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El Delta, terra incognita

Rafael Rattia

Miércoles 13 de diciembre de 2000

Una alucinante geografía de acentuados contrastes y de caleidoscópicas luminosidades inauditas definen la terrible belleza acaudalada en 40.200 Km2 de vegetación, humedales, caños y tejidos de aguas multiplicados que insistentemente van a parar a la mar océano.

El Delta del Orinoco es tierra de infinita riqueza, de cauda incuantificable, de inestimables riquezas ictiológicas y reservorios madereros aún no inventariados exhaustivamente por la ciencia forestal. En su seno se cobijan las más asombrosas reservas florísticas y faunísticas con que cuenta Venezuela. Bajo los influjos del asombro y de la maravilla, el Almirante Cristóforo Colombo creyó estar en el Edén o en el Paraíso Terrenal cuando vióse hechizado por las rutilantes bondades naturales y humanas de esta Tierra de Gracia.

No es osado admitir que el Delta posee una de las reservas hídricas más importantes de Sudamérica e incluso del mundo lo cual le hace merecedor de una política de protección y resguardo ambiental acorde con leyes ecológicas internacionalmente sancionadas por las naciones más celosas de su patrimonio ecosistémico. No obstante, de los recursos naturales que convierten al Delta en tierra de prodigios y de promisión nada como su gente, sus habitantes. Desde los albores de su lento y accidentado poblamiento, el Delta ha experimentado un ceñido proceso de implantación socio-demográfico en el que han concurrido factores étnicos y culturales de disímiles procedencias geográficas. Si hemos de creer por ciertas las teorías socio-históricas predominantes, si le damos crédito a las perspectivas historiográficas de la tradición epistemológica regional, la deltanidad es una hechura de la margariteñería. Quienes sostienen esta tesis se basan en las primeras oleadas migratorias de población criolla que arribaron a Tucupita hacia 1848.

Estimo que con la llegada al Delta de los primeros contingentes de familias árabes, especialmente libanesas y sirias, su capital Tucupita experimentó un inusitado impulso significativo en cuanto a su desarrollo económico comercial. No es nada desdeñable la presencia del componente Atlántico en la conformación de la identidad regional deltana; no es posible ignorar el impacto sociológico de la extranjía guyanesa y trinitaria, por ejemplo, en la formación de ciertos atavismos gastronómicos locales. La contribución cultural de estos grupos sociales es innegable y amerita su exacta ponderación. Cuando los historiadores del futuro realicen el inventario de saldos de este ámbito discreto de la Historia del Delta emergerán no pocas sorpresas para las nuevas generaciones de deltanos.

Por más que sea, no podemos ser mezquinos y olvidar el inestimable aporte que han realizado españoles de noble estirpe y de magna estatura moral e intelectual. Sin ellos no habría avanzado el Delta hasta niveles que hoy exhibe con especial orgullo.

El Delta conjuga una delirante belleza natural con la hospitalidad de su gentilicio de singulares afectos fluviales. Sin la receptividad y atención que caracteriza a los habitantes del Delta profundo la pródiga naturaleza deltaica (el Delta adentro) no sería más que agua, Sol e intemperie. Es ese Delta lleno de sorpresas y ensoñaciones que nos emplaza a renovar el compromiso con su futuro y su destino; por que hemos de ratificarlo una vez más, nuestro sino está inexorablemente ligado a los avatares de esta terra incógnita destinada al esplendor, al alba y la alborada. El Delta irradia magicismo por doquier, todo el Delta es una magia inagotable, perenne habría que decir, que se prolonga y se extiende más allá de sí mismo. De la belleza maravillante que brota de las entrañas del Delta como un enigma, surgen benditas estupefacciones capaces de sumergirnos en mares de éxtasis. El Delta es mi angustia y mi alegría, mi naufragio y mi salvación; por él voy al perfecto dolor, es mi ciudad doliente y mi impasse existencial. Quiero y amo al Delta con la pasión y la fuerza de un telurismo innominado, mi exilio atormentante, mi elección metafísica y mi élam vital es, mi vívida muerte, mi Delta enlagrimado, mi desespero y mi gesto sacrificial. Así es mi Delta emocionado y feliz, esa música secreta que me convoca a aventuras sensitivas de inefables honduras.


Rafael Rattia en La BitBlioteca

Rafael Rattia es Historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.

http://usuarios.iponet.es/casinada/xrattia.htm



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