Los últimos veinte años de producción literaria en Venezuela han sido, ciertamente, asaz pródigos en publicaciones; ello muy a pesar de la inmensa desolación editorial que aqueja a una nación que históricamente ha dado al mundo brillantes autores en todos los «géneros literarios» imaginables. Desde la poesía de Andrés Bello, pasando por el egregio modelo de exiliado romántico Juan Antonio Pérez Bonalde, hasta nuestro dicaz y deletéreo ensayista e «historiador» Juan Vicente González con su incisiva prosa periodística, se abre un importante paréntesis en nuestra historiografía literaria que funge como antecedente inevitable del ensayo literario. Atalaya escritural en la que han brillado con luz propia nervaduras prosadas de indiscutible talento como el eximio Óscar Rodríguez Ortiz, profuso y profundo conocedor de los insondables vericuetos del ensayo literario hispanoamericano del pasado siglo y del presente. Rodríguez Ortiz es uno de los ensayistas más acuciosos y serios que se destaca en el poblado panorama literario nacional. Su limpia y cautivadora prosa tiene el atractivo de las líneas de Jesús Rafael Zambrano, Pedro Díaz Seijas, por citar dos notables ejemplos de la prosa ensayística venezolana. La prosa ensayística del agudo y denso «epistemólogo de la literatura continental latinoamericana» Víctor Bravo, constituye una Voz Mayor dentro de la escritura ensayística venezolana contemporánea. La asombrosa erudición histórico-literaria puesta de manifiesto por este vasto conocedor del quehacer literario latinoamericano ha contribuido al saludable resguardo de los estudios sobre crítica literaria en la última mitad del presente siglo que ahora fenece. Es rigurosamente cierto que erudición y profundidad no siempre van a pie juntillas pero Víctor Bravo logra conciliar magistralmente ambos ámbitos del saber literario como poco suele verse en nuestro país. Los aportes sustantivos que ha hecho Víctor Bravo a la ensayística venezolana no tienen quien los recuse; una amplia y bien sustentada bibliografía del autor no deja resquicio de duda al respecto. Él y Alexis Márquez Rodríguez son, en mi opinión, los más autorizados conocedores de la fulgurante obra literaria del cubano universal José Lezama Lima. Víctor Bravo viene de una maravillosa formación universitaria y extrauniversitaria que abreva en las fuentes filosóficas de Merleau Ponty, la fenomenología husserliana, Nietzsche, y en toda la tradición occidental que da cuerpo teórico a la Modernidad. Fuera del ámbito de los estudios académicos, estimo que el eminente narrador, y también ensayista, Gabriel Jiménez Emán ha contribuido a darle un perfil más nítido e interesante a la prosa ensayística venezolana de las dos últimas décadas. Ahí está el magnífico testimonio antológico sobre el origen y la evolución del ensayo literario en Venezuela, hermosamente editado por las ediciones de la Contraloría General de la República. Desde sus andanzas por el continente europeo, hace un poco más de veinte años, Jiménez Emán ya se vislumbraba como una pluma fundamental de las letras venezolanas que con el transcurrir de los años de seguro iba a cooperar sustancialmente para darle un nuevo rostro, más fresco y lozano, al ensayo literario nacional. Su gran talento escritural le hizo merecedor de espacios significativos como colaborador de la mítica revista española Quimera hoy acertadamente dirigida por la venezolana Ana Nuño.
Un caso extraño y poco común dentro del vasto panorama ensayístico local es, sin duda, Fernando Báez. Sin estudios formales (quiero decir académicos) pues no ostenta pergaminos que lo acrediten como egresado de universidad alguna, este notibilísimo escritor (ensayista y poeta) ex aequo residenciado en la ciudad de las nieves pertetuas ha venido forjando un estremecedor corpus ensayístico que ha merecido el reconocimiento unánime de la más autorizada «crítica de la crítica». Lector voraz y obsecuente de Borges, Wittgenteing, Mauthner Fritz, Gadamer, Joyce; goza de una envidiable autonomía de vuelo cultural que lo convierte en un raro «solitario» de las letras venezolanas. Su amistad con el fallecido filósofo anarquista argentino Ángel Capelletti y sus fervorosas conversaciones con gran archimandrita del lenguaje José Manuel Briceño Guerrero le han prodigado un estatus intelectual del cual muy pocos intelectuales pueden ufanarse. Con una humildad que a veces raya en la «grosería», una humildad de piedra, Fernando Báez traduce del griego antiguo un opúsculo del filósofo estagirita titulado Tractatus Coislinianus. Lástima que la mayor parte de la sorprendente obra de este precoz ensayista venezolano se encuentre desparramada por el mundo en las más prestigiosas revistas filosóficas y literarias de la Internet y que, por lo mismo, no podamos tener acceso directo a través de un volumen antológico en papel. Advierto, desde este moribundo y anémico siglo, que Báez está destinado a convertirse en un faro luminoso de imponderable valor dentro de nuestro olimpo literario del próximo siglo. A los antologistas que actualmente preparan si es que alguien anda en eso compendios sobre el ensayo en Venezuela; he allí un paradigmático emblema de una escritura pulcra, elegante, erudita, honda y fascinante. Desde ya es bueno dejar en el ánimo del lector esta advertencia: nadie que se precie de conocer el itinerario vital del ensayo literario en Venezuela puede dejar de tomar en cuenta esa portentosa creatividad poética que traslucen los ensayos de Báez.