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Sección: Bitblioteca
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Un mono en la vitrina El Nacional, jueves 16 de noviembre de 2000
Creo que, contrariamente a lo que más de uno sospecha, se trata de una novela difícil. Quien se hunda en estas páginas buscando tan sólo una larga y pícara crónica, saldrá de ellas temprano y algo desalentado. El libro tiene, cómo no, grandes momentos de humor, de intensidad narrativa, de aventura pero su estructura y su lenguaje son exigentes. No es una apuesta que busca complacer fácilmente al lector. Pretende seducirlo, pero sin renunciar jamás a la propia complejidad con la que se va escribiendo la historia. Una lectura desprevenida propondría que esta novela intenta desnudarnos el mundo de la televisión, con todos sus divertimentos y todas sus crueldades, amparándose en las diferentes tesituras éticas de los personajes que ahí se desenvuelven. El mono aullador de los manglares es eso, pero va más allá. La industria del entretenimiento y de la información diseccionada sin piedad también le sirve al autor para mostrarnos un relato más hondo y para mí más crucial y trascendente: la terrible danza entre los sentidos del éxito y del fracaso en nuestra sociedad. Esa es, al final, la radiografía íntima a veces dolorosa, a veces cargada de un cinismo entrañable que termina por envolver la historia que Ibsen Martínez nos propone: un relato que comienza por el final, con la truncada existencia del bachiller Rangel, y termina por el principio, con Guillermo Cabañas la voz que narra la novela quien finalmente cuenta una historia distinta a la que alguna vez soñó contar. Un pichón de escritor prestado a la televisión, que se inicia deseando a punta de Shakespeare dignificar el género y luego cede ante la fatalidad de ese perverso invento llamado rating; un actor, que ya vencido por las miserias de la vida (la suya y la ajena), se aferra a su provisional personaje de José Gregorio Hernández; un pillo que pretende aprovechar un concurso de la tele para sacar dinero, pero queda hechizado por una escasa y vulgar fama, y ya sólo logra negociar de la mejor manera posible su porcentaje como simple extra fugaz en el eterno final del show .Ibsen Martínez, detrás de las diferentes historias y personajes, construye la gran novela del sueño inconcluso, del tránsito de las concesiones. Una épica de las distancias entre el deseo y la realidad, donde todos, finalmente, terminamos siendo un poco tránsfugas y un poco héroes; algo inocentes e ilusos, pero también algo traidores y cínicos. Ganar, más que un verbo, es un espejismo. Un objetivo que se deshace en el camino. No en balde, El mono aullador de los manglares es realmente el título de la novela nunca terminada de Guillermo Cabañas. Se trata de un guiño perfecto. Es como una gran metáfora de una historia donde todos los personajes de distintas maneras, de diversas formas y, por momentos, hasta diferenciados por sutiles manejos narrativos son una múltiple experiencia de la pérdida, del ideal jamás alcanzado. Lo deseado no es un imposible. Pero, sin embargo, lo posible jamás será lo deseado. Sin falsos dramatismos, sin pomposidades, pero con la lucidez de quien recorre nuestra geografía interior queriendo escarbar las vestiduras de nuestras bullangueras ceremonias donde retozan las grandes palabras: éxito, prestigio, amor, felicidad Todo esto, escrito sin purismos morales. No se permite el narrador el lujo de los juicios. Sólo ofrece un relato que propone un manual íntimo de la mediocre sobrevivencia. Más allá de algunos detalles (Martínez abusa, por momentos, de un lenguaje rebuscado; una cierta tentación farragosa a veces lo persigue), El mono aullador de los manglares es una novela que no se puede dejar pasar, que hay que leer. Posiblemente, la naturaleza provocadora del autor (y su tradición personal en la polémica) levante más de un prejuicio. Sin embargo, el libro ya está ahí. Ya hay un mono en las vitrinas de las librerías. Y eso para ventaja de la literatura y no de las diatribas de las capillas literarias es inevitable.
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