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Edilio Peña: la iluminación narrativa

Rafael Rattia
rrattia@cantv.net

17 de mayo de 2000

Edilio Peña, (venezolano, Pto La Cruz 1951) ya no necesita presentación en el tupido y abigarrado ámbito literario nacional y, poco a poco, de manera firme y convincente, su dilatada trayectoria literaria comienza a adquirir merecido y justo reconocimiento en el continente hispanoamericano actual. En el expectante entreabrir de un siglo y cerrar de otro, este confeso y obsecuente creador de la palabra escrita y de la imagen en movimiento le depara a sus lectores, cada vez más numerosos, un misterioso y estremecedor obsequio. Se trata de su última novela intitulada: El prisionero de la luz, galardonada con el Premio Nacional de Novela «Plácido José Chacón 1999» y editada por la prestigiosa Editorial Planeta venezolana, S.A, 2000 en su Colección Espasa-Narrativa.

Edilio Peña comparte un destacado lugar con cimeras figuras de la escritura novelesca latinoamericana tales como: Sergio Jablon, Antonio Soler, el cubano Jesús Díaz, el español Gonzalo Torrente Ballester y un largo etcétera que sería ocioso mencionar aquí.

En vez de capítulos, como suelen hacerlo la mayoría de los novelistas, la novela está concebida en «secuencias» y se compone de 14 «secuencias» de regular extensión. Se me antoja que cada «secuencia» puede durar un día en una cronología arbitraria y entonces la novela transcurriría en un eje temporal de 2 semanas, tiempo suficiente para urdir una meticulosa e interesantísima trama narrativa que no te abandona, o te ves compelido a no abandonarla, sino hasta la última página de esta expectante historia —sobra decirlo— inteligente y sagazmente escrita.

La novela comienza con la autocontemplación del rostro de Violeta; personaje atormentado por la búsqueda desesperada de una identidad escurridiza que desborda los límites de la ficción y toma por asalto los registros de racionalidad y sensatez del lector. La novela se inicia con una poderosa cortina descriptiva como telón de fondo: un diario hecho con piel humana y redactado con una pluma hecha con el hueso de una clavícula de niño: todo un homenaje a la memoria del padre del narrador. Y un dato aparentemente absurdo; se trata de una novela escrita con sangre.

Edilio Peña despierta al novelista que siempre estuvo dormitando en su sensibilidad de escritor y nos convoca al vértigo de la memoria desbocada que se vierte en el «río del tiempo» narrativo del autor; es decir del lector. Esta novela es fiel testimonio de ello.

El pulso expositivo con que el novelista nos borda cada «secuencia» de la novela brinda la sensación de que estamos «viendo» lenguajes, gestos y performances que se suscitan con tal fuerza y diafanidad (nitidez) que difícilmente podemos evadirlas o rehuirles. De allí su poder persuasivo, su prosa dicha en forma de urdimbre subyugante.

Con El prisionero de la luz Edilio Peña ha dado el paso definitivo que le consagrará como uno de los más atrevidos e ingeniosos novelistas del siglo XXI en Venezuela.

Una estremecedora reflexión acerca de las consecuencias psicológicas que traen a los personajes de Edilio Peña la duda hamletiana la continua encrucijada existencial en que se ven sumergidos las creaturas de Peña.

Edilio Peña diseña, con magistral soltura y confeso dominio, conductas escindidas, personajes psiquiatrizados, psiques convulsas (verbigracia Violeta en una temporada en París) seres asediados por la tentación del estupro.

Por esta novela transitan individuos que naufragan entre «Scila y Caribdis», personajes que no encuentran sosiego ni «en la ciencia ni en el misticismo, son actantes cautivos en situaciones aporéticas, por decirlo filosóficamente. El escritor no oculta las zonas malditas de sus personajes; todos ellos están sometidos al padecimiento psíquico, la indiferencia y la degeneración moral. Por otra parte, es fascinante la manera cómo este escritor maneja la idea del doble, ya desarrollada por Jorge Luis Borges a través del tratamiento estético de la abominación de los espejos y de la noción del otro por sí mismo expresada por Octavio Paz en «el espejo que soy me deshabita». La otredad, la alteridad del sujeto escindido, el alter ego de Edilio Peña se resuelve espléndidamente en la idea posmoderna de la clonación tratada de manera impecable en esta novela. En este sentido Edilio Peña trabaja una narrativa que me gustaría denominar provisionalmente «narrativa de frontera» por la forma de abordar coherentemente los múltiples campos de interdicción del discurso novelesco.


Rafael Rattia en La BitBlioteca

Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.

http://usuarios.iponet.es/casinada/xrattia.htm



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