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La oposición otra

El Nacional, domingo 11 de marzo de 2001

Así como hemos sostenido que junto al chavismo y al antichavismo fanáticos ha comenzado a surgir otra tendencia nacional que, por comodidad pedagógica y ganas de divertirnos, hemos denominado el anti-antichavismo —una tendencia de opinión basada en el hartazgo frente a un cierto tipo de oposición obsesiva que encuentra sus mejores exponentes en algunas monotemáticas plumas dominicales—, ahora nos parece prudente sostener que, por suerte para el país, la posibilidad de que surja y cobre forma un nuevo tipo de oposición ha comenzado a ofrecer sus primeras señales.

Una de ellas la encontramos en los puntos de vista que el sacerdote y politólogo Arturo Sosa ha ofrecido a la prensa en las últimas semanas, y que el diario Tal Cual recogiera en su edición del pasado jueves 1° de marzo, bajo un titular tan atractivo como revelador. «El Gobierno está tan despistado como la oposición», era la frase que servía de abreboca a un conjunto de opiniones que se apartan sabiamente del callejón sin salida al que nos ha ido llevando la ciega confrontación entre la manera pugnaz y errática de conducirse el Gobierno y la argumentación conservadora, inmediatista, reactiva y obcecada con que se expresan la mayoría de las voces más resonantes de la oposición.

Lo que distingue desde el principio las argumentaciones de Sosa, es que son formulabas desde la perspectiva inequívoca de la necesidad y esperanzas de cambio que sacuden al país desde mucho antes de la aparición de Chávez en escena, y de su arribo —y del MVR— a responsabilidades de Gobierno. Es decir, que, a diferencia del ejercicio que con más frecuencia realiza la oposición conservadora, lo que Sosa propone es cambiar el objeto de atención y sustituir la idea obsesiva de que Chávez es el único o el más importante handicap que tiene el país en el presente, para centrarnos más bien en la que resulta ser nuestra gran dificultad histórica actual: la falta de proyectos y estrategias de largo plazo —y de grupos dispuestos a ejecutarlos desde el Estado— que hagan realizables los cambios que, en las bases mismas de la vida social, nos exige la realidad desde hace tanto tiempo.

Esta perspectiva tiene una doble y significativa utilidad. En primer lugar, porque desmonta con claridad los engañosos mecanismos que un sector de la enferma pero sobreviviente clase política de la cuarta República ha puesto en marcha, con el propósito de conducir el evidente descontento social que crece en el país hacia el objetivo único de sacar al Presidente de Miraflores. Y, en segundo lugar, lo que resulta todavía más importante, porque al hacer el cuestionamiento político al presidente Chávez desde la perspectiva de las posibilidades de cambio que está lanzando por la borda —el retroceso en el proceso de la descentralización, la excesiva concentración de poder en torno a su figura y en desmedro de los principios de participación popular, el intento de frenar el desarrollo de un sociedad civil libre y organizada—, abre perspectivas para el surgimiento de una oposición que, al tiempo que se deslinde con claridad de la oposición conservadora y restauradora del ancien régime, insista en retomar el tema fundamental de la necesidad de una visión de país como plataforma del actuar político del futuro.

Porque, no lo olvidemos, el modo de acción «todos contra uno», «unámonos por ahora, luego revisamos las diferencias», con el cual ingenuamente se convoca a actuar a todo el que disienta de Chávez y sus acciones, ya ha dado pruebas suficientes en Venezuela de no conducir sino al fracaso. Las dio en el tan recordado por estos días 18 de octubre de 1945, con la legendaria alianza emblemáticamente liderizada por Pérez Jiménez y Betancourt; y las dio, también, en el «todos contra Pérez» de los albores de 1993. Del primer episodio es consecuencia directa la larga dictadura de Pérez Jiménez. Del segundo, la última presidencia de Caldera, catalizador y causa final de las desgracias que vivimos en el presente.

El tema del cambio y cómo lograrlo continúa siendo, por tanto, lo fundamental. El Presidente vive sumido en profundas contradicciones. Todos sabemos que arribó al poder por una muy común y legítima vía democrática electoral; pero también, que en sus pugnaces discursos, y en algunos de sus proyectos ideológico-educativos, actúa como si lo hubiese hecho por una gesta revolucionaria, por las armas. De una parte, acepta y reconoce, como expresamente lo define su Constitución bolivariana, que somos una sociedad de mercado donde se respeta la propiedad privada; pero de la otra, en sus proclamas, exhorta contra la riqueza y, muy en el fondo de su corazón de cristiano primitivo, supone que esta tiene una fuente pecaminosa: por eso piensa más en la manera de redistribuirla que en las iniciativas requeridas para generarla. Asimismo, por un lado se enuncia a sí mismo como una simple brizna de paja en el torrente de la participación del pueblo, y su Constitución promueve como ninguna anterior el movimiento popular y la sociedad civil; pero cuando tiene un conflicto con algún sector, como ocurrió con la educación privada, reacciona de manera antiparticipativa y en el tono de los comisarios adecos de antes: «Si me da la gana, les quito el subsidio».

De todas maneras, la presencia y el liderazgo de Chávez hay que entenderlos en el contexto de la tensión que desde hace tiempo vive Venezuela entre cambio y conservación, entre minorías privilegiadas y mayorías empobrecidas, entre avance democrático y restauración del viejo orden de caos y privilegios, entre pobreza generalizada y bienestar colectivo. En su cabeza y en sus acciones se va definiendo un camino que otra parte de la sociedad, distinta a la oposición conservadora, no comparte por negadora del cambio, por frenar la creación de riqueza e impedir la profundización de la democracia. Lo que ha dicho Arturo Sosa vale para el Gobierno y para la oposición: «Hasta ahora lo único que tenemos son ilusiones y deseos, pero, lamentablemente, no ha habido capacidad para convertir esas ideas en proyectos políticos». Sólo le agregaría «democráticos». ¿Estamos a tiempo?


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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