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Factor fama

Tulio Hernández
thernan@ven.net

Exprese su opinión
Elián González en La BitBlioteca
El Nacional
, domingo 7 de mayo de 2000

I.

En estos precisos momentos, más de un productor de cine debe estar en Hollywood frotándose las manos, disfrutando a priori del éxito seguro de la próxima película que la vida real le ha regalado, mientras repasa una lista de títulos y se pregunta cuál será más vendedor. ¿El niño que brotó de las aguas? ¿El neumático de Dios? ¿Entre montescos y capuletos de la mar Caribe? ¿O, simplemente, ¡Elián, la epopeya!?

Mientras tanto, en La Habana, los expertos en movilizaciones de masas y el Departamento América del Norte del Comité Central del Partido deben andar igualmente en emergencia. Con los planos sobre la mesa, conciben los gigantescos pendones, las monumentales vallas y las extensas pancartas con las cuales piensan adornar el aeropuerto, la rutas que recorrerá la comitiva y, por supuesto, la monumental explanada de la Plaza de la Revolución, en donde desde ya se planifica un mitin con la asistencia de, por lo menos, dos millones de cubanos.

Lo importante, coincidirán todos, es ofrecerle a Elián —la más reciente adquisición del santuario de héroes de la patria socialista— un recibimiento inolvidable, y a los disidentes de Miami, la reprimenda y el abucheo massmediático que se merecen. ¡Que sea más vistoso que el Festival Mundial de la Juventud del 78! ¡Más televisivo incluso que la visita del Papa en el 93! ¡Que solo sea superado en el recuerdo —porque tampoco hay que perder las proporciones, dirá el jefe— por el traslado de los restos del Che al Memorial de Santa Clara!

En Miami, no lo dudemos, también se cuecen habas. Acuartelada en su modesta vivienda, ubicada en las inmediaciones de Little Havana, Marisleysis (fonéticamente tan familiar a nuestras Juleisis), la inconsolable y televisiva prima y madre provisional de Elián, tratará de obtener la mejor tajada posible de los editores que le ofrecen toda la ayuda necesaria para que escriba su primer bestseller, bajo el título de La madrugada en que odié al Tío Sam. Por su parte, los impresores de la colonia cubana han echado a andar sus máquinas, en las que reproducen febrilmente una rica iconografía donde se mezclan por igual imágenes de los crueles oficiales de la DEA apuntando al atemorizado rostro del balserito, oraciones en las que se reivindica el mensaje celestial que le fue encomendado a Elián para dárselo a la colonia anticastrista, y pinturas alegóricas realizadas por uno que otro artista naïf originario de la Isla.

Si nos guiáramos por los detalles que vimos en las transmisiones televisivas, sería fácil imaginar un cuadro de mediano formato en el que un coro de ángeles marinos trasmutados en delfines empujan con sus delicados hocicos el neumático donde, desfallecido y mecido por las olas, flota el moribundo cuerpito de Elián. A la izquierda, entre discretas nubes, se divisa la figura ingrávida y protectora de la Virgen de la Caridad del Cobre. Y desde lo alto, en el centro, la imagen clásica de Dios, con sus barbas blancas, sobre un límpido cielo azul, soplando desde la eternidad —como lo hacen los niños con los barquitos de papel— para ayudar al avance de la frágil nave y el tierno niño hasta tierra firme.

Más ciudades, sin duda, estarán en movimiento. En Atlanta, por ejemplo, los estrategas de las grandes agencias transnacionales de noticias ya habrán terminado de diseñar los dispositivos tecnológicos que les permitirán volar en paralelo con el avión que transporta a Elián en su vuelta a la patria, y captar en primicia absoluta, justo cuando la aeronave abandone el espacio aéreo norteamericano, un saludo del niño leyenda desde su ventanilla de la felicidad pródiga.

En Washington, por su parte, la señora Reno y los asesores del Presidente diseñan la jugada televisiva final, que le devolverá al equipo gobernante la paz en las encuestas y reivindicará —con tono grandioso de final feliz cinematográfico— el papel de Estados Unidos como paladín universal de la justicia, incluso cuando ésta pone a ganar a uno de sus irreconciliables enemigos, como Fidel.

II.

Elián, hasta nuevo aviso, está condenado por lo que Mercedes Odina y Gabriel Halevi, en un libro titulado de igual manera, han denominado el factor fama. El incidente del que es protagonista lo coloca, sin que él mismo lo haya elegido, en uno de los roles más deseados en la cultura global contemporánea: en el papel de famoso. Eso significa que, por un tiempo —imprevisible, como sucede siempre en estas lides—, su vida personal, íntima y real tendrá que ser permanente y sistemáticamente vendida y compartida con el público telespectador, acostumbrado a llenar su vacío y a compensar su anonimato con la contemplación cómplice y la celebración ingenua del mundo de las celebridades.

Pero la saga de Elián —como podríamos llamarla, porque se trata de un relato noticioso por entregas— ha puesto en juego, de manera harto reveladora, las lógicas coincidentes de dos culturas: la cultura de la información televisiva norteamericana, que trasmuta sistemáticamente los acontecimientos de la realidad —sea ésta la guerra de Viet Nam o la persecución judicial de O. J. Simpson— en un espectáculo capaz de transformar a cualquier persona —desde una modelo hasta un asesino— en una celebridad; y la cultura de partido único del modelo colectivista cubano, que, a través de la concientización forzada y el monopolio de los medios, convierte en razón de Estado y elemento de combate ideológico todo fenómeno excepcional que ocurra en su interior.

Ambas, a pesar de sus disputas y aparentes diferencias, han logrado la máxima eficiencia de un dispositivo común, como es el de lograr, a través de la puesta en escena y el manejo masivo de emociones, la fidelidad de una clientela y la captación de una audiencia. La operación es implacable: en el caso norteamericano, toda emoción tiene su correlato en el consumo; en el del régimen fidelista, todo sentimiento tiene su correlato en el poder. En medio de ambas operaciones, la cultura cubana, apasionada, barroca, rítmica, irrenunciablemente híbrida y sólidamente melodramática, burla ambos cercos gracias a las maravillas de la televisión en vivo, los desmayos hiperactuados de Marisleysis o los insultos que van de un lado a otro de la familia, hechos en la mejor tradición de Félix B. Cagnet, el indiscutible padre de las telenovelas. La fama tiene su precio, incluso para quien no la ha elegido.


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