Voceros y más voceros, declaraciones y más declaraciones, globovisores y más bobovisores, pero la información no aparece por ningún lado. La niega el periodista al servir de intermediario de comunicados proselitistas, manifiestos insurreccionales y propagandas de agitación social. La censura el medio al reducir la libertad de expresión a la reproducción monocorde de la misma noticia, bajo diferentes enfoques, ángulos y puntos de vista; la cadena redundante de la oposición sensacionalista. La tergiversa el portavoz o la fuente al magnificar sus triunfos, y minimizar los del bando contrario. La condiciona el editor al intercalar opiniones desfavorables al paro con imágenes de autobuses vacíos, ciudades fantasmas y negocios cerrados; el clásico contraste malintencionado del reporterismo palangrista. La coarta el redactor al omitir el por qué de los acontecimientos en pleno desarrollo. La distorsiona el rumor, el chisme, el eco intolerante, el runrún de la frivolidad sin complejos, el ruido de sables, el grito desesperado, el estruendo metálico de la cacerola. Finalmente, la suspende la huelga de verdaderos eventos. A falta de ellos, somos testigos de simulacros planificados, calculados, y proyectados por la regencia de la virtualidad mediática. Cambio cinco paros instigados y decretados, por un hecho inesperado, espontaneo e imprevisto como la toma de Caracas el 13 de abril.