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Ruinas precoces El Nacional, domingo 3 de setiembre de 2000 I
Apenas se entra en el territorio del teatro se observa una secuencia de andamios de metal oscuro que se empinan hasta el techo del lobby principal. El mural de Soto, se encuentra ahora oculto tras una tela protectora. Los pisos de mármol, recubiertos de cartones para protegerlos del permanente desplazarse de decenas de obreros y técnicos. Y largas lenguas de plástico, blancas y negras, caen de los pisos altos, creando envolventes atmósferas y haciendo que, con la iluminación artificial y provisoria, el conjunto adquiera un aire teatral que sugiere, ya una instalación monumental a las maneras de Crhysto, ya la escenografía mínima de una de esas obras ambiciosas y desmesuradas que, periódicamente, nos visitan durante el Festival Internacional de Teatro. IIPero esta vez no se trata de un evento artístico. Lo qué está ocurriendo en estos espacios es, nada más y nada menos, que el inicio de un complejo, costoso y extenso trabajo de recuperación profunda de uno de los más importantes complejos culturales construidos en el siglo XX venezolano, que iba ya camino de convertirse, y no exagero en lo más mínimo, en potenciales ruinas. Para decirlo de manera contundente y en lenguaje médico a todos familiar: al Teatro Teresa Carreño se le ha recluido en terapia intensiva y se le está aplicando un plan de restauración que, por los volúmenes de inversión y el tiempo y esfuerzo técnico necesario para hacerlo, se le suele aplicar, por lo general, sólo a dos tipos de obras. Aquellas que tienen muchos años funcionando, generalmente más de 50, y su existencia misma se encuentra amenazada por el deterioro que el tiempo y el uso excesivo le han causado, y aquellas otras que han sido privados de mantenimiento sistemático que estas complejas edificaciones demandan como condición de subsistencia. Obviamente lo del Teresa Carreño no corresponde al primer caso, pues la intervención con estas magnitudes se ha hecho necesaria cuando el Teatro ni siquiera ha arribado a los veinticinco años de existencia. Los daños que hoy se pretenden corregir son el resultado de una larga ausencia de mantenimiento que ha contribuido a acelerar por años aquello que el tiempo y el uso inexorablemente trae consigo: el deterioro. La inversión necesaria para «no dejarlo morir», como reza el slogan lanzado por la Fundación para encontrar el apoyo necesario, está por el orden de los 14 millones de dólares. IIIPero el Teatro no es una excepción, pues si alguien quisiera entender o mejor, ilustrar qué le ocurrió a Venezuela en los últimos 30 años bastaría con que se pregunte: ¿qué ha sido de las edificaciones emblemáticas emprendidas en medio o después de los años 70, el momento épico de la Gran Venezuela, y ubicadas más o menos en la misma zona que el Teresa Carreño? La respuesta sería muy evidente: están o han estado a punto de ser ruinas precoces. Ya porque nunca se terminaron de construir como la nueva sede de la Galería de Arte Nacional; porque se dejaron afeadas e inconclusas como el Foro Libertador o el Palacio de Justicia; o porque su administración y mantenimiento han sido catastróficos, generando una Babel tropical, como en el caso del Parque Central que, paradójicamente, en sus inicios se anunciaba como «un nuevo modo de vivir donde nada se parece al pasado». Esta capacidad para generar ruinas no es un tema menor. Cualquiera que sea su causa última, el paisaje ruinoso nos obliga a hacernos preguntas profundas y sinceras sobre nuestra habilidad para el abandono. La tentación impuesta a los más diversos tipos de organizaciones y asociaciones de concentrar todos los esfuerzos estratégicos en sobrevivir y pagar la nómina puede terminar por tener un costo incalculable para el país. Como el que ya genera los retrasos y suspensiones sucesivas del edificio de la GAN o como el que hoy causa la recuperación del Teresa Carreño. En esta tentación de iniciar obras sin tener la seguridad de que se pueden concluir y en la destrucción precoz de las concluidas hay un punto de coincidencia que las autoridades y los administradores de los bienes públicos venezolanos han exhibido con fuerza especial en los últimos 30 años: la tentación del abandono. Y el abandono tanto el individual, el familiar o el colectivo es una de las formas más acabadas de la ausencia de sentido de futuro y de respeto, amor y valoración por lo que se posee. La respuesta de los «cuarenta años» ya no es suficiente. En el caso del Teresa Carreño, como en muchos otros, el hecho ocurrió frente los ojos de todos. Ahora que el Teatro intenta dejar de ser un prospecto de ruina precoz y ensaya su primera representación en grande del Ave Fénix vale la pena emprender algo así como una antropología del abandono. Sería una manera de conocernos más y de advertir, a las autoridades que ahora comienzan, cuáles son las amenazas del alma nacional más allá de sus buenas intenciones.
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