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(UCAB – Núcleo Guayana - Reportaje interpretativo)

El gran orden comunitario

Claryed Castillo, José Maita, Melisabeth Caraucán

Lunes, 13 de agosto de 2007

Nos fuimos pensando en lo poco que podíamos hacer. Intervenir no era lo más viable”, cuenta José Maita, quien después 26 años viviendo en Ciudad Guayana acaba de conocer la Gran Sabana

El viaje no lo imaginaba tan largo. Una carretera en buenas condiciones. Larga, negra, de dos sentidos. La Gran Sabana como cosa natural sólo vista en fotos, para mí, una experiencia. Motivos: trabajo. Me pagarían por ir a un lugar donde nunca había estado. Buen comienzo para una carrera de dudas. Acomodo entonces mi morral con la suficiente ropa para dos días, el preparado de aceite para niños, alcanfor y kerosene para las plagas.

En la primera parte del trayecto pernoctamos en Tumeremo. Pueblo curioso de aceras y calles pequeñas, con hoteles cuyos estacionamientos cruzan al otro lado, y con una incontable cantidad de jóvenes, probablemente menores de veintiún años, que se paseaban con motos de marcas irreconocibles. El pueblo giraba en torno a la plaza Bolívar, un espacio centrado con algunos bancos, árboles grandes y una estatua del Libertador que pareciera haber salido de una fábrica de producción en masa.

A las cinco y media de la mañana, aún oscuro y con retazos de llovizna, salimos rumbo a Sierra Lema. Una foto, unas tomas a la Piedra de la Virgen. De allí al campamento Kamoirán, Santa Elena de Uairén, la línea fronteriza del lado brasileño, una caja de Garotos, refresco de guaraná y el regreso del anochecer con el camino, hacia un asentamiento indígena que, por su particular orden social, llamaba la atención.

-Nuestra historia es inmemoriable. Nosotros no tenemos documentos escritos como para tener un registro propiamente histórico de nuestra comunidad.

El capitán, Alfredo, una especie de cacique dentro de este pequeño pueblo, nos recibió ya pasadas las ocho de la noche. En plena carretera, y con financiamiento de las autoridades regionales y nacionales, les han facilitado las labores de desarrollo, lo suficiente como para hacerse con una gama de campamentos para el turismo. Sumado a esto, una serie de puestos en los que se expenden distintas muestras del arte indígena a precios accesibles.

Pedro y María nos recibieron sin pensarlo mucho. Están acostumbrados a los turistas que llegan de repente a su comunidad. Un poco más adentrado, una edificación de una planta con varias habitaciones en fila. Los carros afuera y los huéspedes adentro. Las puertas y las ventanas azules, con mosquiteros verdes y bancos de madera para darnos la oportunidad de sentarnos afuera a disfrutar del sereno.

-A nosotros nos llegan seguido. Siempre hay alguien – cuenta Pedro – por aquí que viene a la Gran Sabana o que va de camino a Santa Elena y que se detiene por aquí para descansar.

-¿Y en temporadas?

-En temporadas sí es más gente. Muchas veces tenemos que darles hospedaje en las casas de algunos de nosotros.

-Tratan de no negarles hospedaje a nadie.

-Tratamos – confirma – de no negarle hospedaje a nadie porque ya cuando está de noche la carretera no es muy segura. Siempre hay locos manejando por ahí…

En esta humilde posada cuentan con los servicios naturalmente básicos. Camas, algunas habitaciones con baño y agua fría en cantidades respetables. En la noche dominada por el fastidio y el visible cansancio, Argenis y yo nos dispusimos a pasear para darle un reconocimiento al pueblo. En la esquina de la entrada al mismo hay una casa pintada de blanco. Al frente unas mesas con su rudimentario techo resguardaban la mercancía: artesanía indígena. Eran las diez de la noche.

-Ustedes – nos dijo Raúl, médico de la comunidad – no pueden estar paseando a estas horas. Ustedes ven esa tranca que está allá – señala sentado en un muro pequeño hacia donde apenas se ve un enorme tronco con rayas negras separadas haciendo las veces de barrera – es para que los turistas no anden paseando buscando cosas que no se deben buscar ya a esta hora. Nosotros en nuestra comunidad somos muy estrictos con esas cosas.

Después de las temerosas disculpas, cuando nos disponíamos a regresarnos por donde vinimos, se me ocurre preguntarle algo al médico indígena: ¿Y qué tan estrictos son ustedes aquí? Argenis por un momento me vió con cara de Cállate la boca, Vámonos de aquí, Deja de estar preguntando pendejadas.

-Si quieres pásate por aquí mañana tempranito y te llevo pa` que hables con el capitán, que es el jefe de aquí de la comunidad.

El amanecer fue distinto. Aún oscuro tomo la cámara para grabar la subida del sol entre las nubes, el rocío en el carro, el pasto y una cueva de bachacos. Gusvaldo me contrató, que antes de irnos vayamos a hablar con el cacique. “Ya yo hablé con la gente y quedé para hacer unas tomas de la comunidad en sus actividades diarias”. Qué casualidad. Pedro abrió, como siempre, su establecimiento. En él vendía empanadas de desayuno, café, y un picante muy conocido por los turistas hecho a base de bachacos (Cumache)

-En nuestra comunidad el hombre llega a la mayoría de edad a los quince años. La mujer a los trece.

Un quejido – más bien un ronquido – viene colado por detrás del local.

-Si por ejemplo, algún miembro de la comunidad se casa con alguien de afuera –sigue relatando Pedro - tiene que irse. Eso es igual para todos.

Cuando viene entrando el capitán, no pasa directamente al sitio donde estamos reunidos. Gusvaldo también atiende al mismo ruido y pregunta Qué es eso que suena así. Después de los Buenos días, el saludo de manos, viene la respuesta.

-Nosotros en nuestra comunidad – ilustra el capitán Alfredo – somos muy estrictos. Si ustedes se asoman por aquí, aquí está un miembro de la comunidad el cual le pegó a sus hermanos – un muchacho que aparentaba unos veinte años – porque estaba borracho. Por lo menos a él lo amarramos y encerramos aquí para darle una lección, y eso es porque no es la primera vez que se comporta así.

El muchacho estaba encerrado en un cuarto cuya ventilación llegaba por unas rendijas diminutas que se dejaban ver apenas por una separación entre el techo y las paredes. Un tronco de tamaño considerable clavado en el centro de la habitación con las manos atadas a la espalda. Dormía plácidamente con la cabeza echada hacia atrás. Decían que este tipo de castigo no lo hacen con frecuencia, sólo en ocasiones en que la comunidad lo amerite. La policía sólo interviene cuando el asunto es grave en extremo.

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