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Borges me salva de una insolación El Nacional, lunes 28 de febrero del 2000 Hay demasiada luz en el Caribe. También hay demasiada superficie allí, en ese mar interior o Egeo mestizo, que igualmente se identifica como escenario de acontecimientos irregulares y sorprendentes. Intento más bien presumir de cierta predestinación geográfica, que tiende a adelgazar ese paisaje hasta ir reduciendo sus elementos a un espesor irreal, casi incorpóreo. Hay instantes de contemplación en esas costas, cuando es posible presentir que el escenario se apagará de un momento a otro; de la misma manera que la melodía de un bolero nos comunica la impresión, nada más que un breve erizamiento de piel, de que no es música lo que verdaderamente escuchamos, sino una exteriorización mucho más ligera y volátil, que apenas se sujeta con las uñas a su sustento armónico; pronta a desvanecerse antes de haber cavado con mayor insistencia en la memoria. Tenemos, que la mayor parte de esa superficie es agua. El resto, se presenta como una abundante generación de islas de variada extensión, esparcidas delante de una línea de costa continental, la mayor parte de la cual da lugar al litoral de Venezuela. Allí, se abre para el subcontinente la puerta de ese mar caliente, con sus archipiélagos casi puramente decorativos. Estas fueron las primeras tierras que avistaran los españoles, al término de su imaginario viaje a las indias occidentales. El descubrimiento de esa comarca oceánica imprevisible, el cuarto mundo funambulesco puesto en estampas por Teodoro del Bry, de cuyas dimensiones verdaderas aquellos marinos bisoños y sedientos no tenían la más ligera idea. Es la costa venezolana, habitada por los inquietos y difamados indios Caribes, y su cerramiento insular, semejante al resultado impredecible de un golpe de dados que ya no es posible devolver. La contemplación detenida de esas concreciones de la luz, rayó para siempre el sentido de la vista y un poco la mollera del descubridor, cuando aún estaba convencido de haber llegado al lugar del paraíso terrenal; y fueron estos pasadizos laberínticos, los que impidieron de varias maneras que el bloqueo español pudiera llevarse a la práctica, según los propósitos más bien ilusos de un rey lejano, a quien jamás le fue posible contemplar por sí mismo los colores del más providencial y quimérico de sus tesoros. Por esos vericuetos, se consumó la entrada y salida de mercaderías extranjeras hacia y desde el continente, al tiempo que las bibliotecas de los criollos caraqueños se surtieron con los productos de una literatura y una filosofía que ignoraban los index y desafiaban las excomuniones. De esa manera, la razón y las luces penetraron a la más desasistida de las colonias americanas, y sus habitantes iletrados pronto llegaron a sustituir el fanatismo por la rebeldía. Asuntos de esta naturaleza, reaparecían con frecuencia en los umbrales de los años sesenta, cuando, después de diez años de gobierno militar regresivo, sobre todo en lo que atañe al pensamiento, un primer ejemplar de Ficciones de Jorge Luis Borges, apareció súbitamente entre nosotros. Alguien lo trajo desde el Sur enigmático, y al momento, esas páginas se convirtieron en una suerte de digresión inesperada e inquietante, en medio de nuestras lecturas habituales. Borges, estaba allí a la vista, pero igualmente podía encontrarse en algún otro siglo o formando parte de en una inexistente geografía. El mismo, estaba convencido de que la literatura procedía de los libros. Pero entonces íbamos sobrecargados de realidad. Realidad espuria, confeccionada a la medida de ciertas utopías autoritarias. En realidad, ignorábamos que éramos víctimas de una insolación; lo que nos impedía llevar a cabo esa aproximación ardiente con la realidad objetiva, a la que aspirábamos como el acatamiento de una obligación superior. Para el escritor recién llegado, la biblioteca era su cápsula del tiempo. El dedo en el botón, contenía el impulso suficiente para alterar el curso de las civilizaciones, partiendo de un presente puramente formal y predecible. Mientras tanto, cierto temblor inconfesable, nos recordaba que el libro había sido impreso en 1944, mientras el más prestigioso de esos cuentos, el «Jardín de los senderos que se bifurcan», procedía del 41. Ello nos obligaba a aceptar la evidencia de un Borges real, profundamente arraigado en la circularidad de un universo, hijo de la ficción como cualquiera de nuestras fábulas originarias y emblemáticas, pero alimentado por otra sangre, generador absoluto de sus leyes internas y sus adivinaciones respecto al lenguaje. En ese momento, nos reconfortaba imaginar que el fenómeno sólo podía haber provenido de un origen exótico y haber irrumpido por impulso propio en un continente innominado y en una edad menos propensa al compromiso. ¿Era Borges un americano? Era fácil descubrir de una ojeada, que la ficha respectiva no se correspondía con los requisitos exigidos por la ortodoxia cívico literaria de esos años. Muchos de aquellos, ignorándolo hasta cierto punto, fuimos compañeritos nostálgicos y vergonzantes del comisario y el burócrata. Borges, debía ser cuando menos un error o una definición equivocada, que contrariaba cualquier proyecto de altruismo ideológico o de benevolencia nacionalista. De todas maneras, presentí, en esas primeras lecturas, los registros de un instrumento, cuyas sonoridades imprevistas creaban infinitas duplicidades y dimensiones temporales multiformes, de las cuales la literatura oficial no nos ofrecía antecedentes. El sueño era la materia a tratar. Lo fantástico, constituía una manera eficaz y precisa de establecer lo real, una vez desplazadas las limitaciones impuestas por una literatura de programa. Más allá, Borges, esculpía directamente en el azar, pretendiendo extraer de los hechos fortuitos, las figuras de un realismo angustiante y feroz, que sólo podía sobrevivir entre líneas, en medio de la fugacidad de la página. El lenguaje, la interioridad del adjetivo, la conducta precisa del verbo mediante lo cual nos fue posible compartir el aire del lugar donde nos encontrábamos con los personajes de sus relatos, tranquilizadoramente humanos y en ocasiones recatados y humildes, peregrinos de una búsqueda sin metas ni trofeos, fue la contribución borgiana esencial, a la perfectibilidad del idioma. Mientras tanto, la herencia que se nos encomendaba mantener, las tradiciones nacionales, consistía en un anaquel viejo, donde unos cuantos legajos estaban siendo consumidos por el polvo; de modo que si soplábamos por encima íbamos a ocasionar una descarga de toses bronquiales en un cuarto cerrado. Borges debía pues aguardar en el recibidor, lo mismo que el médico de familia, mientras se pone en orden el cuarto del enfermo. Después, hubo que esperar el paso de casi dos décadas (en algunos aspectos, inexistentes) para que en las noches caraqueñas, viéramos pasar al general Juan Domingo Perón, conduciendo una de aquellas desguarnecidas motonetas, que salieron de las pantallas del neorrealismo italiano. Se apeaba el expatriado general en una esquina, frente a una venezolanísima arepera y pasaba al interior del establecimiento, como un ciudadano de diario que no espera nada en especial, pero que era recibido por los trasnochadores con aplausos y vítores. Todo irreprochablemente casual y sorpresivo. Aunque la jocosidad de la escena, hoy, hubiera podido dar lugar a un número concertante, en un musical de Broadway de bajo presupuesto. Aunque la entrada fortuita de Borges en la década efervescente y milagrera del Caribe, perteneció en su casi totalidad al silencio, la izquierda reiterativa y epidérmica lo señaló desde un principio como su enemigo puntual. Borges=defección. En la farsa mimética de los sesenta-setenta, la condición inmanente del escritor traía consigo el peso de la culpa. Vigiladlo. Un día traicionará. Por la autoridad de este código, Borges era el apóstata de una fe que no profesó nunca. De todas maneras, la sentencia debe haber quedado redactada pero no llegó a ejecutarse. Al margen quedó apenas una anotación, que en ciertos momentos pretende recobrar el aliento; Borges, argentino, fabulador, políticamente insuficiente. No tuvo que pasar mucho tiempo, sin que me diera cuenta de que Tlön era más real que Caracas. La algarabía callejera, que muchos incautamente contribuimos a desatar en las décadas desmelenadas del 60 y 70, nunca hubiera podido sustituir al orden y la lucidez que reinaban en aquella estructura ideal, vasta y multiforme del increado planeta. «Todo ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico». Una mimesis travestida en parodia, sobre un escenario recargado de baratijas. El párrafo anterior, extraído del primer relato de Ficciones, nos alcanzó como la flecha del arquero, disparada desde alguna parte del pasado, en la imperturbable simultaneidad del tiempo. Nunca podremos dejar de lamentar que Borges no hubiera recibido el encargo de contar, desde su perspectiva múltiple, la historia del Caribe y de la costa firme de Venezuela, en particular. Hoy pudiéramos decir, que otro gallo cantaría por allá, y ambos seguiríamos descreyendo del presente, pero convencidos de que el pasado no existió y aún menos pudiera regresar como censor.
Jorge Luis Borges en La BitBlioteca |
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