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Aquellos indianos

Arturo Úslar Pietri

Coedición con
MonteAvila Editores

Las_nubes
Arturo Úslar Pietri, Las nubes, Caracas: Monte Ávila Latinoamericana, 1998.

UslarNo ocupa mucho puesto América en la literatura española durante la época colonial. Fuera de los libros escritos en el Nuevo Mundo y de las crónicas e historias que tratan de él, poco es lo que dedican a América los grandes escritores peninsulares durante los tres siglos que dura el imperio. Poco hay en el canto de los más grandes poetas, poco en el teatro, muy poco en la novela. Acaso la única excepción mayor sea la de La Araucana, de Ercilla.

Lo que más abunda son referencias ocasionales a ciertos rasgos, a ciertos hechos o a determinados personajes de las Indias. Como la famosa y tan repetida de Cervantes. Y la repetición de algunos conceptos que eran sin duda los que predominaban en las más de las gentes sobre el continente nuevo. Como los de su riqueza, extrañeza e inmensidad.

En un libro de mucha laboriosidad y de gran importancia un erudito del Plata* ha recogido y estudiado las referencias y las concepciones atingentes a América que aparecen en el teatro de Lope de Vega. No es ciertamente mucho lo que ha encontrado, pero es revelador. Lope en sus comedias reflejaba con fidelidad no superada los sentimientos, las ideas y los gustos populares. Lo que él dice de América es sin duda la expresión exacta de lo que el pueblo español del siglo XVII pensaba de las remotas y fabulosas Indias.

De entre todas las referencias a cosas americanas que Morínigo saca del inmenso teatro de Lope de Vega, una de las más curiosas, repetidas y significantes es la que toca al hombre de las nuevas tierras.

Lope le llama siempre indiano. A veces lo pone en escena de cuerpo entero, a veces lo describe un personaje español, y a veces alguien se hace pasar por indiano para engañar con provecho a los otros. Pero en todos los casos los mismos rasgos se repiten, acentuados en ocasiones, hasta la caricatura.

Para Lope, y sin duda para la mayoría de aquel público que se sentía retratado en su teatro, era indiano todo el que venía de América. Fuera español, o fuera criollo. Lo cual pone de resalto un hecho importante, como es el de que el ambiente americano tuvo desde el comienzo tanta peculiaridad y fuerza propia como para hacer al español que venía desemejante del español que se quedaba, hasta confundirlo en identidad de rasgos, a los ojos del público de comedias de Los Corrales, con el criollo.

Más tarde la voz indiano no se aplicó sino a los españoles que volvían de América, y muy rara vez a los criollos.

Esos indianos de Lope son personajes muy coloridos y caracterizados. Al aparecer en escena la gente podía identificarlos. Y no pocas veces eran figuras cómicas puestas para hacer reír.

Los principales rasgos con que aparecen vienen a ser como la más antigua identificación del carácter hispanoamericano en presencia de lo castellano tradicional. De lo que después se llamó castizo.

Por lo general son gente sospechosa de la que se sabe poco y de la que puede suponerse mucho. Vienen de muy remotos lugares. Y nadie a ciencia cierta puede decir lo que haya de verdad o de mentira en lo que ellos cuentan. Esto es, precisamente, lo que hace fácil la aparición del indiano simulado.

Las más de las veces el indiano de la comedia es moreno. Se alude repetidas veces a esa condición. Las más de las veces se atribuye al ardiente sol del Nuevo Mundo. Pero en veces se deja adivinar la presencia del mestizaje.

El indiano de la comedia siempre es rico o hace creer que es rico. Las voces indiano y rico llegan a ser sinónimas. A los truchimanes de la comedia se les engolosina la imaginación ante la vislumbre de tanta riqueza. Se habla con frecuencia de las minas de oro y plata. Están como rodeados de la aureola del Potosí.

Y el indiano acentúa esta impresión de riqueza con su exagerada ostentosidad. Con el gran tren de su casa, con sus carruajes, sus servidores y sus llamativos trajes.

Este rasgo va curiosamente acompañado de otro que parece contradecirlo y que es el de la tacañería. Indiano y tacaño es lo mismo. Todos saben que el indiano es rico, pero también que no es amigo de darle a los demás. Los pícaros y los parásitos que lo persiguen tienen que ingeniarse mucho para sacarle algunos doblones.

La verdad es que debían parecer tacaños porque los gastos que hacían parecían siempre desproporcionadamente pequeños junto a las fabulosas riquezas que se les suponían. Lo que daban siempre parecía poco.

Cualquier gallofero debía pensar que podía hacerse rico con sólo topar con la generosidad de algún indiano.

No hubiera habido Potosí suficiente para satisfacer las esperanzas de lucro de los que se acercaban al indiano. Por mucho que diera, siempre había de parecer tacaño a quienes pensaban que podía dar sin tasa. De allí, sin duda, surge esa contradicción de su prestigio de rico y ostentoso y de su fama de tacaño.

El rico y ostentoso indiano que aparecía en las tablas tenía además la manía de las pretensiones caballerescas. Siempre andaba invocando algunos enrevesados linajes para que se le tuviera por caballero o con derecho a algún título de Castilla. Todos se ponían el don, en ese tiempo en que tal tratamiento era una distinción nobiliaria.

No se contentaba con ser rico, sino que quería ser noble o que se le tuviera por tal. Y esas pretensiones, las más de las veces absurdas y mal fundadas, eran las que le especulaban los parásitos y las que lo transforman en un personaje que hace reír a la gente del patio.

Como las hace reír la afectación de su lenguaje. Al oír a alguien hablar con rebuscadas razones y raros vocablos se empieza a pensar que es un indiano. Hay como un gusto de la expresión artificiosa que corre pareja con la ostentación de su vestido y de su riqueza.

Ese lenguaje cultista, afectado y prolijo lo distinguía de los que los oían en la península. «Gran jugador del vocablo», dice Lope. Y a esta abundancia y artificiosidad del hablar se asociaba la inclinación a mentir. Con tanta cosa desconocida y de tono fabuloso a la que hacer referencia. Como lo dice en Los guanches de Tenerife:

    Que los que del Nuevo Mundo
    vuelven a España nos cuentan
    mil embelecos...

Era en Sevilla donde más abundaban los indianos. La ciudad que era la puerta oceánica de América. Allí se les veía en todo el esplendor de sus pintorescos rasgos. No era necesario verlos ni oírlos para identificarlos. Sabemos por estas preciosas referencias del teatro de la época que bastaba pasar por la calle para conocer la casa del indiano. La denunciaban los criados negros a la puerta y el verde loro en su jaula que nunca faltaba en el balcón. O alguna chacona o areito que tarareaba la servidumbre.

Y a ella se dirigían los parásitos de la ciudad en busca de dádivas y los más torcidos letrados en busca de pleitos que complicar. Los pleitos de títulos de tierras o de reconocimientos de servicios o de nobleza que eran tan característicos del indiano como el loro o como los esclavos negros.

Así se componía la imagen del indiano en la comedia española del Siglo de Oro. Y con esos caracteres se presentaba a la imaginación de los españoles que tenían a su cargo concebir los destinos del imperio.

* Marcos A. Morínigo, América en el teatro de Lope de Vega, Buenos Aires, 1946.


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