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Adolescentes fluviales

Rafael Rattia
rrattia@cantv.net

Dedicado a Aura Rosa. Siempre.

La escuela granja quedaba ubicada en la población de Santa Catalina, una comunidad enclavada en una meseta de aproximadamente 5.000 kilómetros cuadrados a unos 600 metros sobre el nivel del río Orinoco y a la cual se accedía por unas altísimas escalinatas que una vez comenzadas a subir no parecían terminar nunca en época de sequía, o de verano, como gustaban llamarle sus adánicos habitantes a ese período que va de Enero a Mayo de cada año. Era una escuela modelo, a juzgar por sus características más relevantes, paradigma de la escuela del futuro, semillero forjador de los hombres del porvenir, los nuevos ciudadanos de la sociedad imaginaria se irían moldeando en ella como se talla una madera para labrar una figura en riguroso cincel ceñido a una rígida idea predeterminada. A ella llegaban febriles y ansiosos jóvenes de toda la comarca y de villorrios aledaños a Santa Catalina. Jóvenes procedentes de Sacupana, El Toro, Sacoroco, Orocoima, Araguaimujo, Curiapo, Geina, Vuelta Triste, etc, llegaban a Santa Catalina como los que, después de un largo itinerario no exento de dolor y vicisitudes, alcanzan la Meca. Es menester acotar de una vez, apresurémonos a ello antes de que sea demasiado tarde, que la escuela granja era administrada por inteligentes maestros pertenecientes a la Orden de los Padres Maristas. Todo allí era una disciplina bismarkiana, férreo rigor prusiano en los horarios, impecable y exacta puntualidad en el cumplimiento de los deberes y obligaciones cotidianas. El pensum era, hay que decirlo también, flexible y su elasticidad brindaba un amplio margen para los estudios del trivium y el cuadrivium. Clases teóricas y prácticas. Fin de semana: pesca, agro y poesía. Sembrado de hortalizas. En las mañanas, clases de estética, arte y literatura y procesos digitales. La escuela semejaba un pequeño Falansterio anarquista apartado de las estridencias citadinas y de la confusión urbana. Todo allí era solidaridad y ayuda mutua. Se leía a León Tolstoi y a Bakunin con una increíble reverencia rayana en la admiración dogmática y ello despertaba suspicacia entre los alumnos más heterodoxos e irreverentes, que los había y no pocos por cierto. El ambiente que se respiraba en los predios de Santa Catalina, es imposible evocarlo más nítido, era el de una inmejorable camaradería y todo parecía estar tocado por un imposible encanto paradisíaco. En ese tiempo nos descubrimos las pequeñas hogueras sexuales que tiempo después nos incendiarían los años de ardor juvenil en el tonto e izquierdoso bachillerato de la ciudad. Las mañanas de la granja eran un rumor fresco de pájaros en tropel alborozado y una fiel e infaltable humedad bañaba los alrededores de la modesta casita donde nos albergábamos. Humedad omnipresente que hacia de compañía inseparable. Sí, porque cuando venía la creciente del río que siempre se anunciaba con estupor, miedo, ansiedad e incertidumbre, los potreros inmensos de «bajo hondo» quedaban literalmente sepultados bajo el agua del río «en creciente». Yo solamente presencié la creciente del 68; todo era una «llanura temblorosa», agua por doquier, hasta los confines alcanzados por la mirada, incluso hasta los límites que nuestra propia imaginación fijaba en sus desvaríos. Entonces la pequeña curiara a motor —había tres en Santa Catalina— con su viejo Archímedes de guaral se convertía en el imprescindible medio de transporte. Esa embarcación era la vida toda. Sin el Archímedes los vecinos de Santa Catalina quedábamos confinados cuales eremitas en nuestros lares anegados por larguísimos meses. En Santa Catalina no había televisión para esa época. Radio sí había pero no eran muchos. Por las tardes, con la marea alta y quemados por el abrasivo sol del mediodía mis hermanos, José Luis y Amelia, nos instalábamos confortablemente en nuestros chinchorros de Moriche a escuchar capítulos enteros de El Quijote de La Mancha narrados en la voz polifónica de un gallego llamado Paco Pérez. Era un verdadero acontecimiento la lectura vehemente y de ígnea prosodia que desplegaba Paco Pérez en su sintonizado programa radial. Amelia, José Luis y yo parecíamos unos adictos de las efervescencias sintácticas de Paco y para que no se nos extraviara el dial solíamos marcarlo con un pedacito de cinta adhesiva; así localizábamos la sintonía más prontamente y con certitud. La emisora se llamaba «Radio Melancolía». En el diario fragor de la novelería radial las tardes mortecinas de los crepúsculos de Santa Catalina se dilataban en el lento paso de las morrocoyas y se fundían como queso derretido en las nueve de la noche formando una lúgubre campana celeste de manchas ocres en la alta tela del firmamento que se transmutaba increíblemente lo que apenas horas antes era un cegador cielo mandarina. La radio era una bendición y un fiel antídoto contra el veneno del hastío metafísico verpertino. A la escucha de la radio se agregaba el melancólico canto de un Búho que tenía la sempiterna costumbre de posarse todas la noches sobre las ramas de una mata de Alatrique cuidada con insustituible esmero por mi madre. Estudiaba yo 6to grado y poco a poco fui integrándome al abigarrado universo selvático de luminosas verdosidades envolventes del eterno fluir del río; me sentía agua que corre libre por las galerías de Manglares hacia el remanso de las piedras preciosas, me sentía Tamborín alegre y saltarín jugueteando en las aguas torrenciales de la mañana fragante, era mango dudú en la ansiosa boquita pintada de mi maestra. Era caracol en la sabana ávida de rocío y era casco de potro sediento de vastos dominios. Con el río alto era red y pez; sed y ganas saciadas, voracidad y hartazgo. Fusión inextricable, laberinto y fuga. Triunfo y derrota, agudeza y percepción. El pie y la huella era yo. Viento riente abrazando la piedra bañada de amarillo celeste en la tarde decrépita. El juego jubiloso era en el patio de la escuela, jugoso dulzor de la pulpa del caimito devorada durante el receso de la mañana. Era el remanso y el canalete. Alfa y omega. Relación micro-macrocósmica, cielo de agua y espejo; sueño soñado y hondo despertar en la beltenebra de la madrugada. Yo era totalidad orgánica relacionante, líquido amniótico y paciente espera de reloj derretido, oniromántico viaje surrealista al centro de la fábula a la espera de su continuidad.


Rafael Rattia es Historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.

http://usuarios.iponet.es/casinada/xrattia.htm



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