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Cicuta tibia ¿Vendrán tiempos peores? Caracas, 18 de abril de 2003
Ello sí era posible en el seno de una sociedad como la que comenzó a desarticularse a partir de diciembre de 1998. Una sociedad en la que importaban poco los valores y los principios, en la que se los tenía por un estorbo, en la que se los adulteró de tal modo que el «todo vale» fue tenido por Dogma de Fe. En una sociedad como esa estaban dadas las condiciones para que florecieran «talentos» como el antes citado o como el de Ángela Zago. En una sociedad como esa se aplaude a rabiar, teniéndose por una genialidad, que un Zapata orqueste un espectáculo como la «Marcha de los pendejos», y que cuente además con el respaldo del 90% de la intelectualidad del país. Artistas e intelectuales manifestando contra la corrupción. ¿De cuál corrupción?, visto que el 90% de los que desfilaron, de una manera u otra, estaban incursos en actos de esa índole, los que en virtud al «todo vale» devenían en pura viveza criolla. Estando todos contestes (¿o confundidos acaso?), que nada de malo tenía que la Presidencia de la República encargara cuadros a un artista, los que luego serían obsequiados a dignatarios extranjeros. Era también considerado totalmente normal que el artista determinara el precio del cuadro, sin que nadie se molestase en solicitar algún baremo para determinar la cotización de la obra en el mercado. Nada de anómalo tenía que se le incluyera en la comitiva oficial que debía viajar al exterior con el Presidente, para que de esa forma el «creador» tuviera el «honor» de entregar personalmente su obra. Así como considerar muy normal que el Ministerio de Relaciones Exteriores se convirtiera en el «marchante» de artistas (solo de los afectos al Gobierno de turno), propiciando importantes exposiciones en el exterior, documentándolas en lujosos catálogos, con lo cual los cuadros adquirían mayor valor en el mercado interno, dejando así mismo de cotizarse en bolívares para ser cotizados en dólares. Todo lo cual contribuía a que se incrementara la clientela, en la que sobraban ministros, familiares de ministros, amigos de ministros y adulantes (de ministros, de familiares de ministros y de amigos de ministros). Tampoco debe sorprender que gran número de esos artistas fueran personas íntimamente vinculadas con la izquierda insurrecta de los año 60 del siglo pasado. Para desarticular esos vínculos, a partir de 1970, el «Sistema» desató una campaña de «ablandamiento», con la que poco a poco aun los más recalcitrantes entendieron que debían ser críticos y cuestionadores, pero no en demasía. ¡Por favor! Razón por la cual el cuestionamiento y la crítica fueron perdiendo fuerza y alcance de manera directamente proporcional a cómo el Sistema «atendía» y «entendía» las «necesidades» de intelectuales y artistas. De una exposición consagratoria en cualquier museo, a una condecoración «Andrés Bello» en su Tercera Categoría. De una «Francisco de Miranda», a un Premio Nacional. De un Premio Nacional, a una embajada o a una agregaduría cultural. Todo valía para que los más conspicuos izquierdistas se dieran cuenta del error que representaba negarse a aceptar que el progreso de la humanidad pasaba obligatoriamente por aceptar el capitalismo y el libre mercado. Qué duda cabe que fue un trabajo bien planificado y aun mejor realizado, como lo evidencia el hecho de que tras la masacre del 27, 28 y 29 de febrero de 1989, solamente tres artistas plásticos abordaron el tema en sus obras. Tres trabajos silenciados por la crítica, a pesar de que uno obtuvo el Primer Premio del Salón de la Joven Fotografía de ese año. No pregunten de qué lado están hoy esos artistas. Ciertamente que no están en las filas de la Revolución, lo que después de todo es menos infamante que andar metido en eso que se ha dado en llamar «Gente de la Cultura» o, lo que es lo mismo, una excrecencia de «Gente del Petróleo». Artistas e intelectuales que después del 6 de diciembre de 1998 actuaron como estaban acostumbrados a hacerlo, tanto más que en ningún momento calibraron el alcance de lo que estaba sucediendo. Como lo hacían cada cinco años, durante el año siguiente de haberse constituido un nuevo Gobierno, prepararon algunos papeles de trabajo que repartían entre amigos y conocidos, para que ver quién podía hacerlos llegar a alguna instancia cercana a Chávez. Lograron incluso, dentro del marco de la Constituyente Cultural, que el mismo Chávez se reuniera con ellos en la Sala José Félix Ribas, encuentro planificado por Alejandro Armas a la sazón Presidente del CONAC. Y por qué dudarlo, en la primera fila de la José Félix Ribas estaban sentados Pedro León Zapata y Sofía Imbert, los dos ligaditos que dicen en Radio Tiempo. Y también por qué dudarlo, el 95% de los presentes (que habían desbordado el aforo de la sala) fueron allí para hacerse oír, para exigir y para pedir. No estaban allí para escuchar, ni para dar, ni para contribuir. Ese 95 % estaba convencido de que un cambio era impostergable, pero siempre y cuando los privilegios no fueran cuestionados y mucho menos cercenados. Poco tiempo después despertaron ante una cruda y dolorosa realidad. Tenían ante sí un Gobierno que escuchaba al sector, pero que en materia de cultura tenía otras prioridades que la de estar manteniendo parapetos tras los cuales se ocultaban las miserias de políticas culturales concebidas solo para el disfrute de las elites, para enriquecer a unos pocos privilegiados. Hasta allí llegó la luna de miel. Ya no había ministros, familiares de ministros, amigos de ministros, aduladores de ministros, familiares de ministros y amigos de ministros, para andar comprando cuadros al precio que fuera. Para ordenar series limitadas de litografías o serigrafías. Para publicar lujosos libros a los que únicamente tenían acceso muy contados mortales. Muchos de los grandes coleccionistas habían huido del país, algunos de los cuales dejando detrás de sí ingentes deudas con marchantes de arte y artistas. Cientos de seudo empresarios tuvieron que cerrar sus mamparas, con lo que el mercado del «arte basura» se vio seriamente afectado, lo que a su vez ocasionó el cierre de un gran número de «galerías». Una de las grandes mentiras de Venezuela había quedado al descubierto, aun cuando para los afectados lo único cierto era que Chávez estaba acabando con la cultura. Ante esa circunstancia, qué podían hacer Zapata y tantos otros artistas e intelectuales que no fuera hacerse solidarios con sus mecenas y comenzar a conspirar. Lo hicieron sin ocultarse, a plena luz del día y contando con el respaldo de los medios de comunicación social, lo que no dudo les perjudicó grandemente, puesto que al estar ausente lo prohibido la conspiración pierde tono, carece de músculo y se convierte en caricatura de sí misma. Esa falta de «punch» quizás también se debió al terrible aburguesamiento que se apoderó de quienes otrora se jactaban de pasar hambre antes que humillarse frente al sistema. Gardel cantaba que «20 años no es nada», pero más de 30 como que sí son muchos, lo que se evidenció en la falta de músculo que demostraron al reemprender lo que antes era rutina. Aunque no todo ese notorio reblandecimiento pueda achacársele al aburguesamiento, sino también a que la sociedad en la que se acostumbraron a vivir se había cretinizado (de lo que ellos en parte son responsables), no quedándoles otra alternativa que ser mucho más «light», rebajar el nivel del discurso y echar mano de payasos mediáticos que hicieran comprensible las cuatro vaguedades que lograron instrumentar como respuesta a un Gobierno que culpan de estarlos dejando en la ruina. Lo que para ellos no es otra cosa que estar arruinando a toda Venezuela. Y de esa premisa nacieron todas las urgencias. Urgencias que los llevaron a involucrarse en un golpe de Estado, lo que no sería tan grave si después no hubiesen tratado de justificarlo a como diera lugar. Urgencias que los llevaron a desgastarse apareciendo en cuanta marcha y concentración propiciara la Coordinadora Democrática, elaborando además los guiones de cualquier «Súper Sábado Político Sensacional» que se escenificara en calles, avenidas o autopistas. Ninguno llegó ni remotamente a tener el brillo de la «Cátedra del humor», la que Zapata trató de relanzar en el Hotel Caracas Hilton con el «pronunciamiento» del coronel Pedro Soto. ¿Quién lo recuerda? Urgencias que los llevaron a rendir tributo en la Quinta «La Esmeralda» a Carlos Ortega, Carlos Fernández y Juan Fernández. En la primera fila Zapata y Sofía, quienes junto a otros tenían la Bandera de Venezuela puesta sobre sus piernas, ¿acaso tapaban sus vergüenzas con ella?, al tiempo que les gritaban ¡valientes! (habían jurado «Urbi et Orbe» jamás huir del país, así sus vidas corrieran peligro) y acompasadamente coreaban: «¡Ni un paso atrás, fuera!». Urgencias resumidas en esa consigna, que dadas sus múltiples implicaciones, psicológicas, sociológicas y semiológicas aún no han podido ser objeto de sesudos ensayos, ni analizadas con el detenimiento que ameritan. Aunque muy a la ligera me aventuro a afirmar que a la postre será tenida como el non plus ultra de la torpeza. Es más, si aún a los Zapata & Cía. les queda algo de credibilidad deberían convencer a su gente de no seguir usando ese eslogan. ¿O es que acaso no se han dado cuenta de lo que en realidad entraña? Nadie les habrá dicho que vean el vídeo de la estampida del Palacio de Miraflores y que al tiempo que lo ven repitan una y otra vez: ¡Ni un paso atrás, fuera! habrá de llegar el momento en que suene: ¡Fuera, ni un paso atrás! ¿No será esto lo que con su gestualidad expresaban en su huída Patricia Poleo, Marta Colomina, Guacaipuro Lameda, Rafael Marín, Molina Tamayo?, y tantos otros que les acompañaban en la desbandada. Y el 14 de abril de 2003, tras casi dieciséis meses de haber acumulado fracaso tras fracaso, Zapata se niega a rendirse ante la evidencia de que estos son nuevos tiempos. Y que en ellos ya no mandan quienes los protegían, que lo que tuvieron por cultura ha perdido vigencia, que quienes consumían lo que ellos producían ya no disponen de recursos para cubrir esos menesteres. Y por sobre todo, que se anotaron en el bando de los perdedores. Por lo que con la ironía pretende conjurar la «pava» que se ha cebado sobre ellos y sus proyectos. Pero la ironía no habrá de ser suficiente para impedir que los tiempos peores que temen los alcancen. Y ellos se harán presentes el día en que todos estos artistas e intelectuales, por mera higiene mental y no por otras razones, sean borrados de la memoria colectiva. El día en que se puedan pronunciar sus nombres sin que se sienta rabia o desprecio, únicamente indiferencia. |
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