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Adiós a los intelectuales

Rafael Rattia

Sostengo que la autoproclamada intelligentzia venezolana acusa desde hace un buen tiempo un espantoso letargo (bostezo acrítico) con relación a su históricamente conocida capacidad de contestación a la hegemonía ético-política de la cultura dominante. La figura del intelectual venezolano ha estado asociada en los últimos cincuenta años a la de ese ser «conflictivo» y «problemático» que discute continuamente los fundamentos lógico-estéticos que legitiman el orden social y cultural que lo abriga.

Sostengo que —se podría demostrar apelando a un buen número de ejemplos pero sería inútil— que el filo crítico de cuestionamiento que caracterizó al intelectual venezolano durante gran parte del presente siglo se amelló. Tal pareciera que el sempiterno comecandela, terrorista del intelecto, que recusaba el tinglado de la gran «colonia penal» en que vivimos se adocenó y se plegó a las «delicias» y «bondades» del consumismo mediático. A poco que miremos, con incisiva mirada, vemos por doquier cantidades de conversos, intelectuales arrepentidos de su pasado político: una horda de eunucos de las ideas se enseñorea en el ambiente intelectual venezolano. Pareciera que estuviéramos en presencia de una floreciente especie de casta adulatoria ilustrada que no se ruboriza solicitando favores palaciegos para trepar en el intrincado laberinto del tejido social nacional. El actual intelectual venezolano patentiza la hipoteca de la crítica política y la abolición del encono teórico interpretativo de lo real respecto del poder y sus desaparicientes rostros.

Insisto en sostener que la élite intelectual venezolana vive un lamentable estado de postración ética y de genuflexión política. Los intelectuales-escritores y los que por conveniencia callan, en su gran mayoría, salvo por supuesto de contadísimas excepciones, han optado por un abominable silencio que desdice mucho de su condición pensante. ¿O no quiere opinar el intelectual de este tiempo? ¿Es lícito que no opine sobre lo que acontece en el país que habita? ¿Qué no diga nada acerca de los hechos vivos y candentes que definen su tiempo? El prototipo del intelectual finisecular entre nosotros es el de esa «incómoda» figura que se pliega dócilmente a la doxa del establecimiento, a los dictámenes de la nomenclatura gubernativa de turno. «La oreada y libérrima crítica» que exhibía el antiguo heraldo de las ideas se trocó por efecto de un mágico artilugio burocrático en una triste sombra bufonesca. El intelectual se parece más a un arlequín que a un hombre de ideas. Escribano mercenario, por fin. Sicario de la tinta convirtióse el señor de las letras. Bochorno de la pluma contratada para escribir el discurso alusivo a las fechas patrias. Aunque la patria no tiene nada que ver con eso. El antiquísimo oficio de escribir para disentir y vivir la escritura del desacuerdo parece haber perdido su intrínseco decoro. No produce orgullo pensar en alta voz para mostrar la esencia de lo que se piensa. A estas alturas de nuestra época el alma del espíritu del tiempo que vivimos se revela enferma y pusilánime. Y uno se interroga: ¿dónde está la dignidad y el orgullo casi infantil que produce el acto de escribir? ¿Qué se hizo la conciencia crítica, lúcida que interpreta libremente los signos de nuestro opaco tiempo finisecular?

El clima de consenso ultrademocrático que rodea al intelectual protagónico da cuenta de la inexistencia de voces heterodoxas que alcen su praxis discursiva-intelectiva contra las aberraciones propias de todo ejercicio de poder, cualesquiera sea su faz. Porque el poder siempre tentó a la intelligentzia y trató de seducirla para justificar su lógica perversa. Los sueños incanjeables del intelecto se trocaron en atroces pesadillas por un pastoso silencio que no impugna nada pero dice mucho. En esta metáfora de país, la figura social del intelectual que escribe no deja de ser esa melancólica imagen quijotesca que continuamente dice sí y que afirma aprobatoriamente cualquier desplante del gobernante de turno. Cuando no quiere comprometerse entonces a todo le pone un pero y ahí problematiza el pero para evadir la responsabilidad de asumir o recusar un asunto urgente. Es altamente sintomático (a algunos les gusta decir patético) ver a la intelectualidad del país arrodillada ante las encandilantes luces que emanan de esa entelequia que unos y otros reconocen como entidad nominativa del poder. Reflexionando acerca de la participación social del escritor en el acaecer nacional existen momentos aciagos en que me pregunto: ¿qué se ha hecho el intelectual del no? Hasta ayer fue el príncipe de la contestación argumentativa. Hoy a todo dice que sí; a nada dice que no. Positiviza todo afirmando lo realmente dado. Observe a su alrededor: una triste desolación intelectual. Un apetito voraz e insaciable de protección gubernativa impulsa a la mayoría de nuestros intelectuales a afiliarse a esas estructuras anacrónicas denominadas Asociaciones de Escritores, Círculos de Intelectuales, con el fin bastardo de medrar a la sombra de compadrazgo eventual. El intelectual nuestro (vergüenza da decir nuestro) quedó atrapado en una urdimbre semiótica de la adulación exaltatoria. Su más caro patrimonio semántico se anquilosó y se burocratizó. El intelectual de hoy sufre un síndrome de vaciamiento argumental que pone en tela de juicio su propia existencia como tal.

Urge fundar, ¿hay voluntades? otro referente crítico, una nueva sensibilidad (metapolítica esta vez) otra subjetividad que oscile entre el escepticismo y el nihilismo. ¿Con qué fin? con ninguno. Se trata de criticar por criticar, de cuestionar el mundo desde sus orígenes con fundamento y todo. Desde el primer «bostezo sin mandíbula» hasta el asqueante presente que todo lo trueca en su contrario, en pasado crudo y cruel. Razón más que suficiente para dar rienda suelta a la rabia ontológica que corroe los cimientos del ser, del individuo todo. Pensar es des-solidarizarse con la realidad y sus corolarios o destruir los matices que hacen posible la interpretación de la actividad intelectual misma.


Rafael Rattia es Historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.

http://usuarios.iponet.es/casinada/xrattia.htm



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