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Cicuta tibia

Cuitas de un escuálido

Alejandro Ruiz Iriarte

Caracas, 26 de diciembre de 2002, http://www.unasolapatria.org

Arcadio Rubio Lozano es, en franca contradicción a sus apellidos, un moreno macilento nacido el 23 de enero de 1958, que ingresó a la administración pública en 1974. El 7 de diciembre de 1998 pidió la baja por razones de salud, se desempeñaba como Jefe de Servicios II en el Ministerio de la Mujer, amparado en un certificado médico que determinaba entre otras cosas: «...Sujeto aquejado de pan-hipopituitarismo crónico, manifestado en un hipotiroidismo en fase de cretinismo...». Por lo que en febrero de 1999, gracias a la ayuda de un compadre muy influyente, pasaba a engrosar la nómina de los jubilados de la Administración Pública.

Superando su cuadro clínico, a la fase de cretinismo me refiero, convirtió en dólares la totalidad de las prestaciones sociales, las que acumuladas a unos «ahorritos» (también convertidos en dólares), lo hizo dueño de un pequeño capital cercano al cuarto de millón de verdines de Sajonia, a decir del inolvidable José Ignacio Cabrujas.

El futuro de Arcadio estaba asegurado. Entre la pensión y los intereses que percibía de las divisas colocadas a plazo fijo en un banco de EE.UU., sus ingresos mensuales no bajaban del millón y medio de bolívares. Y la diosa Fortuna lo siguió mimando, ya que debido a la demagogia populista de Chávez su pensión se vio incrementada en un 30%. Así se lo manifestaba a quien quisiera oírle en la cola del Banco Provincial en el que tiene su cuenta de ahorros. Allí es donde lo conocí, entablando una cordial relación, gracias a la cual hoy puedo contar su historia.

Hacia finales de 2001 vendió el apartamento en el que vivía. Esta vez no cambió el dinero obtenido de la venta, sino que lo colocó en un plazo fijo, con lo que sus ingresos mensuales se incrementaron en un millón doscientos mil bolívares, por lo que no dudó en alquilar un apartamento en Caurimare que rentaba ochocientos mil bolívares. Aprovechando la liberalización de la tasa de cambio convirtió sus dólares en bolívares y compró un local en un centro comercial, para instalar en él una venta de computadoras, la que abrió en abril de este año.

Allí comenzó su declive.

Hacerle frente al pago de la hipoteca, del condominio, de los impuestos municipales y a la compra de mercancía a crédito, comprometieron su patrimonio, aunque con la esperanza de que con las ventas navideñas compensaría los gastos y se repondría del aprieto en el que estaba metido. Contaba también con su clientela, escuálida como él, la que no reparaba en gastos. Estando entre escuálidos su negocio devino de la noche a la mañana en un centro de conspiración, y por estar más interesados sus clientes en conspirar que en comprar las ventas mermaron. Ya para octubre se retrasó en el pago de la hipoteca y del condominio. En noviembre le llegó la notificación del pago de los impuestos municipales, la que decidió ignorar hasta el año que viene. La factura del teléfono experimentó un incremento astronómico debido a la cantidad de llamadas a celulares realizadas, en labores conspirativas, por él y sus amigos.

Y el 2 de diciembre la Cámara Venezolana de Centros Comerciales ordena el cierre de todos los centros comerciales.

Y Arcadio y sus amigos de reunión en reunión, de marcha en marcha, de cacerolazo en cacerolazo.

Hoy me lo conseguí, más macilento que nunca, en la cola del banco maldiciendo contra Chávez, diciendo que ese maldito lo había quebrado, que el 6 de enero debía pagar más de cien millones de bolívares y que en la cuenta solo tenía el monto de su pensión, debiendo además dos meses de alquiler, los que para enero serán tres, y que tenía cortada la luz y los teléfonos del negocio.

—¿Y qué vas a hacer? —le pregunté.

—Liquidar el negocio y tratar de salvar lo más que pueda —fue su respuesta—. ¡Coño!, hasta tengo que entregar el apartamento e irme a Ruiz Pineda pa’ casa de un hermano. ¡Maldito Chávez, acabó con este país! —fue lo último que atinó a decir antes de dirigirse a la taquilla.

En la cola los parroquianos se condolían de la desgracia de Arcadio, estando todos contestes en que Chávez hundió a Venezuela.

Al ver a un atribulado Arcadio salir del banco, no pude evitar acordarme de Carlos Ortega vociferando:

—¡Ni un paso atrás, cien para adelante!

Serán más de cien los pasos que tendrá que dar Arcadio para mudarse de Caurimare a Ruiz Pineda.



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