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El remolino Para todos en el pueblo era conocido como verdad incuestionable que los remolinos traían en su centro la presencia del demonio y el temor se apoderaba de quienes veían, no importaba cuan lejos, aquella mole de polvo que se elevaba vertiginosa hacia el infinito. Nadie sabía cómo ni cuándo nació la creencia aquella, pero todos la respetaban confirmando así que más le temían al diablo que al Dios que conocieron como producto del trabajo tesonero de las misiones afincadas antaño en la región. Tampoco sabia nadie cómo se había extendido la historia hasta los confines mismos de la patria ni cómo se convirtió en una especie de culto al miedo; lo cierto es que el extraño suceso que voy a relatarles sirve aun para asustar a los niños, a pesar de que han transcurrido ya ciento cuarenta y nueve años. Rigoberto Suárez Molina, era un hacendado tan próspero como fiero, con un carácter que hacía escapar al mismísimo San Francisco de Asís. Poseedor de una extensa estancia, buen número de cabezas, interesantes negocios, envidiable condición de viudo y padre de una hermosa doncellita, Lindaura. Llegó a la estancia cierto día un mocito de nombre Juan Araujo Molina, sobrino de Rigoberto Suarez Molina desde el día en que este se encontró de farra con el padre del muchacho en la Capital, visitaron la larga noche ciudadana, determinaron un parentesco amiguero, lo justificaron por el apellido de la madre de Juan, y se hicieron cómplices de muchas intimidades que los obligaban al apoyo mutuo hasta que la muerte así lo decida. Demás está decir que la muerte de la mujer de Rigoberto lo liberó de la consabida fidelidad hacia el "primo" Juan de Dios Araujo. Rigoberto Suárez Molina se prometió volver a la capital, no por las juergas prometidas por el primo ni por las otras que se organizaban con tantos otros amigos andantes de la noche, sino por la mirada nostálgica y los pechos insinuantes de doña Blanca Molina de Araujo, esposa de Juan de Dios. Y volvió, el primo estaba de gira por el interior tratando de vender un interesante producto recién llegado de ultramar y con el que, según lo certificaban en Europa, el hombre viejo podría recuperar su potencia sexual y conservarla hasta que los huesos decidan descansar bajo tierra. El regreso de Juan de Dios se produjo mientras una centena de hombres maduros le pisaban los talones, reclamando su inversión y cuando Rigoberto y Blanca galopaban enloquecidos de amor entre las sábanas del marido y el pequeño Juanito chillaba en su moisés cagado hasta las orejas. Juan de Dios Araujo murmuró: "Que me lleve el demonio", se deshizo de todo lo que poseía y se sentó a esperar uno de los tantos remolinos de otoño. Y el remolino llegó, se acercó despacio con el murmullo de todos los pueblos del mundo en su vientre, tomó la dirección que tomaban los demás remolinos por causa del cañadón de las ánimas, pero cuando iba a desaparecer en dirección del río, dio vuelta con violencia, fue hacia Juan de Dios, lo cogió como a un muñeco y lo estrelló contra el muro blanquísimo de la viuda Asunta. Cuando la claridad retornó, lo único que se encontró de Juan de Dios Araujo fue una mancha con la leyenda "puta" escrita a manotazos de sangre en el muro de la viuda. No hubo pintura ni cura que pudiera espantar la mancha, hasta la muerte de Blanca Molina viuda de Araujo veintisiete años más tarde. Años de miseria y soledad en los que se dedicó a criar al niño lejos de la capital de sus horrores, donde las lenguas no la alcanzaban con sus insultos y humillaciones. Juan Araujo Molina creció sin saber jamás por qué su madre se oponía tenazmente a llevarlo o permitirle un paseo por la Capital con su progreso y sus luces de colores. La escuela le hablaba de todo lo que podría conocer en aquel mundo, que para él estaba prohibido, por todas las historias que le contó su madre para distraer la verdad. Ya en su lecho de muerte, la viuda de Araujo le hizo prometer que nunca iría a la ciudad, ni siquiera de paso. Escribió una nota temblorosa que debería ser entregada al "tío" Rigoberto en mano propia; lloró largamente en silencio y murió. Cuando Rigoberto Suarez Molina leyó la carta, recordó con un nudo en la garganta a Blanca Molina de Araujo. Pensó que para cargar el peso que ella llevó encima por tantos años hacía falta mucho más valor que aquel que se necesita para ponerle cuernos a un marido desdichado. Se prometió dar una profesión al muchacho y lo recibió en su casa como al hijo varón que siempre quiso tener. Todo marchaba sobre rieles hasta el día en que la doncellita Lindaura demostró que ya no lo era y, para colmo, le hinchaba el vientre un crío de cuatro meses de amor desenfrenado y secreto, con el joven Juan Araujo Molina. Rigoberto montó en cólera y salió, escopeta en mano, en busca de aquel malagradecido que aprovechó la inocencia de su niña. Lindaura se encargó de adelantarse al padre y avisar a su amado de la tragedia que se avecinaba. El muchacho salió disparado por la única salida que le quedaba: huir como estaba, con un pantalón arremangado y un machete colgado al cinto. Rigoberto lo vio en el momento que tomaba el camino real, el que comunicaba con la Capital; espoleó las ancas del caballo, decidido a no perder la batalla por el honor de su hija y de toda la familia. Estaba a tiro seguro Juan Araujo Molina, justo en el momento en que sucedió lo imposible en aquella época del año: un inmenso remolino lo borró instantáneamente de la vista del padre lastimado. Rigoberto, con un grito horrendo, apuró el galope pensando que si aquel desgraciado podía con aquella mole, él también podría. Desapareció para siempre, y su grito se escucha cada veintisiete de septiembre a las tres de la tarde. Juan Araujo Molina volvió dos años después, nunca llegó a la Capital; el viento lo llevó por todas las escenas imaginables, lo reunió con su padre, le entregó su abundante herencia y le contó la historia verdadera. Años después, mientras Juan y Lindaura se murmuraban el amor en lo profundo de la noche, muchos hablaban de la fortuna repentina de Juan Araujo Molina, del gigantesco remolino, del pacto con el diablo, etcétera.
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