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Siglo XX: una visión personal 3 de enero de 2000 Acaba de finalizar, sin saber todavía si ha terminado, uno de los siglos más contradictorios, contrastantes y paradójicos que a la especie humana le haya correspondido vivir. Si el siglo XVIII fue el siglo de las luces, del Iluminismo, de la razón triunfante frente a la idolatría de la fe ciega medieval; si el siglo XVIII, repito, fue el siglo del advenimiento universal de la libertad, la igualdad, y la fraternidad; la conquista «definitiva» de los derechos fundamentales del hombre y del ciudadano; ¿qué representó entonces el siglo XX recientemente finalizado? Veamos rápidamente una brevísima lectura personal del siglo que acaba de quedar atrás. El siglo veinte fue el siglo de la primera revolución proletaria que se escenificó en nuestro orbe terráqueo. Octubre de 1917 escindió a los seres humanos en campos antagónicos autoproclamados «socialistas» y «capitalistas». Es cierto que con el triunfo en el país del zarismo feudal y agrario se instauró el primer gobierno obrero-campesino del planeta trayendo consigo las más luminosas esperanzas de redención emancipatoria de los desheredados de siempre. También es cierto que la utopía marxista-leninista que nació triunfante en uno de los eslabones más atrasados del sistema capitalista mundial trajo así mismo en su prometéico vientre liberador la perfecta realización de la más espantosa distopía societaria que jamás imaginó «homo sapiens» para sí y para sus semejantes. La terrible expresión goyesca: «El sueño de la razón produce monstruos», fue espléndidamente realizado por los trágicos desvaríos esquizotímicos que gobernaron las ideas y las acciones de los revolucionarios de comienzos del siglo recientemente finalizado. Una clase social inédita estrenó el socialismo autoritario de raigambre «marxista» en los países donde tuvo la desgracia de hacerse con el poder e instaurar la horrible «dictadura del proletariado». La odiosa y detestable nomenclatura que enquistó en el adiposo tejido político-organizativo del «glorioso» Partido de la Revolución. El siglo veinte inventó la psiquiatrización de la sociedad disidente y heterodoxa. Suerte de colonias penales denunciadas por Solyenignin en su patético Archipiélago Gulag y por Koestler en su insuperable El cero y el infinito. El siglo XX logró algo que aparentemente parecía imposible: que el padrecito Stalin y Herr Hitler coincidieran a plenitud en un solo objetivo planetario; exterminar todo aquello que no se le parezca. Pero henos aquí estupefactos ante la posibilidad real de que la tragedia no haya terminado del todo y aún aguarde por sacudirse sus últimos coletazos para desgracia de nosotros, discretos sobrevivientes de un siglo divididos entre «apocalípticos» e «integrados»Umberto Eco dixit. El siglo XX fue testigo excepcional del surgimiento de una irreversible al perecer tendencia a la planetarización del pensamiento; lo que durante por lo menos cinco o seis siglos continuos fueron discretos nichos epistemológicos, gradualmente, se fueron convirtiendo en ejes transversales y en zonas de confluencia que dio pie a la aparición de pensamientos de «fronteras». Aquí, justamente, los prefijos meta, post, trans, se erigieron en corrientes snobistas tanto en el ámbito científico como en los campos de la reflexión estética y literaria. Harto en prodigios y en sueños, casi en mitad de siglo, la famosa Universidad de Nanterre dispuso las condiciones subjetivas para la irrupción de una de las revueltas más hermosas que la razón idealista y ensoñadora de la juventud iconoclasta. Mayo del 68 fue una pequeña demostración de lo que es capaz el ansia de ser uno mismo, sin cortapisas ni esclusas de ninguna índole. Vietnam, Laos, Kampuchea, el Frente Polisario, Eritrea, las llamadas guerras de liberación nacional, el foquismo guerrillero en América latina, el guevarismo suramericano, el ultraradicalismo universitario y las tristemente célebres tesis teóricas del dependentismo y tercermundismo cepalista fueron pretextos unos más otros menos para ocupar la escena pública y los siempre codiciados espacios sociales de intervención de los sujetos políticos. Siempre, desde el púlpito eurocéntrico la razón occidental terminó produciendo cortocircuitos en la desvencijada estructura mental de quienes nos acostumbramos a ceñirnos a hábitos rígidos de pensamientos cotidianos y también trascendentales. En los EE.UU, Noam Abraham Chonsky, alzó dignamente su voz de intelectual ácrata ante los desafueros del imperio salvando así el rasgo distintivo de la «dialéctica negativa» que enarbolaron los artífices de la Escuela de Franfurk. Jean-Paul Sartre, después de hacer lo propio y recorrer un contradictorio itinerario, se convertía en el adalid del intelectual comprometido con las causas revolucionarias de los pueblos que se inmolaban por su liberación de la opresión neocolonial. Todo para terminar redactando un testamento anarquista publicado en la revista «El viejo topo» donde se arrepentía de gran parte de su ardiente parado «marxista». ¿Volteretas del típico intelectual-filósofo comecandela del pasado siglo? Jacques Lacan, en trance de poseído por una endemoniada lucidez epistemológica, ponía un niple teórico al formular el aún hoy enigmático «principio de sincronía o coincidencia recíproca». Y Wilhem Reich con su «Psicología de masas del fascismo» nos ayudó a comprender, por fin, muchas de las razones por las cuales no queríamos convertirnos en hombres libres de la servidumbre voluntaria. Como dije al principio de estas brevísimas e intempestivas líneas, puede que transcurran unos cuantos años más del siglo XXI, que ahora comienza, para verdaderamente dejar atrás las rémoras del XX. Porque, a decir verdad, nunca el hombre estará auténticamente reconciliado con el siglo que le toca vivir si no se ha convertido en genuino dueño de sí mismo. Dicho esto sin ningún sesgo metafórico, por supuesto.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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