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Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional, domingo 30 de abril de 2000

El Goofus Bird es, entre tantos animales mitológicos descritos o concebidos por Jorge Luis Borges, un pájaro que se caracteriza por construir el nido al revés y volar para atrás. ¿La razón? Pues que a ese pájaro no le importa saber a dónde va, sino dónde estuvo.

Gracias a esa invención borgiana, nuestro inefable Juan Nuño encontró, hace ya unos cuantos años, los argumentos suficientes como para sentenciar la existencia de una enfermedad que, a su juicio, padecía una buena porción de la cultura venezolana. Se trata del goofusitismo, mal que condena a quien lo sufre a pasar el resto de sus días —a menos que se descubra la cura— mirando única y obsesivamente hacia atrás. Nuño, a quien le gustaba el arte de aportar pruebas, encontró en la maníaca e interminable referencia nacional a Bolívar —"que si Bolívar esto, que si Bolívar aquello"— una de las mayores e incuestionables evidencias de la presencia entre nosotros de la cruel enfermedad.

Debo advertir, eso sí, para que ningún oportunista vaya a convertir post mortem a Nuño en antichavista intelectual, que el filósofo diagnosticó la enfermedad en 1990 (y el hecho fue publicado en 1991 por el Fondo de Cultura Económica, en su libro Fin de siglo), cuando Chávez todavía no pintaba nada en el escenario público nacional, el golpe militar del 92 no se había consumado aún, y prácticamente nadie podía predecir la epidemia creciente de goofusitismo que vendría años después. El implacable juicio de Nuño corría entonces todavía a la cuenta de la IV República y sus más diestros oficiantes.

Porque en asunto de tortícolis histórica, el de Bolívar ha sido uno de los síndromes más visibles y fáciles de detectar. Es una patología decimonónica que ha sobrevivido incluso al paludismo y la malaria, que ataca por igual a ricos y pobres, y que a lo largo de la historia republicana ha sido cultivada y atizada con similar intensidad por regímenes tan distintos como los de Guzmán Blanco, Gómez, Pérez Jiménez y la democracia blanca, hasta encontrar su cenit en el altar ideológico del presidente Hugo Rafael.

Es tan intenso el endiosamiento del Libertador, y en general de la legión de los próceres, que a pesar de que pasan los años, las décadas y los siglos, y mientras tanto nacen y mueren venezolanos que entregan sus vidas a grandes causas o producen deslumbrantes obras, los nombres de nuestras edificaciones, instituciones o servicios de importancia vuelven a ser bautizados, una y otra vez, con el de tres o cuatro próceres que se han convertido en la barajita más repetida de nuestra memoria colectiva nacional. No hay cupo para más.

Guzmán crea la moneda nacional, ¿cómo la denomina? Gómez llena de plazas los centros de las ciudades de todo el país, ¿y en homenaje a quién las hace? Pérez Jiménez construye, en pleno corazón de la capital, el más grande complejo arquitectónico que la Nación haya tenido alguna vez, y lo denomina ¿Centro qué? La democracia reconstruye el más importante aeropuerto internacional del país, ¿y el nombre de quién le asigna? Caldera inaugura la Universidad que iba a formar las élites técnicas de la nación, ¿y cómo la bautiza? De no haber sido porque quería asegurarse en vida su pedacito de gloria eterna, Caldera hubiese terminado bautizando como Simón Bolívar la autopista de Mérida a El Vigía, inaugurada en el último año de su —esperemos— último gobierno. Y ahora Chávez decide que a la República le falta un apellido, y en apoteosis de fin de siglo ¿a quién recurre?

Pero no es el endiosamiento histórico el único territorio del goofusitismo. La enfermedad también tiene sus costos en lo que a política electoral se refiere. La segunda victoria de Pérez no fue otra cosa que un arrebato y una ilusión colectiva de volver a estar en donde alguna vez se estuvo: en el reino de la abundancia, el consumo y la idílica ilusión de prosperidad. La probable (y deplorable) victoria de Morel Rodríguez en Nueva Esparta, quien tiene en su historia —además de otros talentos conocidos— el haber echado al piso varias iglesias coloniales de la isla, no se fundamenta en la proposición de un proyecto alterno de futuro, sino en la ilusión —compartida por igual entre taxistas y empresarios— de que Margarita volverá a ser el lugar próspero que bajo su gobierno fue.

Lo mismo ocurre con las explicaciones de nuestro fracaso histórico. No falta quien, como lo ha hecho Angel Bernardo Viso en Venezuela: identidad y ruptura, se empeñe en adjudicarle todas las culpas a nuestros antecedentes indígenas. O quienes, en una interpretación cada vez más popular, adosen nuestras ineptitudes y patologías colectivas a los rasgos miserables, a la "baja calidad" moral y genética, del tipo de colonizadores que arribó a Venezuela. E incluso, no faltan quienes encuentren la explicación en la mezcla de ambos "genes malignos", terminados de echar a perder con la presencia africana. Lo malo o lo bueno siempre queda atrás, no en el presente.

Lo curioso, y paradójico a la vez, es que no somos los venezolanos un pueblo precisamente cultivador de la historia, la memoria y las tradiciones. Todo lo contrario. Si de algo estamos convencidos, es de ser parte de una nación que ha vivido —por lo menos durante buena parte del siglo XX— deslumbrada por lo que ocurre fuera de nuestras fronteras, asimilando glotonamente y sin criterio de selección todo lo que nos viene del extranjero, deshaciéndonos, avergonzados, de aquello que nos definía pero nos colocaba fuera de la modernidad, y haciendo del olvido —estimulado desde los mismos centros de poder que promovieron el culto bolivariano— una forma de vida y una causa común que se detecta ahora en el rostro eternamente adolescente —sin pasado— de nuestras ciudades.

Por eso no hay que confundirse. El goofusitismo no es una verdadera preocupación ni una forma de sincero amor por el pasado. Es, más bien, un ardid compensatorio, una manera de ocultar un profundo temor colectivo ante el futuro, que es siempre el reino de lo desconocido, que exige arrojo, imaginación y destreza. Incapacitados de construir imágenes, modelos más o menos comprensibles, creíbles y ejecutables, de lo que queremos ser en el futuro, terminamos mirando al pasado como única certeza compartida y, en el caso extremo, a los años inmediatos, cuando el bienestar era más cercano. Como el pájaro de Borges: no a donde vamos, sino donde estuvimos.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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