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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Tiempo de leer 19 de noviembre de 2000 De todos los animales que conforman la escala zoológica de nuestra extraña y compleja naturaleza, solamente homo sapiens es capaz de leer las enigmáticas líneas que dibuja la mano invisible de algún errante taumaturgo en la insondable nigrus nigromántica lámina celeste. Los escritores suelen preguntarle a sus colegas, ¿qué estás leyendo últimamente? No acostumbran a preguntarse ¿qué estás escribiendo actualmente? Tal vez ello obedezca al misterioso e irresoluble carácter originario de la lectura como actividad lúdica del espíritu humano. Homo oeconomicus no lee, pues su intrínseca condición pragmática le impide regodearse en el orgiástico placer de la imaginación. Homo fabricans es la antípoda del homo poeticus. Antropológicamente, la lectura cualquier lectura hinca sus raíces en el fértil suelo de la memoria metafísica. Leer es adoptar una postura subjetiva y subjetivista de la vida y de la realidad. Yo puedo leer una palabra que fue inventada hace cinco mil años por la civilización asirio-babilónica y sin embargo esa misma palabra cuando es leída por mí por primera vez crea una impresión de asombro sólo comparable con la huella que deja un hierro candente en la piel del ganado. Por ejemplo, hace 15 años leí que en la tradición del budismo tardío, concretamente en la escuela Madyamika, existe la palabra «sarvakarmafalatyaga» como expresión que traduce el «desapego del fruto del acto». Desde que leí por primera vez esta palabra quedé como hechizado (maravillado es la palabra exacta) por el eco que generó esta enigmática palabra en mi sensibilidad filosófica. Algo similar debe ocurrirle a quienes se acercan a las cadencias prosódicas de lenguas absolutamente extrañas como el danés, el irlandés, el mandarín, el nahualt, por ejemplo. La infinita e inagotable experiencia de leer conlleva implícitamente esa capacidad de asombrarse ante cada nueva palabra que se revela ante el lector. Como cada lector es un mundo aparte dado su particular itinerario vital e intelectual, en consecuencia cada palabra, cada frase, cada étimos o raíz etimológica logra una singular resonancia en el cielo particular de cada quien. Con razón dijo el pensador griego contemporáneo Kostas Axelos en su insuperable «La pensée planetaire» que «el libro del mundo permanece ilegible e impone múltiples lecturas». Esta espléndida expresión es tan subyugante y aterradoramente bella como la del poeta siempre el poeta Stephan Mallarmé: «el mundo está hecho para desembocar en un libro». Pero debo acotar aquí que, de todas las vertiginosas páginas que componen el trágico libro del universo las que gozan de irresistible atractivo son las páginas nocturnas, no sólo por la oscuridad esclarecedora que comportan en sí mismas, sino por el esfuerzo adicional que nos exige a nosotros, azarosos lectores y buscadores de aporías dialécticas. Leer los mensajes de la noche es más fascinante que la rutinaria claridad diurna. Considerarse buen lector significa estar acreditado (capacitado) para acceder a los signos insolubles de la oscuridad elemental. ¿La auténtica luz no nace de las tinieblas de la noche? ¿Acaso la fluyente riqueza de nuestra sensoriomotricidad no desata sus esclusas más a expensas de una sabiduría nocturna que diurna? La gramática de la vida es aprehensible gracias a una disponibilidad sensitiva y racional que viene de la noche del ser, es decir de la noche del saber. Es obvio que para leer bien es imprescindible volver sobre lo leído, de allí que toda lectura verdadera es una re-lectura. No en vano decimos que leemos para recordar, para acordarnos en relación a algo específico en relación a unas reglas elementales de coexistencia entre lectores. No leemos aquello que no puede interesar a la curiosidad intelectual de lo que ocupa nuestra atención en un determinado momento. Aquello que no despierta un apasionado interés no debería ser leído; habida cuenta de que la vida es demasiado corta para los libros que merecen la pena leerse. Lo otro sería, como se dice «gastar pólvora en zamuro». O sea, invertir un precioso tiempo de nuestra corta vida leyendo algo ilegible. Deberían escribir un libro que se titulara: «Libros fundamentales que no deben leerse». Pero inmediatamente surge el busilis; es que siempre hay un problema. Quién está facultado para decir con autoridad moral e intelectual qué libro es bueno y en consecuencia debe ser leído y cuál es malo y no debe siquiera ser hojeado. Conclusión provisional, ¡claro, provisional! Como toda buena conclusión, siempre debe ser provisoria porque se imaginan una conclusión definitiva, como el Apocalipsis de San Juan. Cada quien que lea lo que le dé la perra gana leer, pero eso sí que lea, al punto que cuando salga a la calle nadie lo reconozca, sea alguien distinto. Porque si no leemos para cambiar, entonces ¿para qué leer? La escritura como prolongación de la lecturaDesde tiempos inmemoriales la especie humana, (homo sapiens) ha sentido la necesidad de esculpir en piedras, grabar en arcillas, escribir en cueros, en fin; dejar constancia, para la incierta posteridad, de su accidentado itinerario por el planeta que habita. Lo hicieron los antiguos egipcios en sus famosos papiros, lo hicieron los griegos de la alta antigüedad pre-clásica en los incunables pergaminos, acometieron este prodigioso acto enaltecedor de la vida las culturas prehispánicas en forma de petroglifos. Las milenarias civilizaciones asiáticas nos legaron espléndidos y asombrosos documentos gracias a los cuales podemos conocer la vida cotidiana y la cosmovisión celeste y terrenal de tan ricas culturas. Las antiquísimas sagas escandinavas que tan honda pasión despertaron en Jorge Luis Borges, las enigmáticas escrituras védicas que influyeron en la concepción filosófica de Artur Schopenhauer son testimonios irrevocables de cómo las «sagradas escrituras», que nos vienen de la más remota noche de la Historia, pueden gobernar nuestros hábitos intelectuales y convertirse en algo así como el substrato de nuestra visión primordial del mundo y de la vida. Cada cierto tiempo la Arqueología física sorprende la capacidad de asombro de la humanidad con insólitos descubrimientos de documentos que recogen las formas de pensar y de vivir de civilizaciones que alcanzaron altísimos niveles de convivencia y comprensión de la realidad. Los pensadores del presente realizan esfuerzos inimaginables para interpretar dichos documentos. A ese esfuerzo de interpretación documental se le denomina «hermenéutica textual». Ahora bien, siendo la escritura un proceso mental absolutamente individual e intransferible es muy probable que los escritores que tenemos como principal oficio de vida el oficio de escribir no terminemos de saber nunca, a ciencia cierta, ¿por qué escribimos? Cada escritor es en sí mismo una densa y compleja maraña de interrogaciones que se vierten, nunca del todo satisfechas, sobre el mar encrespado y turbulento de la página en blanco que dicho sea de paso desafía a cada escritor de un modo particular. Ningún escritor tiene certidumbres absolutas sobre la escritura como fenomenología del espíritu. Sobre la escritura como elevada manifestación del alma sensible no existen certezas inapelables; cada acto de escritura se fragua intrínsecamente de acuerdo a dictámenes de una determinada conciencia de escritura que refleja pálpitos, intuiciones, deseos, pulsiones libidinales, aspiraciones y expectativas en torno a temas tópicos o extraordinarios. Con esto quiero decir que para escribir no hay recetas ni prescripciones apriorísticas. Escribir no es un oficio que se enseñe así como se puede enseñar a manejar un automóvil; a escribir se aprende lógica y paradójicamente de la única manera que puede aprenderse: escribiendo. Según eso que se llama en literatura la «crítica genética», cada escritor tiene una serie de manías a la hora de confeccionar un texto escrito. Existen los escritores que escriben a determinadas horas, en las mañanas por ejemplo. Hay escritores que prefieren hacerlo de noche o en las tardes; todo depende del estado anímico del escritor o de sus hábitos intelectuales de trabajo. También existen escritores que prefieren escribir con bolígrafo o estilográfica o pluma fuente. Conozco escritores que no pueden escribir en computadoras; prefieren escribir en libretas con lápiz de tinta preferiblemente. Hasta el color de la tinta importa a la hora de acometer el trabajo de escribir. Cada quien tiene sus manías y obsesiones. Algunos optan por escribir en papel de fotocopiadora, bond base 20, otros prefieren hacerlo en libretas de texturas gruesas. Hay escritores que frecuentan papelerías a la caza de cuadernos amarillentos, pues sienten que es con ese tipo de papel es que desarrollan mejor su labor. Particularmente no tengo nada que objetarle a esas manías y caprichos de ciertos escritores que prefieren escribir con lápiz de grafito que en el ordenador. A veces voy caminado tranquilamente por la calle y de pronto me asalta una idea que repentinamente me parece particularmente importante y la anoto grosso modo en una agendita de bolsillo que siempre llevo conmigo previendo esas contingencias o eventualidades que acompañan a todo escritor que no puede hacer otra cosa distinta a escribir. Una vez que estoy en casa, con la tranquilidad y el debido sosiego que debe acompañarme a la hora de escribir, ordeno y transcribo (pongo en ideas) todo ese caudal de apuntes que voy tomando en el decurso de los días azarosos que signan mi vida de escritor. No cabe duda, escribir es para mí un «vicio» del cual ya no me puedo privar, pues a estas alturas de mi existencia sé perfectamente que no es posible dar marcha atrás so pena de morir de aburrimiento y de tedio. Tal vez sería mejor ser más preciso: si dejara de escribir, que para mí es una de las tantas caras que tiene la lectura para expresarse, moriría de hastío metafísico que no la muerte más elegante que se conozca, por cierto.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.
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