La pregunta, por ser demasiado obvia, brota desde el principio mismo de nuestra disquisición: ¿Qué es un intelectual? Se trata, naturalmente de un individuo relativamente privilegiado; ¿una casta, una clase, un estamento, un sector, un segmento social?, que ocupa un destacado lugar dentro del andamiaje supraestructural de la sociedad, seres que se destacan notablemente por su originalidad en los enfoques y el tratamiento analítico-reflexivo que le dispensan a grandes y candentes temas que afectan directa o indirectamente al conjunto de la sociedad. Dentro de ese amplio espectro inclasificable de individuos que pudieran formar parte de eso que unos y otros llaman olímpicamente «la intelectualidad venezolana» estarían, desde luego: Los cientistas, los tecnócratas, los profesores universitarios, los escritores y artistas, ciertos comunicólogos que poseen alguna destacada influencia en los vastos espacios de opinión en la prensa escrita o audiovisual; en fin, un intelectual es una persona que trabaja con la materia prima de la inteligencia, con el pensamiento imaginístico; es decir, un intelectual es alguien que trabaja con el espíritu, con la subjetividad, con imágenes, tropos y metáforas. Las herramientas indispensables de un intelectual son un inusual y riquísimo patrimonio lexicográfico, conceptual, nocional y categorial que, no es que les esté vedado a la mayoría de los ciudadanos, en su particular dominio expresivo adquiere un singular brillo. Por ejemplo, no era igual el empleo de la palabra Dianoia en la pluma del pensador irreverente e iconoclasta Juan Nuño que en boca de cualquier venezolano hijo de vecino. La palabra verbosa, no verborreica ni inflada de ripios semánticos, la lógica y natural exposición de ideas, puntos de vista, perspectivas, enfoques, visiones y cosmovisiones dichas por un intelectual le confiere al mismo un cierto aire de singularidad que le distingue de la turba, de la muchedumbre; es decir del sentido común intrínseco del ciudadano corriente. Mientras que la mayoría de nuestros semejantes, por ejemplo, que trabajan y se ganan la vida en oficios manuales: carpinteros, albañiles, choferes, despachadores en supermercados, caleteros, etc., manejan un universo cotidiano restringido de unas 600 ó 700 palabras diarias para designar la realidad que los envuelve; el intelectual, en cambio, posee y domina un lexicóm pluri o multisignificante de asombrosa capacidad denotativa y connotativa que posibilita una relación elástica y muchísimo más flexible con lo dado y lo posible de su mundo aquí y ahora.
También es incontestable que desde tiempos lejanos han existido intelectuales cortesanos que legitiman su función de seres pensantes en la práctica de la exégesis y la apología del régimen que los viste y alimenta. Por qué asombrarse si existen poetas oficiales. Todas las «revoluciones» que se han suscitado en el mundo han tenido una pequeña y privilegiada casta de poetas adulantes e incondicionales que loan y exaltan hasta el asco las «virtudes» y «bondades» del régimen dominante. ¿Quién no recuerda el papel que jugó Ernesto Cardenal y sus Cantos de Solentiname durante el esperpento seudosocialista de la «revolución sandinista»? ¿Acaso el mismo Neruda no exaltó al criminal Stalin con su deplorable Canto General? Lo que quiero decir es, sencillamente, que todos los regímenes que se abrogan para sí el monopolio de los cambios requieren y solicitan de los intelectuales, dóciles y genuflexos a sus dictámenes, una cierta disposición teórica y axiológica para justificar los desafueros que el poder está llamado a cometer en su inexorable ejercicio. No obstante, como contrapartida dialéctica, también los hay que se reconocen en la réplica mental, en la impugnación al logocentrismo ideológico, en la recusación ética y política de toda pretensión hegemonista y hegemonizante. Y es que la lógica perversa de toda gobernabilidad excluyente y sectaria despierta al intelectual anarquista que dormita en todo aquel que labora con la sintaxis del desacato y la gramática de la desobediencia, pues en Venezuela particularmente, y en Latinoamérica en general, la intelectualidad nacional siempre ha ostentado un cierto halo contestatario y desobediente. De allí que la mayoría de los intelectuales iberoamericanos desarrollen la pertinencia y viabilidad de su gestión pensante al margen de esa nomenclatura que todo lo trueca en su contrario; el intelectual prefiere trabajar distante del poder y casi siempre postula una opinión a-céntrica en el sentido pascaliano del término. Aunque suene incómodo el intelectual venezolano es un sujeto marginal y es ahora, apenas desde hace menos de dos años, cuando los intelectuales de izquierda comienzan a degustar las mieles con hiel que depara el ejercicio discrecional de la tarea gubernativa y ello teje un vínculo y nexos (intereses de índole variadas) que le atan inextricablemente con planes, proyectos y programas que biodegradan su noble función de profesional de la zapa, de topo de la realidad que desmonta los fundamentos primeros y primarios (últimos) de todo dominio. De allí su intransferible e inhipotecable condición de rara avis que surca los «apacibles», momentáneamente, cielos de la cultura carente de debate que signa la coyuntura histórica que vivimos.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.