Publicado el lunes, 22 de noviembre de 1999 en El Nuevo Herald

Andrés Oppenheimer es corresponsal extranjero y columnista de The Miami Herald y de El Nuevo Herald. Fue miembro del equipo del Herald que ganó el Premio Pulitzer de 1987 y ha ganado tres premios individuales de la Asociación Interamericana de Prensa. En 1993, se le otorgó el Premio Ortega y Gasset, el más prestigioso galardón al periodismo investigativo en el mundo de habla hispana.
Oppenheimer, nacido en Buenos Aires, Argentina, obtuvo su diploma de maestría en periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York, en 1978.
Es autor de los libros La Hora Final de Castro, (Touchstone/Simón & Schuster, 1993), En la Frontera del Caos (Little, Brown & Co., 1996) y Crónicas de Héroes y Bandidos (Grijalbo, 1998).

Fue Chávez, no Castro, quien dio miedo en La Habana

Los discursos que más preocupación causaron durante la reciente XI Cumbre Iberoamericana en La Habana no fueron los del gobernante cubano, Fidel Castro, sino los de su nuevo mejor amigo en la región: el presidente venezolano, Hugo Chávez.

El discurso de dos horas de Castro sobre los males del capitalismo arrancó bostezos de gran parte de los 21 jefes de Estado y cancilleres en la reunión (me dicen testigos presenciales que el mandatario peruano, Alberto Fujimori, se mandó una siesta de una hora durante el discurso). Castro viene culpando al capitalismo desde hace 40 años, sin haber encontrado una alternativa mejor para reducir la pobreza.

En cambio, lo que dijo Chávez a sus pares de América Latina, España y Portugal en su reunión a puertas cerradas el martes pasado dejó a muchos perplejos, y más preocupados que nunca por el futuro de Venezuela, y de toda América Latina.

``Fue un discurso fascista'', me comentó un dignatario latinoamericano que estaba en la sala, a su regreso de Cuba. ``Muchos de nosotros estamos cada vez más preocupados por Venezuela''.

Chávez, el ex militar que encabezó una sangrienta intentona militar en 1992 y luego ganó las elecciones por abrumadora mayoría el año pasado, dijo en su discurso ante la cumbre que la democracia occidental ha fracasado, y propuso una nueva definición según la cual la democracia es aquel sistema que ``conduce a la felicidad'' de los pueblos, según me relataron dos de los presentes.

Por cierto, Chávez no especificó cómo medir si los pueblos son felices. Según los testigos, sugirió hacer la medición mediante el tipo de plebiscitos y demostraciones populares que son fácilmente manipulables por regímenes autoritarios, y que han sido utilizados históricamente por los dictadores para justificar ante el mundo su permanencia en el poder.

El discurso de Chávez ante los presidentes no fue dado a conocer, pero el mandatario venezolano volvió sobre el mismo tema en una charla pública en la Universidad de La Habana. En ese discurso, Chávez arremetió contra el ``neo-liberalismo'' y el concepto tradicional de la democracia representativa.

Dijo que Venezuela había tenido una ``careta de la democracia'' y que su concepto de democracia es el sistema ``que propicia a su pueblo la mayor posibilidad de seguridad social, estabilidad política y felicidad''.

``Hay personas que vienen aquí a pedirle a Cuba el camino de la democracia, falsa democracia'', dijo Chávez. ``Venezuela (...) va hacia la misma dirección, hacia el mismo mar hacia donde va el pueblo cubano: mar de felicidad, de verdadera justicia social, de paz''.

Grandes palabras, si no fuera por el hecho de que el pueblo cubano es uno de los menos felices del hemisferio, a juzgar por su ingreso per cápita, el número de cubanos desesperados por escaparse de la isla, y el récord latinoamericano de suicidios. Como me señaló uno de los dignatarios visitantes, si los cubanos fueran tan felices, Castro hubiera permitido elecciones libres hace ya muchos años.

El discurso de Chávez causó preocupación entre los presidentes latinoamericanos, porque es un hecho que existe una frustración generalizada con las reformas económicas de América Latina. Muchos temen que la retórica de Chávez aliente el surgimiento de otros caudillos populistas, y se produzca un regreso al autoritarismo en una región en que la democracia históricamente ha sido un fenómeno cíclico.

Otros temen los posibles impactos sobre la región de una alianza entre Venezuela y Cuba.

``En el pasado, los amigos de Cuba eran países pequeños y pobres, como Nicaragua y Granada'', señaló un conocido funcionario sudamericano a su regreso de Cuba. ``Pero Venezuela, con el precio del petróleo a $27 el barril, sería una historia totalmente diferente''.

Hasta ahora, el gobierno del presidente Bill Clinton y los países de América Latina han desestimado la pirotecnia verbal de Chávez con una sonrisa benévola. ``Fíjate en lo que hace, no en lo que dice'', me señaló hace poco un alto funcionario del gobierno de Clinton.

El problema es que Chávez está pasando de las palabras a los hechos. La semana pasada desconoció la autoridad del Congreso y anunció el envío de su proyecto de presupuesto para el 2000 a la Asamblea Nacional Constituyente, un organismo dominado por sus partidarios que fue originalmente creado para redactar una nueva Constitución y se ha convertido en un poder legislativo para todo uso.

Y mientras Chávez continúa vendiendo la ilusión de que todo irá mejor una vez que se apruebe la nueva carta magna, que le podría permitir seguir en el poder por 12 años, la economía venezolana está paralizada. El país ha perdido medio millón de empleos desde comienzos de año, a pesar de la suba de los precios del petróleo.

Al terminar la cumbre, varios presidentes latinoamericanos regresaron a sus países con la creciente preocupación de que las apasionadas críticas de Chávez al ``neoliberalismo'' no sean más que una excusa para implantar el ``neo-absolutismo''.

 

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