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Ricardo Gil Otaiza: la memoria epistolar
28 de noviembre de 2000 La semana pasada, en el marco de la VIII Feria Internacional del Libro de Caracas, se bautizó la espléndida novela del joven narrador venezolano titulada sugerentemente con el nombre Una línea indecisa, bajo los auspicios editoriales de la más importante casa editorial venezolana: Monte Ávila Editores Latinoamericana. Con un margen más breve de lo que el lector esperaba, el ensayista, cuentista, poeta y novelista Ricardo Gil Otaiza, vuelve a sorprender gratamente a sus fieles con una desgarradora novela sobre la atormentada, delirante y melancólica vida del «padre» del romanticismo lírico en Venezuela, Juan Antonio Pérez Bonalde. Una intensa relación epistolar entre el poeta Pérez Bonalde (1846-1892) y su hermana Elodia Carolina sirve de pretexto literario al escritor merideño para zambullirse en las simas abyectas y sublimes de unos personajes caracterizados por una permanente adversidad emocional y vital que no los abandona en ningún momento de sus travesías existenciales. Gil Otaiza nos retrata a un Pérez Bonalde crítico y cuestionador del régimen guzmancista; dibuja con magistral prosa narrativa la difícil estructura caracterológica de una psique que vive el bucólico y ruralista mundo decimonónico venezolano de una manera honda y poética. Con un altísimo nivel de verosimilitud el novelista va tejiendo, desde las primeras páginas de esta hermosa novela, una fina y delicada urdimbre de anecdotarios de la subjetividad de los actantes que despiertan en el lector atento una sensación de proximidad y cercanía. El ayer, gracias a la maestría que demuestra Gil Otaiza en el narrar, regresa a nosotros involucrándonos en una relación de discreta complicidad con el tupido paisaje de la memoria de sus personajes. Con certera precisión el narrador funda una relación epistolar entre el bardo y su confidente-hermana que toca ámbitos febriles de estados anímicos y emocionales rayanos en el incesto. Hay deslumbrantes pasajes de esta novela que son capaces de perturbar a las sensibilidades gazmoñas y pacatas de nuestra fatua clase cultural venezolana. Una auténtica lección de hidalguía es la que nos proporciona a los lectores este atrevido e irreverente narrador finisecular. Con la coartada de narrar episodios ficticios de nuestro anémico siglo XIX, el novelista recusa los endebles fundamentos de la pusilanimidad y cobardía de la mayoría de la intelectualidad decimonónica; especialmente durante el terrible mandato de la oligarquía conservadora conocido con el remoquete del monagato y su prolongación por otros medios del septenio guzmancista. Con evidente carga de veracidad nuestro joven escritor rescata el perfil ético e intelectual de un Pérez Bonalde libertario, heterodoxo y casi anarquista que opta por el más descarnado exilio político antes que legitimar al palabras del narrador «payaso» Guzmán Blanco. Una hiriente lucidez va transitando ante los ojos impávidos de los lectores. La ficción narrativa de Gil Otaiza no le hace concesiones de principio al fetichismo seudohistoriográfico que exalta de manera postiza el culto al heroísmo de las letras patrias. A decir verdad no es muy abundante la sangrante honestidad literaria a la hora de abordar el tratamiento de temas de corte «histórico» en nuestra narrativa de fin de siglo. Alfredo Armas Alfonzo en su paradigmático Los cielos de la muerte resume la entereza moral del relato corto de carácter «histórico» en la Venezuela del siglo XX. Mucho desasosiego, una ansiedad nerviosa que brota a borbotones por entre las páginas de esta memorable novela de Gil Otaiza, nos convence de la epístola como terapia psicoanalítica de curación del mal de la lucidez poética. Porque qué duda cabe, si juzgamos por los datos absolutamente inéditos (por lo desconocidos) que nos entrega el escritor. El poeta recupera su patria en la recreación de su lengua materna. Muy dolorosa le resulta su lacerante condición de transterrado por sus ideas políticas y concluye que la verdadera patria es la lengua en que se nace. La voz del novelista se metamorfosea y reverbera en una pluralidad de voces superpuestas en el ceñido tejido narrativo de Una línea indecisa. Un inobjetable logro literario de indiscutible brillo poético es el que alcanza esta magnífica novela que resalta el tejido como metáfora de la escritura que rescata la nitidez esencial de lo auténtico del brumoso devenir de los tiempos que corren.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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