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Butacas y butaques
Publicado originalmente en el Papel literario de El Nacional, Caracas, 27 de agosto de 1953 ¿No es curioso que la palabra butaca, hoy general en todo el mundo hispánico para designar los sillones de las salas y teatros, proceda de los indios cumanagotos, los caribes de Cumaná? La voz llegó a España en la primera mitad del siglo XIX y penetró en el Diccionario académico en 1843. Pero ya en 1683 Fray Manuel de Yagües publicaba, junto con sus Principios y reglas de la lengua cumanagota, un vocabulario de esa lengua compuesto por el Padre Matías Ruiz Blanco. En ese vocabulario y en el que el mismo Padre Ruiz Blanco publicó en 1690, se ve que los indios, para designar el asiento, tenían una rica terminología: yapono, chamarro, naca, putaca. Pocos años antes, en 1680, el Padre Francisco de Tauste, en su vocabulario de los chaimas, cumanagotos y otros indios de la provincia de Cumaná, había dado, para el asiento en común, dos voces: aponoto y zapon (indudablemente variantes de yapono); para el asiento de pellejo como silleta, chamaro (el chamarro de Ruiz Blanco); para el asiento pequeño de madera, ture. De todas esas voces se han incorporado al castellano de Venezuela dos: ture, que designa en Margarita y todo el Oriente (también en Puerto Rico y Santo Domingo) la silla baja o banqueta (en los Llanos de Monagas y a orillas del Orinoco, turete), y putaca, que, transformada en butaca, debía alcanzar notable fortuna. Ya Cristóbal Colón cuenta que los españoles que bajaron a tierra en nuestra Península de Paria, el 4 de agosto de 1498, fueron agasajados por los indios en una casa muy grande, «y allí tenían muchas sillas, donde los hicieron asentar, y otras donde ellos se asentaron». Los asientos indígenas, los de los reyes y caciques, llamaron la atención de los conquistadores y de los cronistas. Cuenta Hernando Colón, en la Vida del Almirante, que cuando su padre descubrió la isla de Cuba, en su primer viaje, envió a dos españoles tierra adentro. Los dos volvieron el 5 de noviembre. Habían llegado a un poblado de unas cincuenta casas muy grandes, y contaban (cap. XXVIII): Los principales de la tierra salieron a su encuentro a recibirlos y los llevaron en brazos a la ciudad, dándoles por alojamiento una gran casa de aquéllas, donde les hiceron sentarse en ciertos banquillos, hechos de una pieza, y de extraña forma, casi semejantes a un animal que tuviese los brazos y las piernas cortas y la cola un poco alzada para apoyarse; la cual es también ancha, como la silla, para la comodidad del apoyo; tenían delante una cabeza, con los ojos y las orejas de oro. A estos asientos les llaman dujos o duhos. En ellos hicieron sentar a los nuestros, y luego todos los indios se sentaron en tierra en tomo a ellos, y uno a uno iban después a besarles los pies y las manos, creyendo que venían del cielo. Ese nombre de duho o dujo (la h era sin duda aspirada), del arahuaco de las Antillas, alcanzó vida brillante en la historiografía de la Conquista, y diversos cronistas lo atribuyeron hasta a los aztecas y a los incas, que tenían nombres propios. Las Casas se asombraba de las sillas bajas con espaldar de los indios de Haití, «lindas y bruñidas y relucientes, como si fueran de azabache»; y Sarmiento de Gamboa, de la que usaba Túpac Yupanqui, una silleta baja de oro, guarnecida de esmeraldas y piedras preciosas. Juan de Castellanos recogía el mismo nombre por tierras de Santa Marta: «en un duho sentaban al difunto, / con sus arcos y flechas en la mano» (21 parte, Historia de Santa Marta, canto III). Y es el mismo que Fray Pedro Simón, en 1625, al describir las prácticas de los piaches de Tierra Firme, registra en la forma duro, nombre todavía hoy en Lara del trozo de madera que se usa como asiento: es el dure de Romero García y sin duda el mismo ture de Oriente y de los cumagotos, que el P. Gumilla atribuía también a los indios guaiqueríes (un vocabulario español-guaraúno de 1789 registra «Trahe aquel Ture»). Y como no faltan aficionados al connubio de palabras, les brindamos la siguiente noticia: El historiador romano Suetonio, en su vida de Augusto, cuenta que el emperador era reacio a los baños; cuando por el estado de sus nervios tenía necesidad de ir a los baños de mar o a las aguas termales, se contentaba con sentarse en un taburete de madera que llamaba, con una palabra de España (es decir, ibérica), dureta, y se mojaba alternativamente los pies y las manos, ¿No es obvio relacionar nuestro dure, ture o turete con esa antigua dureta ibérica? No hay más que un inconveniente: la falta de continuidad. Cuando los conquistadores españoles llegaron a América, la dureta estaba olvidada desde hacía seguramente más de mil años. La lengua ofrece a cada paso, para burlarse del etimologismo barato, extrañas coincidencias. En el siglo I antes de Cristo, en la época de Sertorio, había en el centro de España una población llamada Caraca, que no parece haber tenido la menor relación con nuestros indios caracas. Las butacas que nos dieron los indios cumanagotos eran unos asientos de madera, cóncavos y forrados de cuero, con pies en forma de tijereta. Pronto hubo, además de butacas, otros asientos que se llamaron butaques. La lengua castellana tiene la virtud de modificar el género de la palabra para distinguir dos variedades de un objeto: cesto-cesta, jarro-jarra, anillo-anilla, cuchillo-cuchilla, gorro-gorra y centenares más. En Venezuela tenemos perol-perola, tambor-tambora, farol-farola, mango-manga (la manga es más apetecible que el mango), mecho-mecha (el mecho es el cabo desgastado de la mecha), túnico-túnica, etcétera. La forma femenina designa muchas veces una variedad más grande que la masculina, y la aparente aberración se explica porque el sistema se remonta al neutro de plural latino en -a. Es posible que a eso se deba la coexistencia de butacas y butaques (a través de una forma butaco, que está documentada al menos en Cuba y Costa Rica, o como regresión del diminuto butaquito). En gran parte de Venezuela subsiste todavía hoy la diferencia entre el butaque, asiento bajo, forrado de cuero de tigre, báquiro o venado, por lo común sin respaldar ni brazos, una especie de catrecito pequeño que es la silla de la gente pobre, y la butaca, que es el sillón con respaldar y brazos, tapizado o almohadillado, una especie de poltrona en que puede uno recostarse cómodamente. En algunas regiones se ha borrado la distinción, y ha quedado sólo el butaque: el de cordobán en que se sentaba doña Nico en Cantaclaro, el de la casa de Melecio Sandoval en Doña Bárbara, «lujo de rústico llanero», que se colocaba para el huésped en sitio de honor, y el viejísimo butaque de suela, guardado como reliquia, en que recostaba su pierna inválida el coronel Riolid en el Viaje al amanecer, de Mariano Picón-Salas. Gonzalo Picón Febres defendió empeñosamente la legitimidad de butaque («asiento pequeño, de vaqueta o de cuero sin curtir, con brazos o sin ellos, adornado de tachuelas de cobre en las orillas, de mucho uso en la primera mitad del siglo XIX, demasiado raro hoy»), diferente de la butaca de los salones, de las Cámaras, de las Academias, del Cabildo, de los presbiterios y catedrales. Desde la putaca indígena hasta nuestra butaca del siglo XVIII hay una progresiva labor de artesanía. Juan Röhl, en sus Historias viejas y cuentos nuevos, de 1946, ha evocado las butacas coloniales, que incitaban al reposo y a la amplia molicie de las siestas. Las describe así: Asiento bajo y con pendiente, espaldar alto e inclinado, brazos muy anchos y planos, y las patas traseras muy características, a modo de tablas arroscadas hacia atrás, hábil solución para darles aspecto de asentado equilibrio. Los brazos son una derivación abarrocada de los que tienen las sillas frailunas, tan comunes en España y sus ex provincias de ultramar. Las butacas y butaques de Venezuela se extendieron, en la época colonial, por toda el área del Caribe: las Antillas, Colombia, América Central y costa de Méjico, y en general subsisten hasta hoy. Parece que la industria mejicana del mueble se encantó con ellas. Por lo menos, en Cuba eran famosas a principios del siglo pasado las butacas de Campeche, o campechanas. Y sin duda de Cuba pasaron a España, y con su cuero, terciopelo, tafilete o marroquí, conquistaron los salones. Venían a dar realidad a un viejo ideal hispánico: encontrar una posición intermedia decorosa y cómoda entre el estar sentado y acostado. La palabra penetra en la prosa castellana a mediados del siglo, y se encuentra en Pedro Antonio de Alarcón, en Valera, en Bretón de los Herreros, en Tamayo y Baus, en Castro y Serrano, en Frontaura. Hacia 1820-1830 las butacas reemplazan a las destartaladas medias lunas o lunetas de los teatros. Antonio Alcalá Galiano (citado por Ramos Duarte) rememoraba, en sus Memorias de un anciano, publicadas en 1878, los teatros de sus mocedades: Los pocos asientos que había entre el patio y las tablas, entonces conocidos con el nombre de lunetas, modernísimamente trocado por el americano de butacas, eran estrechos, duros, con forro de mala badana, casi siempre con desgarrones y nunca limpia. Y he aquí que un asiento de los fieros caribes de Venezuela, los temidos caníbales o antropófagos, triunfa y se impone en los salones y teatros de Madrid y de todo el mundo hispánico. De modo análogo, las naguas de las indias de las Antillas, la única prenda de vestir que usaban las casadas (las doncellas no usaban ninguna), se transformaron en las almidonadas enaguas de nuestras abuelas. Misterios de lo que la antropología moderna designa con el nombre de transculturación.
Ángel Rosenblat en La BitBlioteca |
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