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Sansón o el diálogo prohibido

Mario Roncal Toral
mrt_21@hotmail.com

Los humanos que me alimentan y me otorgan un espacio en el patio de su casa me llaman «Sansón». Claro, ellos no saben que yo sólo entiendo las vocales y alguna acentuación. Por ejemplo cuando alguno de ellos me llama, yo entiendo una a débil y una o acentuada; como mucho me llega un «són», o sea lo que para mí es mi nombre.

Me arrancaron de las tetas de mi madre, mucho tiempo antes de que estuviera dispuesto al abandono de sus delicias; las sustituyeron con algunas leches ordinarias a las que tuve que acostumbrarme para no morir de hambre.

Son humanos divertidos y, a veces, generosos. Tengo veintiún años viviendo con ellos (aunque en su calendario eso significa tres), los conozco a todos en sus más mínimos detalles. Está mal escrito, pero: ¿quién puede exigirle a un perro que escriba mejor que un ser humano? Ellos tienen cinco sentidos, en eso nosotros los aventajamos; tenemos más, pero existen secretos de reino que no podemos develar. De todos modos, en los cinco que nos son comunes nuestras ventajas son enormes.

Para ellos yo no tengo una raza definida. Ignoran que nosotros tenemos una memoria genética de nuestra ascendencia, y que no nos hace falta regirnos por códices ni registros oficiales. A mí me da lo mismo una perrita con talcos y afeites que una vagabunda desgreñada; lo que sí es importante es su aceptación natural de mi propuesta. Eso se reconoce por el olfato, y para acercarme no es necesario ningún tacto. Es cierto que muchas veces esto deriva en fenomenales grescas, pero es normal, los animales no ocultamos con artificios o con hipocresía los momentos culminantes de uno de nuestros mejores instintos (mejor dicho: de ninguno). Cuando una está dispuesta, todos nos enteramos y para nadie es vergonzoso.

Los humanos también emanan olores diferentes según el estado de ánimo, pero ellos han perdido la capacidad de reconocerlos. No entiendo su afán por encontrar instrumentos e inventos que les comuniquen lo que sienten, no lo entiendo porque para nosotros eso no tiene secretos.

Del sentido de la vista o del oído, ni hablar, los dejamos en la prehistoria. Se matan compitiendo por trofeos o por dinero, y nos admiran por lo mismo que ellos poseen y no saben que poseen. Hablan de nuestros sentidos desarrollados hasta el asombro y no se percatan de que ellos también los tienen; dormidos, pero los tienen. Es de interés de todos los animales del mundo que los humanos no se enteren de lo que poseen, so pena de perder el privilegio de vivir a sus costillas.

A mí me entregaron en propiedad a la menor de las dos hijas de este matrimonio humano de clase media. Para mí no existe la clase, pero tengo que reconocer que existen algunos de mi especie que tienen más suerte porque comen mejor, comen más, duermen con más calor, con mejor compañía, etcétera. Tampoco hay que pretender mucho, porque en ciertos estratos sólo somos adorno: nos cuida un empleado, nos dan alimentos procesados que son horribles, nos bañan y peinan según la categoría de las visitas y nos exhiben para mantener su status. La clase media está bien.

Un día metí las de andar, las cuatro como corresponde a quien se precie de ser un buen cuadrúpedo. Se me ocurrió llegar a un nivel de comunicación mayor del que está permitido para a una mascota: hablé con mi dueña.

Ella es la única que siempre me quiso genuinamente, me regaló sus caricias, sus besos, el alimento y el abrigo. Me hizo su compañero y me habló de todo lo que le sucedía cuando no estaba en casa. Ella comprendía mis cabriolas, mi descontrol de esfínteres y mi llanto involuntario en cada llegada, mi terror por el veterinario que me pinchaba un par de veces al año, mi susto cuando papá se enojaba y me ponía fuera con un grito o una patada en cualquier lugar (era para vanagloriarse de su puntería con los pies, pero le daban un balón y no le atinaba en varios intentos).

Cuando mi ama llegó llorando desconsoladamente y se arrojó sobre la cama y se tapó el rostro con la almohada, yo me acerqué a lamer sus pies y me dejó sin aire su puntapié, y rodé hasta su ropero y me quedé mirando atónito y tan sufrido como ella. Largo rato después reaccionó. Se levantó a medias, secó sus mejillas y se quedó mirándome con cara de culpa y desconsuelo. Entonces me animé. Transmití y retransmití claves y conceptos en una mirada que se convirtió de pronto en un lenguaje fantástico.

Le «hablé» de ella, de su hermana mayor, de la amiga de ambas, del muchacho que las buscaba y enamoraba a las tres, de todas las actividades de los que yo había sido testigo mudo, de todas las jornadas de fiebre y de cuerpos desnudos, de lo poco que importaban estas cosas en mi mundo, de lo mucho que importaban en el de ella, de todo hasta que amaneció irremediablemente.

Se armó un lío mayúsculo. Se indagó hasta el final. Hubo pelea familiar, también entre amigas y padres de amigas. Movimiento inusitado, todos andaban aprisa, todos gritaban, todos eran dueños de la verdad, se habían convertido en vicedioses.

De este Olimpo moderno, aprendí la razón del olvido por parte de los humanos del gran beneficio que significa vivir de acuerdo con la propia naturaleza. Aprendí que la competencia que no se fundamenta en los instintos es angurria. De aquel ir y venir de insultos, degradaciones y blasfemias aprendí que a boca cerrada no entran moscas, y lo que se pierden quienes le pusieron candado a la suya.

Y el problema se resolvió, el muchacho no tiene más pisada en ningún hogar vinculado a las niñas, las hermanas guardan rencores y reproches, la amiga se convirtió en ex amiga, el vecino en ex vecino, la perra del vecino en mi ex vecina. La dispersión fue la solución. El digno ejemplo del colonialismo ha capturado nuestro familiar mundo.

Todo está resuelto, la «felicidad» ha retornado. Todos saben que no habrá más intriga, por lo menos hasta la próxima ocasión, esta se acaba hoy: cuando yo estoy nuevamente ante el veterinario. Lo miro mientras prepara la jeringa, me resigno al pinchazo, al último pinchazo.


Mario Roncal Toral en La BitBlioteca



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