Caracas, Viernes, 18 de abril de 2014

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El oficio del artista: el arte como trabajo

Conferencia dictada en el ciclo La cultura del trabajo, organizado por la Fundación Sivensa en el Ateneo de Caracas, entre setiembre de 1994 y abril de 1995. Publicado con autorización de Sivensa. La publicación en papel: La cultura del trabajo, Caracas: Cátedra Fundación Sivensa-Ateneo de Caracas, 1996.

Cuando me invitaron a hablar aquí sobre el trabajo, me dijeron que debía traerlo todo escrito, pero yo prefiero esto que estoy haciendo: ir hablando con ustedes y a ver qué sale. Veremos lo qué ocurre, y en qué consiste esta forma de trabajo, éste de ahora, que no puedo definir porque aún no ha ocurrido, sino que va a ir ocurriendo, transcurriendo.

El tema da miedo, porque esto del trabajo es un poco como la moral, la familia y los principios religiosos: por ese camino se puede llegar hasta la Bandera, el Escudo y el Himno National, temas sumamente respetables, y al mismo tiempo, fáciles de defender. Digamos, por ejemplo, la moral, los principios morales, que los puedes aprender en cinco minutos y ya puedes fastidiar a todo el mundo con críticas incontestables, sea en el campo de la pintura, en el de la poesía, en el de la política o en cualquier otro campo. Lo mismo ocurre con la Patria. Si uno le echa encima la Patria a una persona, la aniquila, porque la Patria, como argumento, es denso y apabullante.

No soy de los que mandan a trabajar a la gente; ni de los que hablan de las altísimas virtudes del trabajo... de esas cosas que se aprenden rápido y que no valen nada. Creo que sólo vale lo que a uno se le ocurre y lo que uno inventa, lo que uno crea, y no las dos o tres cosas que puede memorizar cualquiera para abrumar a los demás.

En el campo del arte, en el cual me correspondió ubicar este tema, es todavía más difícil hacer cualquier comentario, porque los artistas nunca hacen alarde de trabajar. Es más, los artistas ignoran que trabajan y mientras más trabajan, menos lo saben. Ejemplo: Pablo Picasso, quien nunca supo que trabajaba. ¿Qué impulsaba a un artista de ese tamaño -y con una cuenta bancaria igual de grande- a seguir trabajando todos los días de su vida? Algo bueno que tenía por dentro lo obligaba a convertir en realidad todo lo que imaginaba.

Hablar de las razones por las cuales los artistas trabajan y en qué consiste el trabajo de los artistas, es demasiado comprometido, por lo que dije hace un momento lo único que cuenta es lo que se inventa, lo que se extrae de esa nada que se tiene por dentro. Y como cada artista tiene un modo de ser distinto, un modo de concebir el mundo diferente, y una manera individual de realizar su obra, no se tiene dónde clasificar lo que hace, en qué gaveta ponerlo. Un artista no es un empleado que cumple con un horario, que llena formularios, que hace esas cosas que hacen los que dicen que están trabajando; que se levanta a cualquier hora o quizá se levanta todos los días a las 6 de la mañana y trabaja de 6 a 8, se toma un café y luego trabaja de 9 a 12. Cada cual tiene su procedimiento. Pero puede haber un artista que no trabaja nunca, que deja pasar larguísimos períodos sin hacer nada, y de repente da un golpe, iluminado por quién sabe qué cosa, y agarra un lápiz y se pone a escribir, por ejemplo, Pedro Páramo, y después de que lo escribe, nunca más vuelve a escribir. Yo creo que más trabajo le costó a Juan Rulfo no seguir escribiendo, que escribir Pedro Páramo. Tal vez pensó: «No vuelvo a escribir más, porque a lo mejor me sale algo todavía mejor». Y se hubiera muerto de la impresión.

Ya lo dije: voy a hablar desde el punto de vista mío y de mi manera de enfrentar el trabajo artístico. Decir que Juan Rulfo escribió una obra de trascendencia es como decir: el trabajo artístico sirve para algo, es un trabajo de verdad.

Veamos otro caso: Francis Picabia fue un pintor y poeta a quien se le ocurrió crear una revista. Era su propietario y dirigía la publicación, además de que escribía casi toda la revista él sólo. La revista tenía un nombre muy sugestivo: se llamaba 391 y Picabia editó varios números. Pero de repente se le ocurrió -porque su imaginación era muy grande- sacar otra revista. Entonces sacó Caníbal, publicó un número y la siguiente vez, en lugar de sacar el número 2 de Caníbal, sacó un número más de 391 y en primera página puso: «No pude seguir haciendo Caníbal porque era demasiado estúpida».

A mí me parece genial que una persona dedique tanto de su vida, tanto esfuerzo, a nada. Hay artistas así. Me parece definitivo, importantísimo. Marcel Duchamp, íntimo amigo de Picabia, pero más práctico, metió una pala en un montón de arena y la mandó a un salón de arte. Él era jurado en ese salón, y la había mandado bajo un seudónimo, porque si la mandaba con su nombre, los otros miembros del jurado la iban a aceptar y él, evidentemente, lo que quería era que la rechazaran. Entonces se sentó junto al resto del jurado, los demás rechazaron la obra y Duchamp les dijo: «Renuncio a este jurado porque ustedes son una partida de imbéciles que no saben apreciar el valor de esa obra extraordinaria, que es mía». Tiempo después se consiguió un urinario, le colocó un letrero que decía Fuente y lo mandó a otro salón de arte.

Esos dos, Picabia y Duchamp, no se conformaban con ser como eran, sino que además escogían muy bien a sus amigos, como Man Ray, quien un día agarró una plancha -una plancha de planchar- y le colocó por la parte lisa una hilera de clavos. Esa era su obra de arte, y la llamó Regalo. Veamos: aquel hace un revista que considera estúpida; el otro convierte en Fuente un urinario que ni siquiera hizo él, sino que lo compró quién sabe dónde (si es que lo compró) o lo encontró en un basurero; y este Man Ray hace una obra absolutamente inútil, porque con esa plancha no se puede planchar. Uno se pregunta entonces si eso que hacían ellos era trabajo: ¿merecen el calificativo de «trabajo» las realizaciones enumeradas anteriormente?

¿Quién sabe si eso será o no será trabajo?, dentro de las definiciones que del trabajo se han dado durante años (sobre todo en el campo económico), aunque yo creo que ellos jamás se plantearon que lo fuera. Tal vez eran enemigos del trabajo porque también eran enemigos del arte, y tal vez les ofenda que uno los cite aquí como artistas, a ellos que eran enemigos militantes del arte, que no querían nada con el arte, y cuyos esfuerzos estaban dirigidos contra él.

Lo que ellos hicieron no tiene nada que ver con la pintura de Delacroix, ni con la pintura de cualquier época anterior, ni con la escultura de Rodin, ni con la escultura de nadie.

Y si uno se sigue preguntando qué era entonces lo que hacían Picabia, Duchamp y otros como ellos, concluye en que aquello no era arte, porque no podía ser arte la creación de los enemigos del arte, ¡pero terminó siendo la gran revolución artística del siglo XX! El arte de este siglo es un gran arte, como consecuencia de lo que significó entre otras cosas, ese urinario de Marcel Duchamp.

Picabia, Duchamp y Ray pertenecen a una época anterior al Dadaísmo, movimiento que conservó frescas sus influencias. El Dadaísmo repudiaba todas las formas tradicionales de expresión artística. Decían cosas como ésta: «Si uno lee en voz alta durante una hora un libro de Anatole France, la boca le huele mal». Así era su crítica de arte.

¿Tiene sentido decir estas cosas en una conferencia sobre el trabajo? Yo creo que sí, porque si uno no las dice, ¿qué cosas dice? ¿las cosas que más trabajo le costaron a quienes las realizaron? ¿Para qué sirven? ¿Importa la cantidad de trabajo que se invierte en una obra de arte? ¿Acaso cuando un artista hace en dos minutos lo que algunos llaman «un garabato», está haciendo menos arte que otro que está durante meses pintando una porquería?

Porque dibujar como Rembrandt es fácil, facilísimo, tan fácil como dibujar como Rafael, sólo que cuando yo digo que es fácil dibujar como Rembrandt, me olvido de agregar: «Si uno es Rembrandt». Lo mismo le pasaba a Rafael. A Rafael todo le salía prodigioso, le salía como de Rafael.

A Rafael desde jovencito «le salían» obras maestras. A Picasso, desde niñito, también. Hasta extremos tan repugnantes que Picasso hizo que su padre abandonara la pintura. Picasso siguió pintando y pintado durante casi un siglo, y a lo mejor todavía sigue pintando, porque todos los días aparecen nuevos cuadros con su firma.

Si he venido aquí a decir cosas tan deshilvanadas, es por culpa de los dadaístas, a quienes quise poner de ejemplo en esta conversación sobre el trabajo. Escogí el Dadaísmo por ser el movimiento artístico más loco del siglo XX, más que el Surrealismo, consecuencia del Dada o Dada organizado. El público le hacía cosas horrendas a los dadaístas, les tiraba cosas y hasta pedazos de carne y vísceras, lo cual demuestra que el público era más dadaísta que los propios dadaístas. Aludí a los dadaístas porque estaban todo el tiempo a la expectativa, a ver qué les caía en la imaginación, siempre pendientes de llevar a la tela o al papal lo que les pasara por la cabeza. Si no les hubiera pasado nada por la cabeza, no hubieran tenido nada qué llevar a la tela o al papal. De ello dependía que trabajaran poco o mucho.

Un artista, un pintor en Venezuela, debe trabajar poco, porque el mucho trabajo no se concibe. Y no debería ser así, porque cuando un artista no trabaja es porque no se le ocurre nada. Un artista no puede dejar de hacer las cosas que se le ocurren.

El análisis, los comentarios y las observaciones que puedan hacerse sobre el trabajo de los artistas se hacen difíciles cuando nos toca hablar del poder creador que ciertos artistas tienen, poder que elogié por igual en la escasa obra de Rulfo y en la abundantísima de Picasso . Nadie podría entender que André Breton iba a escribir el Manifiesto Surrealista sin que se le hubiera ocurrido, por la sola obligación de trabajar, pero pudo hacerlo porque se le ocurrió, y nadie más pudo redactarlo porque a nadie más se le ocurrió. El artista trabaja porque la cabeza le da, y el que no trabaja es porque la cabeza no le da, o le da menos. Por eso es tan complicado hablar de la forma en que trabajan los artistas.

Cuando yo era niño, trabajaba en mi casa una señora lavando ropa, y lo hacía de una manera muy particular porque iba guardando los restos de las panelas de jabón azul hasta hacer con ellos una bola, con la cual lavaba mucho mejor. Ella lavaba de todo, hasta los delicados fluxes de lino. Luego les pasaba una plancha muy caliente y los trajes quedaban blanquísimos e impresionantemente bien planchados, como nuevos. A ella lo que más la enorgullecía era cuando venía gente a la casa y nos preguntaba -luego de vernos impecablemente trajeados- en qué tintorería nos lavaban los fluxes. Nadie podía creer lo que veía, porque no se daban cuenta de que contemplaban las obras de una artista, artista de mucho mérito, dicho sea de paso, por lo que supone haber hecho en aquella época eso que hay se conoce como «arte efímero». Ella fue una pionera en ese arte, porque no hay arte más efímero que un flux de lino bien planchado, el cual, a la primera sentada, se pone como un acordeón.

La dedicación, el cuidado y la pasión con que la lavandera de mi casa trataba la ropa, solamente se puede apreciar en algunos artistas escogidísimos, en los cuales se observa ese desprendimiento de quien hace arte sin saber que se está haciendo. En cualquier manifestación o en cualquier oficio que uno realice, uno es artista si le pone el mismo empeño. No es necesario que sea un pintor o un poeta. La Patria no necesita pintores ni necesita poetas. Además, nadie hace nada por la Patria. Una de las cosas que tienen ciertos intelectuales, es que viven diciendo que ellos hacen lo que hacen en nombre de Venezuela. Eso es mentira. Baudelaire en sus Diarios tiene observaciones notables acerca del mundo que lo rodeaba, del ambiente artístico, de la cultura y de la poesía de su época, y en un pasaje se refiere a una reunión en la cual un grupo de personas charlaba sobre el acto sexual: «No faltó algún cínico -citamos a Baudelaire- que dijera que la finalidad del acto sexual era engendrar soldados para la Patria». Eso no lo cree nadie e igual es mentira decir que el arte se hace por la grandeza de la Patria. El arte es algo que se hace porque no se puede hacer otra cosa, porque es algo que uno se tiene que sacar de adentro, porque si no se lo saca, se enferma, le hace daño. Uno tiene que soltar ese veneno que se le ocurre y el que no lo suelta es porque no se le ocurre. Quienes nunca tienen ocurrencias, pasan toda la vida hablando mal de aquellos que sí las tienen y las convierten en realidad.

Entre nosotros, muchos «artistas» utilizan el arte como un para acceder a algún cargo público, obtenido el cual no hacen más «arte» porque ya llegaron adonde se habían propuesto. No vuelven a escribir o a pintar, a menos de que surja una emergencia, otra meta por alcanzar en el escalafón, para la cual les es requerido un libro de poemas o un cuadro. Créanme, hay gente así. Aunque yo no he venido a hablar mal de los artistas, tampoco bien, sino a decir las cosas que se me han ido ocurriendo y por eso menciono también este aspecto, que tiene que ver con el del trabajo artístico, entendido como algo que se hace con una finalidad concreta, no de desahogar algo que uno tiene por dentro, sino más bien disfrazando intereses personales tras la excusa de querer contribuir a la grandeza de la Patria. Un artista no persigue objetivos de esa naturaleza y cuando se los plantea y utiliza argumentos tan supuestamente elevados para obtenerlos, hay que mirarlo con una gran desconfianza.

No creo en el arte. No creo en el esfuerzo denodado de algunos que están empeñados en hacer pintura moderna, porque lo bueno que tiene la pintura es lo vieja que es. La pintura es una de las manifestaciones más antiguas que existen y esa es su gran cualidad. Ser pintor y ser antiguo es la misma cosa, por eso es bueno lo arcaico. Uno debe buscar el arcaísmo y pensar en qué tan antiguos pueden salirle los cuadros, que todos sean como el bisonte de Altamira, que no había sido pintado nunca antes, en lugar de estar buscando dejar boquiabierta a la gente con tanto que no tiene nada que ver con la pintura.

La pintura es un arte antiguo, prácticamente en trance de desaparición desde que nació. Incluso ha estado en decadencia desde que los griegos pintaban aquellos frescos tan impresionantes que hasta los pájaros se acercaban a picotear las frutas representadas. La pintura está en decadencia desde la Cueva de Altamira y no existe pintura moderna. La pintura es un arte tan antiguo como la plancha de Man Ray. Es una forma antiquísima de expresión y por eso debe ser que esos artistas -Man Ray, Marcel Duchamp, Francis Picabia- obtuvieron a la larga y a su pesar tan grandes éxitos: por ser tan enormemente antiguos, se permitieron inventor el arte de nuestra época.


Pedro León Zapata en La BitBlioteca

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