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Información veraz, censura de prensa y disidencia 20 de marzo de 2000 Tan pronto los adláteres incondicionales del «puntochavismo» quintarepublicano aprobaron el aborrecible artículo que consagra la «información veraz y oportuna» en la novísima Constitución bolivariana de Venezuela, la virulenta reacción de la opinión internacional no se hizo esperar. Inmediatamente, apenas unas pocas horas después de la aprobación de tan lamentable adefesio constitucional, la Organización No Gubernamental internacional «Reporteros Sin Fronteras», con sede en París (Francia), y la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP; se pronunciaron a favor de la irreductible defensa de la libertad de conciencia, de opinión, de expresión del ciudadano venezolano. La aprobación, en primera discusión de este polémico artículo desde ya vislumbraba lo que sería «la Quintana República» Popular-Bolivariana. Me cuenta un amigo que recientemente un Canal televisivo internacional proyectó un programa sobre Biografías de hombres célebres del siglo XX y que según mi amigo Benito Mussolini y sus camisas negras habrían comenzado primero creando un periódico oficial consagrado exclusivamente a ensalzar únicamente las bondades del facho italiano. El parangón es obvio, por demás evidente: el Señor Presidente ha comenzado fundando un periódico oficial y oficialista que sirve exclusivamente para realzar sus cualidades, sus bondades, sus maratónicos discursos de más de tres horas que dejan dormitando a más del 60% de los que tienen la osadía de escuchar sus inacabables alocuciones radiales en cadena nacional. El artículo en cuestión, es explícita y taxativamente represivo: en cada Sala de Redacción habrá un Comité de Censura pluridisciplinario y «democráticamente» adepto al régimen monopartidista. Lápiz rojo y azul en mano; todo aquello que alabe o adule el lado bueno de la «colonia penal», naturalmente, será merecedor del visto bueno por parte de «los nuevos inquisidores» y obviamente será publicado sin ningún tipo de problemas. En cambio, como contrapartida dialéctica, adversando todo sentido común y violando todo principio democrático de libre coexistencia pacífica de perspectiva analítica, aquella información u opinión que señale alguna verruga en el inmaculado y límpido rostro gubernamental será objeto de «velada» o abierta censura. Sencillamente no será publicada dicha información. Así de simple; no otra cosa resume la tan mentada información veraz. El gobierno se reserva según este artículo las prerrogativas exclusivas de indicar qué es veraz y qué es falaz. ¿Quién está diciendo la verdad y quién está mintiendo? Eso solamente puede determinarlo la tabula rassa del nuevo mandarinaje gubernamental. «¡Pero bueno, Dios mío!,» parafraseando a quien hace apenas catorce meses se oponía franca y abiertamente a que se le colocaran adjetivos al sagrado principio de la información, sin más. Es lógico pensar que quien logra hacerse con el poder quiera, en consecuencia, dictaminar las bases y principios sobre los cuales se regirán las nuevas relaciones entre los distintos ejes representativos de la sociedad organizada; no obstante, de allí a querer coartar el legítimo e inviolable derecho que tiene el ciudadano a ser informado por cualquier medio escrito, radial o visual, equivale a colocar una venda con tirro en la boca a los periodistas y reporteros que hacen hasta lo imposible por llegar a la raíz misma de las fuentes generadoras de noticias. En pocas palabras, la información veraz es la mordaza a la libertad de expresión. ¿Era eso lo que pregonaban los adalides de lo que hoy se conoce como la V República? Los nuevos redentores de este tiempo histórico no nos hablaron de regimentar la opinión democrática de la sociedad civil. Por otra parte, ¿quién decide lo que es veraz y lo que no lo es? ¿Dónde está la instancia ética que decide lo que ha de ser visto, oído o leído por los ciudadanos? La respuesta no es difícil: El Estado, el gobierno «puntochavista», inspirado en los ideales primigenios del «Padre de la Patria», tal como reza en el Preámbulo de la nueva Carta Magna que regirá los lúgubres destinos de esta republiqueta llamada Venezuela. Es una soberana incongruencia, una contradictio in abyecto que se invoque el pensamiento de Simón Bolívar para cercenar la libertad de prensa y de expresión. ¿O en los prolegómenos de la nueva Constitución no aparece reflejado que somos una República Bolivariana? La veracidad y la verosimilitud de la información para que sea confiable debería estar libre de ataduras y mordazas de cualquier tipo; la auténtica y genuina información no puede dejarse adjetivar por gobierno alguno, sea del signo que sea. Ninguna información que se pretenda «objetiva» y democrática puede permitirse estar supeditada a «censura previa». Pero lo más triste y lamentable de todo este batiburrillo metasemántico que se ha creado entorno a la tan mentada y poco comentada información veraz es el relativo «silencio» que observan Articulistas y Columnistas de la prensa escrita. ¿Y los escritores? ¿Qué pasó con los intelectuales de este país? Los columnistas, los articulistas, los periodistas de opinión que hacen reporterismo de investigación, aún no han alzado su voz disidente para disentir de este virtual atentado a uno de los principios fundamentales que toda sociedad auténticamente democrática debe resguardar para sí en aras de la salud síquica y espiritual (mental) del alma colectiva. Avizoro un tiempo terriblemente lúgubre para la opinión heterodoxa venezolana si no se pliega adocenada a la servil comedia de aplaudir la regimentación disciplinarista de la disidencia opinática que actualiza aquella frase rural que decía: «Venezuela es como un cuero seco; cuando la pisas por un lado se levanta por otro».
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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