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El fantasma del ómnibus

Mario Roncal Toral
mrt_21@hotmail.com

Para Luis Alberto, analizar a las personas por su aspecto, actitud o expresión, se había convertido en una divertida práctica cotidiana. La tarea comenzaba justo el momento en que subía al ómnibus, y concluía al finalizar el infaltable café con el que iniciaba la jornada laboral.

Tenía un registro mnemotécnico colosal, y un sistema de clasificación envidiable. Había catalogado a sus circunstanciales e involuntarios "clientes" de acuerdo con una serie de características comunes entre ellos.

Tuvo algunos problemas por causa de sus observaciones, también alguna que otra satisfacción; pero eso es otra historia.

Aquel lluvioso día de diciembre, el ambiente dentro del transporte era sofocante. Luis Alberto retornaba a casa rompiendo una regla establecida veintidós años atrás: volver caminando. Cuando caminaba no observaba a la gente, sino su entorno.

No se percató de que estaba olvidando sus costumbres, y empezó la tarea habitual de adivinación.

En el primer asiento se encontraba un personaje ya conocido, en esta ocasión debía tener una preocupación extraordinaria. Este hombre, de unos cuarenta y cinco años, solía prestar atención a lo que sucedía en las veredas; pero ahora estaba absorto, ensimismado, contemplando fijamente el borde cromado del asiento del conductor. Daba la impresión de que en cualquier momento rompería en llanto, o gritaría una maldición, o iniciaría una bronca, o cualquier manifestación violenta de la impotencia.

Luis Alberto imaginó las causas y extrajo sus propias conclusiones: Hombre con cuatro o cinco hijos, bajos ingresos, altas obligaciones, pocos trabajos extra y muchos créditos por pagar. En realidad estas eran conclusiones a las que había arribado mucho tiempo atrás. La causa del desconsuelo era la próxima fiesta de Navidad. Luis Alberto lo miró compasivamente y cambió la dirección de sus pupilas.

Miró el techo con indiferencia, hizo una pausa, y pensó cuál sería la razón por la que el conductor no le había cobrado el boleto, es más, prácticamente lo había ignorado.

A su lado estaba una anciana que dormía a pierna suelta. Su rostro denotaba una vida con sufrimiento, pero muy bien recompensado. Ahora era una vieja feliz, despreocupada y tan desocupada que tenía todo el tiempo del mundo para pasearse la ciudad de punta a punta; para disfrutar sus calles y plazas en cada fugaz despertar.

Más atrás, dos jóvenes que cacareaban banalidades alegremente. A esos no los toleraba.

Cambió el rumbo de inmediato y quedó perplejo al ver a Paula, su hija, en el último asiento con una actitud de angustia que llegaba hasta el mismo infinito.

Decidió observarla de lejos; no podía permitirse violar aquella desazón, ni interrumpir aquel llanto silencioso. Un manto de ternura le cubrió el alma e intentó descubrir los motivos de tanto dolor en Paulita.

¿Era esta mañana el examen de química en la universidad? ¿O fue ayer? Se sorprendió de su falta de coordinación. ¿Habrá tenido una discusión con el novio? ¿O con algún catedrático? ¿Su amiga Pamela?

No le era posible encontrar motivos suficientes para aquel sufrimiento. Se hallaba tan desconcertado como condolido. Era su hija la que sufría, eran lágrimas de verdadero dolor. Era angustia genuina.

Ella se levantó de pronto y apuró el paso con dirección a la puerta de salida. Entonces él se interpuso para tomarla de los hombros, abrazarla y consolarla. Pero ella pasó a través de su cuerpo como si no existiera, bajó tropezando los escalones y corrió hacia el interior de su casa con las manos en el rostro. De la puerta pendía un crespón negro.


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