Caracas, Domingo, 20 de abril de 2014

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Carta Pastoral

Arzobispo Rafael Arias Blanco

Domingo, 21 de enero de 2007

Caracas, 29 de abril de 1957
Documentos del proceso político que terminó con el gobierno de Marcos Pérez Jiménez

Ver Rosalio Cardenal Castillo Lara, Homilía en cierre de Feria de la Divina Pastora [Barquisimeto, 14 de enero de 2006]

Primero de Mayo, Fiesta de San José Obrero,
NOS, DOCTOR RAFAEL ARIAS BLANCO,
por la Gracia de Dios y de la Sede Apostólica de Caracas


A nuestro Muy Venerable Señor Deán y Cabildo Metropolitano. Clero y fieles de la Arquidiócesis, salud y bendición en Nuestro Señor Jesucristo.

Van a cumplirse dos años de la fecha venturosa en que Su Santidad el Papa Pío XII, ante una grandiosa representación de la Asociación Católica de Trabajadores Italianos (ACLI), declaró la solemne institución de la Fiesta de San José Obrero para el día Primero de Mayo.

Con este gesto pontificio, de admirable estrategia apostólica, el día Primero de Mayo, que en muchas naciones había alcanzado el carácter de Día del Obrero, quedaba santificado por la Iglesia, borrando el recelo con que muchos fieles y aún espectadores indiferentes miraban su celebración, considerándola como manifestación netamente revolucionaria contaminada de espíritu marxista.

Actualidad del problema social-obrero

Estarnos ante una nueva prueba de la solicitud de preocupación de la Iglesia por la clase obrera, que llega en hora feliz a nuestra Patria; en la hora en que Venezuela siente, en todo su ser, el estremecimiento de una nueva vida que está naciendo; en la hora de una transformación radical de su economía. En efecto, para nadie puede pasar desapercibido el salto que de una economía preponderantemente rural está dando nuestra Patria a otra eminentemente industrial y minera. Con la erradicación de algunas de las causas inveteradas de mortalidad, con una mejor salubridad pública y con la poderosa corriente inmigratoria, en veinte años —entre 1936 y 1956— la población venezolana ha pasado de cuatro millones a más de seis millones de habitantes, es decir, ha experimentado un aumento del 35 por ciento. Pero el nacimiento y desarrollo de la industria y minería, junto con las facilidades de vida que ofrecen los grandes centros urbanos y la riqueza del Estado, ha producido el desplazamiento de masas campesinas hacia las ciudades y regiones industriales. Este fenómeno de éxodo rural que todos notamos, nos lo descubren en toda su gigantesca gravedad las estadísticas, según las cuales la población rural venezolana descendió del 65 por ciento en 1936 al 45 por ciento en 1950.

La Iglesia tiene el derecho y el deber de intervenir en los problemas

Este hecho trae lógicamente como consecuencia la multitud de problemas sociales que está viviendo la nación, y sobre los cuales, aunque sea someramente, queremos llamar la atención del Clero y de todos los fieles confiados a nuestro cargo pastoral, porque la Iglesia tiene derecho, un derecho al cual no puede renunciar, a intervenir en la solución del problema social, según las palabras del Sumo Pontífice León XIII en su Encíclica Graves de Communi: «En opinión de algunos, la llamada cuestión social es solamente económica, siendo, por el contrario, certísimo que es principalmente moral y religiosa, y por esto ha de resolverse en conformidad con las leyes de la moral y de la religión». Más tarde el Papa Pío XI, en su Encíclica Quadragesimo Anno, recogía esta doctrina en las siguientes frases: «Tanto el orden social como el económico están sujetos a Nuestro Supremo juicio, pues Dios nos confió el depósito de la verdad y el gravísimo encargo de publicar toda ley moral e interpretarla y aún ungirla oportuna e importunamente». Y en discurso pronunciado el 16 de junio de 1947, Nuestro Santo Padre Pío XII afirmó: «La Historia es testigo de la gran solicitud con que la Iglesia ha tratado siempre esta cuestión, no porque ella tenga el cargo de regular directamente la vida económica, sino porque el orden económico social no puede ser desligado de la moral, y afirmar y proclamar los principios inmutables de la moralidad es precisamente privilegio y deber de la Iglesia». (A.P. -1947-p.59).

Según las citadas palabras, la Iglesia no solo tiene el derecho, sino que tiene la gravísima obligación de hacer oír su voz para que todos, patronos y obreros, Gobierno y pueblo, sean orientados por los principios eternos del Evangelio en esta descomunal tarea de crear las condiciones necesarias de vida para que todos los ciudadanos puedan disfrutar del bien estar que la Divina Providencia está regalando a la nación venezolana.

Pío XII nos habla

Motivo de seria reflexión debe ser para los venezolanos el hecho de que en el lapso de solo cuatro años, el Sumo Pontífice haya dirigido su palabra expresamente a nuestra nación, en tres ocasiones, y en dos de ellas haya hecho hincapié en el problema social. Cuando toda Venezuela se congregaba en el corazón espiritual de la Patria, Guanare, para coronar a su Patrona, la Virgen de Coromoto, nos dijo Pío XII: «Pedidle [a la Santísima Virgen]... que la caridad de Cristo triunfe en las relaciones sociales haciendo llegar a todos los beneficios del justo progreso y del razonable bienestar;... y que reconociendo todos su verdadera maternidad, todos se sientan hermanos en Jesucristo, hijos de un mismo Padre que está en los cielos, que pueden y quieren vivir en paz para dar al mundo, agitado por el odio y por la violencia, el ejemplo de una nación que sabe gozar de los beneficios de la fraternidad cristiana» (A.A.S. vol. 44, página 739). En octubre de 1956, cuando el Canciller de la República visitó al Santo Padre, éste en su discurso insistió: «Elementos eficacísimos de progreso, pero elementos otorgados no a una persona exclusivamente, sino a toda una sociedad que debe sentir sus provechosos efectos en todas sus categorías, para que el desarrollo sea armónico y beneficioso, elementos en favor de una sociedad, que debe hacerse digna de tantas predilecciones divinas con su asiduidad al trabajo, su respeto a la pública moralidad de la familia, su empeño por procurar la buena educación, sobre todo religiosa y moral de sus hijos».

A nadie puede extrañar la insistencia con que la Iglesia ha llamado la atención de los venezolanos frente al problema social, que el inmortal Pontífice León XIII resumía en estas frases: «Los aumentos recientes de la industria y los nuevos caminos por que van las artes, el cambio obrado en las relaciones mutuas de amos y jornaleros, el haberse acumulado las riquezas en manos de unos pocos y empobrecido la multitud, y en los obreros la mayor opinión que de su propio valer y poder han concebido y la unión más estrecha con que unos a otros se han juntado, y, finalmente, la corrupción de las costumbres, han hecho estallar la guerra (social)». (Enc. Rerum Novarum). Y ese problema social, decimos y recalcamos, existe en Venezuela.

La realidad sociológica de Venezuela

Nuestro país se va enriqueciendo con impresionante rapidez. Según un estudio económico de las Naciones Unidas, la producción per capita en Venezuela ha subido al índice de quinientos cuarenta dólares, lo cual la sitúa de primera entre sus hermanas latinoamericanas, y por encima de naciones como Alemania, Holanda, Australia e Italia. Ahora bien, nadie osará afirmar que esa riqueza se distribuye de manera que llegue a todos los venezolanos, ya que una inmensa masa de nuestro pueblo está viviendo en condiciones que no se pueden calificar de humanas. El desempleo que hunde a muchísimos venezolanos en la desesperación; los salarios bajísimos con que una gran parte de nuestros obreros tienen que conformarse, mientras los capitales invertidos en la industria y el comercio que hacen fructificar esos trabajadores, aumenta a veces de una manera inaudita; el déficit no obstante el plausible esfuerzo hasta ahora realizado por el Estado y por la iniciativa privada, de escuelas, sobre todo profesionales, donde los hijos de los obreros puedan adquirir la cultura y formación a que tienen absoluto derecho para llevar una vida más humana que la que han tenido que sufrir sus progenitores; la falta de prestaciones familiares con que la familia obrera pueda alcanzar una mayor bienestar; las inevitables deficiencias en el funcionamiento de institutos y organismos creados para el mejoramiento y seguridad del trabajador y su familia; la frecuencia con que son burlados la Ley del Trabajo y los instrumentos legales previstos para la defensa de la clase obrera; las injustas condiciones en que muchas veces se efectúa el trabajo femenino; son hechos lamentables que están impidiendo a una gran masa de venezolanos poder aprovechar, según el plan de Dios, la hora de riqueza que vive nuestra patria, que, como dijo el Eminentísimo Cardenal Caggiano, Legado Pontificio al II Congreso Eucarístico Bolivariano, en la Sesión Extraordinaria que en su honor celebrara el Ilustre Concejo Municipal del Distrito Federal: «Tiene tanta riqueza que podría enriquecer a todos, sin que haya miseria y pobreza, porque hay dinero para que no haya miseria».

Dos objetivos concretos

Para mejorar la condición de los trabajadores nuestra legislación social debe proponerse: la consagración nacional del Salario Vital Obligatorio, y la institución igualmente nacional de una política de prestaciones familiares, pues se trata de dos conquistas logradas ya en muchas naciones cristianas del mundo culto occidental.

La cuestión sindical

Requisito indispensable para el mejoramiento de los trabajadores es su unión. Por esto la Iglesia Católica ha defendido siempre con tanta insistencia el derecho natural de asociación de los obreros. Lo hizo desde la Edad Media con la creación de los gremios y corporaciones, y lo ha realizado en los tiempos modernos con su protección decidida al sindicalismo auténtico. Desde León XIII hasta Pío XII la Cátedra de Pedro incesantemente ha proclamado este derecho inalienable de los que con su trabajo están cooperando al engrandecimiento de la nación.

Desgraciadamente nuestro movimiento sindical nació con signo marxista en 1936, en un momento convulsionado de la vida nacional. Y la constante ingerencia de la política en el sindicalismo venezolano, lo ha desviado con frecuencia de su rumbo profesional, produciendo en nuestro trabajador el desengaño y la decepción. Sin embargo, exhortamos a nuestros trabajadores a que se reúnan en sindicatos por ellos libremente escogidos, convencidos como estamos de que la clase obrera llegada a su mayoría de edad, tiene que luchar con responsabilidad y con decisión por la auténtica promoción obrera, para cumplir la misión que Dios le ha confiado.

Fundamentos de la doctrina social de la Iglesia

Cuando la Iglesia aboga por vuestros derechos y os recuerda vuestros deberes, amadísimos trabajadores, simplemente está reclamando que en todos los aspectos de vuestra vida, en los aspectos económico, cultural, sindical, social, moral y espiritual, se respete la dignidad de persona humana que en todos y cada uno de vosotros Dios ha colocado. Entre el socialismo materialista y estatólatra, que considera al individuo como una mera pieza en la gran maquinaria del Estado, y el materialismo capitalista liberal, que no ve en el obrero sino un instrumento de producción, una máquina valiosa, productora de nuevas máquinas en su prole, está la doctrina eterna del Evangelio, que considera a cada uno de nosotros, sin distinción de clases ni de razas, como persona humana, como hijo de Dios, como base y fuente de los derechos humanos.

Frutos amargos del primero ha cosechado con lágrimas la humanidad en los países que han caído víctimas de la revolución marxista, y los hombres no podrán borrar de su memoria el reciente martirio de Hungría y la tragedia que están viviendo los pueblos encerrados tras el telón de acero.

«Entre las taras del capitalismo liberal, la Iglesia lamenta especialmente las nefastas consecuencias, en las costumbres públicas y privadas, debidas a la búsqueda desenfrenada del dinero. La conciencia profesional desaparece en un mundo en el que el espíritu de lucro se pone en lugar del espíritu de servicio. El sentido del bien común cede el puesto al desencadenamiento de los egoísmos colectivos e individuales. El dinero pudre a una sociedad que lo ha hecho su ídolo» (Declaración Doctrinal del Episcopado Francés, mayo de 1954).

Necesidad de propagar y poner en práctica la doctrina social de la Iglesia La riqueza de nuestra Doctrina Social, tan bella, tan humana, tan cristiana, tiene que ser conocida y practicada por todos nosotros si queremos ser consecuentes con nuestra fe, juzgamos oportuno y necesario insistir aquí en que ese conocimiento y esa práctica deben penetrar cada vez más en los círculos de dirigentes obreros, en nuestras clases patronales, en nuestros actuales y futuros gerentes y empresarios; en nuestra legislación laboral, que sin duda alguna contiene conquistas avanzadas, y en los encargados de aplicar esa legislación; en nuestras Universidades, Liceos, Colegios y Escuelas Técnicas y Profesionales. Nos hemos llevado esa preocupación hasta imponer que en nuestra Arquidiócesis en la enseñanza catequística elemental se dieran los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia.

Queremos expresar en estas Letras Pastorales nuestra felicitación y aliento a las empresas y patronos que ya van poniendo en práctica muchos de los postulados sociales católicos. También queremos felicitar y alentar a los organismos sindicales que luchan por la clase obrera, y a los institutos que trabajan para solucionar el problema de alimentación, vivienda y seguridad del trabajador venezolano.

Para formar dirigentes del movimiento obrero

Igualmente juzgamos oportuno dar aquí nuestra voz de aprobación y estímulo a la Acción Social Católica, que forma élites de dirigentes obreros en sus cursillos sociales, y a la JOC (Juventud Obrera Católica), que es escuela integral, que es servicio y que es cuerpo representativo de las juventudes trabajadoras. Ambas instituciones, por mandato de la jerarquía Venezolana, están poniendo los conocimientos de una auténtica promoción de la clase obrera. A todo nuestro Clero Diocesano y Regular, y a todos nuestros fieles recomendamos encarecidamente la necesaria cooperación con estas dos empresas salvadoras.

Deberes de los trabajadores

Amadísimos trabajadores, tenemos confianza en vosotros, en la clase obrera de Venezuela. Tenemos confianza en que vosotros, colaborando estrechamente con las otras clases de la sociedad, y cumpliendo con vuestros deberes, crearéis un mundo mejor, un mundo en que cada ciudadano pueda vivir como persona humana y como hijos de Dios. Por tanto os encarecemos el cumplimiento estricto de vuestros deberes: que en vosotros florezca el espíritu del ahorro; que vuestras familias, santamente constituidas, sean copia de la Sagrada Familia de Nazaret, que la cristiana educación de vuestros hijos sea vuestra constante preocupación; que vuestra honradez y responsabilidad en el trabajo, es decir, vuestra conciencia profesional sean la mejor garantía que podáis ofrecer al reclamar vuestros derechos.

Evolución sin violencia

Y con las palabras de Nuestro Santo Padre Pío XII, os recordamos que: «No es en la revolución, sino en una evolución armónica donde está la salvación y la justicia. La violencia nunca ha hecho más que derribar en vez de levantar; encender las pasiones en vez de calmarlas; acumular odios y ruinas, en vez de hermanar a los combatientes, y ha lanzado a los hombres y a los partidos a la dura necesidad de reconstruir lentamente, tras dolorosas pruebas, sobre las ruinas de la discordia. solo una evolución progresiva y prudente, valiente y acomodada a la Naturaleza, iluminada y guiada, por las santas normas cristianas de la justicia y la equidad, puede llevar al cumplimiento de los deseos y de las honestas necesidades del obrero» (Discurso del 13 de junio de 1943).

Despedida

En la mañana del Primero de Mayo, este año como los anteriores, nos celebraremos el Santo Sacrificio de la Misa en nuestra Santa Iglesia Catedral Metropolitana. En esa Misa, en la que vosotros os uniréis al celebrante para ofrecer al Eterno Padre junto con el Sacrificio de su Hijo Divino, el sacrificio de vuestro trabajo diario, el sacrificio de vuestras vidas obreras; Nos despediremos con la Sagrada Liturgia «al Creador de todas las cosas, Dios, que ha establecido la ley del trabajo para el género humano; que por el ejemplo y patrocinio de San José, nos conceda propicio realizar todas las obras que nos manda, y alcanzar los premios que promete» (Oración de la Misa de San José Obrero).

El Primero de Mayo, recibiendo así, en cierto modo, su consagración cristiana, lejos de ser fomento de discordias, de odios y de violencias, es y será una invitación constante a la sociedad moderna a completar lo que aún falta a la paz social. Fiesta cristiana por tanto; es decir, día de júbilo para el triunfo concreto y progresivo de los ideales cristianos de la gran familia del trabajo (Pío XII, Discurso del 10 de mayo de 1955).

Estas Nuestras Letras Pastorales, serán leídas en todos los templos de la Arquidiócesis el primero Domingo o día festivo después de recibidas, y se guardarán en los Archivos Parroquiales.

Dadas, firmadas, selladas y refrendadas en Caracas, a los veintinueve días del mes de abril de mil novecientos cincuenta y siete.

Rafael Arias
Arzobispo de Caracas

Por mandato de Su Excelencia Reverendísima.

Antonio Pittol
Secretario




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