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Sección: Bitblioteca
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La cuestión democrática El Nacional, domingo 4 de julio de 1999 Es el título de un libro, firmado por tres autores alemanes Roedel, Frankenberg y Dubiel, publicado en el invierno de 1997, y prologado en su edición en lengua castellana por el analista español Agapito Maestre. El argumento fundamental de la obra, lo explica Maestre en su texto de presentación, es demostrar que «el futuro de la política ha de ser invención constante de democracia, o el riesgo totalitario será permanente». Aunque el libro está referido a Alemania («un país con una pasado calamitoso desde el punto de vista de la democracia») y escrito en el contexto de las preocupaciones políticas europeas, con esa sentencia el analista no hace referencia a una situación concreta o a un país en particular. Su aseveración tiene que ver más bien son sus palabras con los grandes debates mundiales de carácter teórico sobre las bases políticas del futuro y, muy específicamente, con el debate entre quienes reducen la democracia a la gestión de lo común por parte de unas élites, y quienes, por el contrario, defienden la participación ciudadana para potenciar los elementos no desarrollados de la democracia representativa. Pasando por alto por obvias razones de espacio la diversidad y riqueza de análisis que el libro y el mismo ensayo preliminar nos ofrecen, hay dos consideraciones que me llaman poderosamente la atención, por su pertinencia a la hora de visualizar el curioso y delicado tránsito que vive hoy la democracia venezolana. La primera es el cuestionamiento abierto a las perversiones derivadas del «Estado de bienestar», y la segunda es la valoración creciente de la importancia de la sociedad civil y la solidaridad civil como condición para la existencia de la democracia moderna y freno supremo contra el surgimiento de cualquier tipo de amenaza totalitaria. El «Estado de bienestar», recuerdan los autores, ha convertido al individuo democrático en «un simple cliente de las ofertas del mercado político monopolizado por los partidos políticos». Frente a ese monopolio, apuntan, la única manera de devolver a la democracia su sentido original sería a través del desarrollo de una sociedad civil diferenciada y autónomamente organizada. La sociedad civil, tal como la conciben estos analistas, sería la representación legítima y «real» del poder político. Y aunque ella pueda cíclicamente doblegarse a cualquier tipo de totalitarismo incluyendo los ejercidos dentro de marcos formales aparentemente democráticos, la historia nos ha enseñado que, a la larga, ninguna de las «endurecidas» formas de ejercicio del poder muestra consistencia suficiente una vez que se reactiva la acción de los ciudadanos asociados y se restablece una esfera pública política. Allí está, como ejemplo, la sucesión continua de marcos legislativos e institucionales que van desde la revolución francesa y norteamericana hasta los movimientos de liberación contra las dictaduras en Europa y América Latina, y, más recientemente, contra las dictaduras de las burocracias comunistas. Cada vez que la sociedad civil se reactiva, muestra su capacidad para reconquistar la esfera pública frente a cualquier estructura fosilizada del poder. II Traigo a la mesa estas reflexiones no por pura casualidad. En el transcurso de la semana que hoy concluye, tuve la oportunidad de participar en un debate, convocado por el Cendes y la asociación Queremos Elegir, sobre «Sociedad civil y proceso constituyente en Venezuela», y he podido constatar que el tema recobra vigencia absoluta en el contexto venezolano. Mi percepción particular, y así lo expuse en dicho evento, es que una de las grandes amenazas de la democracia venezolana proviene no precisamente de la carga autoritaria que pueda contener el discurso y el accionar político del proyecto Chávez o de cualquier otro, menos visible, sino de la debilidad estructural de nuestra sociedad civil para actuar de manera asociada en la preservación de la esfera pública y en la conquista de la participación económica, social, política que las mayorías nacionales requieren para dinamizar la sociedad. La situación es más complicada aún. El dramático y cruento «apartheid social» el término lo aportó en la mencionada reunión el jesuita Raúl González Fabre al que han sido sometidas por tanto tiempo las grandes mayorías nacionales meros clientes pasivos de un ineficaz Estado de bienestar, hace que hoy en día el único discurso comprensible y compartido por esas mayorías no sea precisamente el de la preservación de una democracia y una ciudadanía para ellos abstracta, sino el de su redención e integración a la participación económica y social, de las que fueron hace tiempo expulsados. Por lo tanto, es más fácil que esas mayorías se movilicen ante discursos afectivos, populistas y condenatorios de esa exclusión aquéllos que los interpelan en tanto víctimas excluidas que ante preocupaciones sobre la naturaleza de la democracia y su funcionamiento aquéllas que los interpelan en tanto ciudadanos. Porque no fue solamente el sistema de partidos tradicionales, autores del puntofijismo, lo que se vino abajo. Con ellos se hizo trizas la cultura de la negociación entre cúpulas, que había signado las relaciones entre Estado y sociedad civil. Como esos virus infames que debilitan los cuerpos minando su sistema inmunológico, Acción Democrática y Copei con la ayuda del gremialismo clientelar universitario y la puntilla final del calderismo socialista/convergente no sólo se destruyeron a sí mismos, sino que arrastraron en su caída las formas más representativas de la sociedad civil organizada sindicatos, gremios, asociaciones empresariales, asociaciones diversas, dejando a la sociedad sin capacidad de respuesta, sin anticuerpos, sin plaquetas que hagan contrapeso al poder del Estado, cualquiera que sea el signo del gobierno, y reivindiquen al ciudadano, su disidencia y su representación. Para no sucumbir al autoritarismo, la cuestión democrática en Venezuela también exige reinvención permanente. Las interrogantes son grandes: ¿cómo acabar para siempre con la cultura política y la malformación ética colectiva sembradas por los sacerdotes del poder moribundo, pero aún no muerto? Y ¿cómo lograrlo sin que se instale una nueva casta en el poder, y creando por el contrario una auténtica cultura política democrática, participativa, que entienda que igualdad y libertad no son suficientes si no hay bienestar económico de la mayoría y solidaridad civil entre los ciudadanos? Como dice Maestre: «El poder se genera en los compromisos horizontales de los individuos agrupados conjuntamente, o no es poder sino fuerza». La cuestión democrática sigue siendo la cuestión.
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