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La huelga (o el paro) Vicente Ulive Jueves 28 de noviembre de 2002 El día 26 de noviembre, desperté con una París sumida en medio de una huelga general de los empleados públicos. Consternado ante la indiferencia del Metro, quien no quería aceptarme ni a mí ni a nadie como su inconspicuo viajero, comencé a preguntarme qué era lo que sucedía con tan «desarrollada» sociedad. Y al final vino a mi cabeza, entre un mar de vino Beaujolais « nouveau », la respuesta a tal disyuntiva: era la ilegitimidad de la presidencia del gran Chirac, conocido como el «supermentiroso» entre los benevolentes medios de comunicación de una de las democracias más desarrolladas del planeta. Corrí cual Carlos Ortega a la cita en el lugar donde se gestaría el evidente movimiento reaccionario: la Plaza de la República, la cual alberga la estatua de la bella Mariana. ¡Tamaña decepción me llevé al llegar a aquél lugar! Contraria a mis expectativas venezolanas, no había militares «en desobediencia civil», ni amenazando con tumbar al gobierno de nadie, ni buhoneros vendiendo binchas que leyesen «abajo el SúperMentiroso», ni kioscos ofreciéndole burritos mexicanos a la clase media... me encontré un poco contrariado, especialmente por el hecho de que yo creía que la contrarrevolución ya había comenzado, y que no tardaríamos en ampliar los territorios recuperados del yugo del vil Chirac. A fin de cuentas, nadie votó por ese señor, así que ¿cuál podría ser la explicación de su permanencia en el gobierno? Cualquier estúpido con dos dedos de frente que haya pasado por París en medio de las turbulentas elecciones presidenciales podrá testimoniar que más de la mitad de los votantes que sellaron «Chirac» en el cuadrito marcado «Presidente» lo hicieron simplemente para que no ganase Le Pen. ¡Y eso no es democracia! ¡Pueblo! grité afanosamente. Escuchen mi voz: ya que Chirac no es el Presidente legítimamente constituido de este país, decido declararme en «desobediencia civil». No pienso desalojar esta plaza hasta que ese tirano mal elegido se vaya del gobierno, ¡ni un paso atrás! mi voz se ahogó entre el sonido de bocinas y gritos de gente irresponsable, tratando de llegar a sus sitios de trabajo. Pasaron días, meses, probablemente años, no lo sé; lo único que recuerdo es la mirada indiferente de unos apáticos franceses que no querían asumir el peso de una transformación política. No hubo Hotel Four Seasons para mí, ni cobertura radial ni televisiva. No hubo gaitas, ni autógrafos, ni aclamaciones. Cuando sentí en la espalda el peso de dos manos pertenecientes a la policía quien pretendía desalojarme de la Plaza denuncié a viva voz la represión fascista del sistema; «¡Esto no es democracia!», grité, mientras mi cabeza desaparecía dentro de la jaula francesa. Llevo tres meses preso, por alteración al orden público e incitación a la rebelión. Francamente, no puedo entender la falta de voluntad democrática de estos bárbaros europeos, quienes no están dispuestos a asumir los sacrificios que exige una verdadera coyuntura gubernamental. Por eso es que estos países están en decadencia. Los franceses deberían seguir nuestro increíble ejemplo, y empezar a complotar, en los medios, en la milicia y en las policías, para fraguar la salida de este tirano llamado Chirac, ya sea por referendo o por cualquier vía necesaria. |
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