Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

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El carrusel de la memoria

El Nacional, domingo 21 de enero de 2001

Un correo de Elías Santana invitándonos a reflexionar, y en consecuencia a actuar, para impedir que el 23 de Enero sea enviado al cuarto del olvido por el nuevo imaginario festivo oficial, me ha conducido a la escritura de esta columna.

La invitación de Elías, siempre tan oportuno en lo que a los grandes temas nacionales se refiere, pone sobre la mesa un pequeño acertijo histórico —celebrar o no celebrar esa fecha— y viene a recordarnos lo implacables e imprevisibles que se suele ser en tierras latinoamericanas en estos terrenos del olvido y la memoria, especialmente cuando de cambios políticos se trata.

Personalmente, tuve la oportunidad —en medio de varios viajes a Centroamérica— de ser testigo presencial del modo como se fue modificando radicalmente la valoración nacional de la participación de los sandinistas en el derrocamiento de la dictadura somocista y la posterior construcción de la democracia en Nicaragua. En cosa de meses, lo que se había convertido por algo más de una década en un componente del paisaje y de la agenda anual nicaragüense —los grandes retratos de Sandino, las banderas rojas y negras del FSLN, o las grandes concentraciones para celebrar el día del asalto final a Managua—, quedó borrado de la faz del país luego de la derrota electoral de los sandinistas.

La estrategia era tan implacable que en una ocasión, alrededor de 1993, mientras asistía a un encuentro auspiciado por la Alcaldía de Managua, entonces dirigida por el hoy presidente de la República, se me ocurrió proponerle a nuestra guía, una funcionaria municipal, una visita al Museo de Sandino, allá en su pequeño pueblo de Niconomo, y recibí una respuesta negativa y contundente. Algo así como: «Ese museo lo eliminamos. ¿No sabe usted que ese señor era un bandolero?». En cuestión de meses, Sandino había sido movido de la condición de héroe nacional y apóstol de la libertad a la de vulgar salteador de caminos.

En este terreno, los ejemplos sobran. En la Cuba de Fidel existen libros de historia del cine o de la literatura nacional de donde han sido cuidadosamente eliminados obras y autores previos a la Revolución que posteriormente les resultaron incómodos al régimen. Y, sin ir muy lejos, los historiadores locales nos han enseñado que cada vez que un nuevo caudillo se instalaba en Miraflores, su primer gesto era bajar —y en muchos casos destruir— los retratos del caudillo anterior. Gracias al desplante, importantes documentos históricos se perdieron para siempre.

En este contexto, la amenaza del olvido —por ahora— del 23 de Enero no resulta excepcional, ni tampoco reciente. Es importante recordar que con el proceso de decadencia de los partidos tradicionales, y especialmente de Acción Democrática —el que más derechos de autor cobró con la lucha antiperezjimenista—, la celebración de la fecha dejó de ser un acontecimiento cívico y popular para convertirse en un acto oficial, burocrático y repetitivo, que solo variaba por la calidad y elocuencia del orador de orden invitado.

Con el mismo desdén con el que Acción Democrática fue tratando la memoria de sus líderes fundadores, incluyendo la pereza para conmemorar el nacimiento o la muerte de Betancourt —su máxima figura—, el país entero se acostumbró a vivir la fecha como un día en el que tendría como música de fondo los fragmentos de unos militares entrados en años que le contaban a Napoleón Bravo, en tono de conversa de dominó, lo que hicieron en los últimos días del complot contra el dictador. Nada más. Ni congregaciones y lecciones históricas como las del 26 de Julio de Fidel, ni fiestas de orgullo patrio como El Grito de Dolores de los mexicanos. Ni siquiera una carnita con yuca y unas cervezas en la casa del partido, como en los primeros tiempos.

Por esta vía, cuando Chávez llegó a Miraflores ya la fecha era huérfana y el territorio del olvido estaba bien abonado. Sin embargo, la situación ahora es otra, y el dilema que se encuentra detrás del documento de Elías es pertinente, pues nadie en su sano juicio y con un mínimo de sensatez histórica puede poner en duda —salvo por mezquindad o fanatismo— que la fecha marca el inicio de la democracia que todavía hoy disfrutamos y el acceso definitivo de Venezuela a la modernidad política del siglo XX.

Pero nadie, tampoco, si se trata de ser justos con la historia reciente, debería «celebrar» la fecha acríticamente, al margen de lo que ocurrió después; es decir, sin recordar que lo que ese día se inició —la posibilidad de saborear las libertades democráticas, de lograr la unidad de los demócratas contra la amenaza militar, de construir una sociedad más justa y próspera— fue realizado sólo a medias, y luego paulatinamente abandonado y traicionado por muchos de sus protagonistas, frente a la impotencia o la desazón de otros que trataron de impedirlo.

Desconocer la fecha y actuar como lo hacían los caudillos latinoamericanos del siglo XIX y otros del XX, sería una manera más de reforzar nuestra tendencia a comenzar siempre de nuevo, a privilegiar la ruptura por encima de la continuidad —la historia comienza conmigo— y a olvidar que las grandes naciones son aquéllas que han logrado entenderse como un destino común y no como la aventura de unos pocos.

Pero la otra vía, la que podríamos llamar de celebración «inocente» del 23 de Enero, corre el riesgo de llevar agua limpia y renovada al molino de los culpables de un fracaso histórico del que todavía no logramos recuperarnos. Y corre, además, el riesgo de la soledad. Porque no logro imaginarme siquiera por un instante a millares de obreros, campesinos y profesionales celebrando entusiastas —como se celebra por ejemplo el aniversario de la Revolución Francesa— el día en que la promesa de pan, tierra y trabajo dejó de ser un lema para convertirse en una posibilidad real para Venezuela.

Prefiero, de corazón, eludir el dilema. Recordar, sí, y valorar también, pero críticamente, la fecha. Convertirla en instrumento de aprendizaje, extraer lecciones y aceptar que los acontecimientos están demasiado cerca, las heridas muy frescas, y que más adelante dispondremos de suficiente distancia histórica para que la efemérides encuentre su justa dimensión. Lo que nadie debe olvidar es que, mientras no cambie a fondo nuestra cultura política, en el carrusel latinoamericano de la memoria colectiva nadie puede estar seguro de tener su lugar asegurado.


Tulio Hernández en La BitBlioteca

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