. Pero cuando terminé con el servicio, tuvimos que volver al campo porque querían quitarnos nuestra tierra. Con esto de la Reforma Agraria, usted sabe.

»Entonces fue que mi hermanita ya no pudo disimular la barriga. No quería decirme nada. Yo la obligué a contarme todo, mi capitán. Pero le juro que antes de decirle esto a alguien, prefiero cortarme la lengua. ¡Mucho menos a doña Marianita!. Ella no merece que le hagan daño.

»Lo que usted no sabe, mi capitán, es que mi hermanita ha tenido mal parto. Mi madrina estuvo con ella y dijo que nada se pudo hacer. Al fin, me he quedado solo con mi sobrinita. Es linda, pero es muy pequeña. No puedo trabajar y atenderla al mismo tiempo. Si yo hubiera aprendido algún oficio casero, como carpintería o zapatería, no tendría ningún problema.

»Pero soy chofer, mi capitán. No puedo andar los caminos con la niña a cuestas. Ella no sabe caminar siquiera, creo que no resistiría. Creo que usted me entiende por eso le pido que me ayude a encontrar una solución.

—Bueno Éufrates, no es fácil. Tienes razón, hay que trabajar. Hay que encontrar mejores condiciones, tienes que superarte. Pero, la niña es realmente un problema. Puedo hacer que te contrate el Ejército y que te asignen de mi chofer; pero ¿qué hacemos con la niña?

»Tienes razón en eso de que mi señora no debe enterarse de nada; también en eso de lo buena que es. Veo que le eres leal. Pero también te aviso que, si se entera, eres hombre muerto. Creo que tú también me entiendes. Creo que sabes que no puedo arriesgar mi rango ni, mucho menos, mi matrimonio.

»No te preocupes, de alguna forma vamos a encontrar soluciones. Algún espacio para la... ¡Epa! Viene la señora. Después continuamos, ¿estamos?

Mariana entró con la gracia de siempre. Puso una enorme jarra de limonada helada sobre la mesa y dijo:

—¡Listo! Se te ve bien Eufronio, te has perdido un buen tiempo.

Luego, dirigiéndose al capitán:

—Querido, debo ir al centro. ¡Qué lata! Con lo que me gusta conducir en el centro. ¡Ah!, a propósito, creo que debes pensar que no es mala idea que Eufronio sea otra vez nuestro chofer. De la sobrina no te preocupes, la adoptamos y se acabó.

—El capitán quedó de una pieza. Como no podía mirar hacia los ojos de la mujer, agachó la cabeza. Sobre el escritorio, una pequeña luz roja indicaba que el intercomunicador estaba activado.


Mario Roncal Toral en La BitBlioteca



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